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José María Albert de Paco

Opinión

Droga, putas, naranjas… todo apunta al PP

No, ‘El reino’ no habla de unas siglas. Ni siquiera cabe considerarla una película ‘política’. Lo que se ventila, en verdad es la toxicidad del poder

Cartel promocional de El Reino
Cartel promocional de El Reino

Salvo por algún que otro manierismo, la podredumbre en que chapotean los personajes de El reino no sólo alude al PP, sino también al PSOE o las extintas Convergència, Unió Democràtica y Unió Mallorquina (¿o acaso estos partidos, por ser locales, no son susceptibles de esta clase de comparaciones?). Sí, el caladero de López-Vidal/Antonio de la Torre es Valencia, pero se trata de una Valencia innominada, sin ínfulas, casi un fondo de croma. Y sólo uno de los personajes remite claramente (obscenamente, por mejor decir) a un nombre y apellido reales: los de cierta locutora con fama de incisiva. No obstante, uno de los juicios (y digo bien, juicios) más extendidos acerca de la película es que ésta refleja la corrupción del PP. Tal es el dictamen, por ejemplo, que cuelga de la web de la cadena SER. Sin anestesia: “Todo en ElReino evoca al Partido Popular. Desde la forma de vestir, las naranjas y el mar Mediterráneo del paisaje, las prostitutas, la droga, las mariscadas, los yates, las mujeres que no sabían nada o lo sabían todo, hasta lo más icónicolos papeles de Bárcenas”.

Sólo uno de los personajes remite claramente a un nombre y apellido reales: los de cierta locutora con fama de incisiva

Pese a la abundancia de sumarios que muestran cómo la izquierda no le hace ascos al puterío, la coca y los langostinos (es muy probable que también haya socialistas que le den a la naranja y se solacen en el Mediterráneo), “todo en El reino evoca al PP”. Puestos a cazar paralelismos, cómo no ver en ese juez metido a redentor un trasunto del Garzón de los noventa, o en el episodio andorrano un rescoldo de los Pujol. No, El reino no habla de unas siglas y, si me apuran, ni siquiera cabe considerarla una película ‘política’. Lo que se ventila, en verdad (y me da un poco de apuro, no crean, aclarar esto), es la toxicidad del poder, y más concretamente cómo un hombre familiar, simple como una manivela, trata de conciliar el delito y la rutina en una suerte de trastienda moral donde siempre cabe otro cadáver. Atiendan, si no, a esa escena en que el protagonista, nadador bravío, sufre de pronto un ignoto temor al mar abierto. Observen a ese nadador y díganme a qué partido pertenece.

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