Arrancó esta semana el segundo juicio político contra Donald Trump, que, por si se nos había olvidado, desde el pasado 20 de enero ya no es presidente. Hay dos peculiaridades en este caso. Es la primera vez que a un presidente le hacen dos impeachments (uno en 2020 y otro este año) y la primera vez que se trata de destituir a un presidente que ya no lo es. Porque el impeachment sirve para eso mismo, para sacar al presidente del despacho oval y que pague así sus culpas. Impeach en inglés significa “procesar” y también “acusar” a alguien de traición. Aquí tendría ambos significados juntos.

El ‘impeachment’ es un proceso político reservado a los altos cargos a quienes se les acusa de traicionar el juramento que prestaron al asumir su cargo. Es una figura útil porque permite que, en el caso del presidente, el poder legislativo deponga al ejecutivo una vez queda probada esa traición. El problema aquí es que Trump ya está depuesto, ya no es presidente y seguramente no lo vuelva a ser porque tiene 75 años y apoyos decrecientes. Los demócratas arguyen que el juicio es crucial para castigar a Trump por los disturbios en el Capitolio del 6 de enero, pero es más probable que suceda lo contrario, es decir, que termine absolviéndole ante buena parte de la opinión pública. Aparte de eso todo esto parece una venganza partidista extemporánea que polarizará aún más la política en Estados Unidos porque muchos republicanos a la derrota electoral le sumarán la humillación.

No veo necesario recordar que lo que hizo Trump aquel día concreto y, de un modo más general, su actitud desafiante tras las elecciones de noviembre fue algo vergonzoso. Trump se valió de afirmaciones falsas sobre un presunto fraude electoral que nunca quedó demostrado con pruebas sólidas ante un tribunal. Crispó innecesariamente a millones de estadounidenses y rompió las costuras de su propio partido ocasionando una crisis interna de la que les costará tiempo y esfuerzo salir.

Su conducta es reprochable y de haber sucedido algo así hace uno o dos años hubiese sido merecedora de un impeachment más que justificado

Cuando, en un mitin perfectamente prescindible, convocó a sus seguidores frente a la Casa Blanca para que marcharan hacia el Capitolio con la vana esperanza de anular el resultado de las elecciones (para luego negarse durante horas a pedirles que se retiraran), Trump auspició y legitimó el asalto a uno de los poderes del Estado legítimamente constituido. Su conducta es reprochable y de haber sucedido algo así hace uno o dos años hubiese sido merecedora de un impeachment más que justificado. Pero quienes levantan el dedo acusador ahora en la Cámara de Representantes no se limitan a ese cargo.

En su único y descuidado artículo sobre las razones del impeachment, acusan a Trump de "incitar a la insurrección". Bien, esto no es cierto. Si nos ceñimos a los hechos hemos de hacerlo para lo malo, pero también para lo bueno. Trump pidió explícitamente a los manifestantes que se comportasen "pacíficamente". Los demócratas de la Cámara mencionan esto solo de pasada en su informe. Sinceramente, dudo que las palabras de Trump el 6 de enero en la elipse constituyan una incitación a la insurrección.

Un motín violento

El asalto al Capitolio fue un motín, un motín violento y hasta cierto punto circense, pero no fue una "insurrección". No fue un golpe de Estado. Para que un motín se convierta en una insurrección se necesita algo más. Los asaltantes eran una turba desorganizada que irrumpió con violencia pero que ni siquiera iba armada. Es cierto que la policía del Capitolio se vio desbordada, pero en ningún momento se temió por la vida de los congresistas. Hubo destrozos materiales, es cierto, pero fueron menores. Una vez que las fuerzas de orden público se hicieron con el control de la situación la turba se dispersó, los diputados regresaron a la cámara y siguieron contando los votos. Independientemente de las fantasías de Trump y sus partidarios, no hubo posibilidad alguna de que Joe Biden no se convirtiera en presidente el 20 de enero.

Aparte de eso, desde el punto de vista estrictamente constitucional, el impeachment es un procedimiento concebido para apartar del cargo a un presidente en ejercicio. Los defensores de Trump arguyen que es inconstitucional porque Trump ya no está en el cargo. Bien, vayamos a las fuentes, que este es un periódico serio y aquí no hablamos de oídas. La Constitución de EEUU contempla la destitución en su primer artículo, en la tercera sección exactamente. Hay dos cláusulas relativas al ‘impeachment’: la sexta y la séptima que dicen literalmente:

6. Cuando se juzgue al Presidente de los EEUU deberá presidir el Senado el presidente del Tribunal Supremo. Y a ninguna persona se le condenará si no concurre el voto de dos tercios de los miembros presentes.

7. En los casos de responsabilidades oficiales, el alcance de la sentencia no irá más allá de la destitución del cargo y la inhabilitación para ocupar y disfrutar cualquier empleo honorífico, de confianza o remunerado, de los Estados Unidos; pero el individuo condenado quedará sujeto, no obstante, a que se le acuse, enjuicie, juzgue y castigue con arreglo a derecho.

Regreso al poder

En este caso no impide textualmente juzgar a un presidente que ya no está en ejercicio, pero si le quedaría la opción de regresar al poder dentro de cuatro años, así que lo que se persigue no es tanto la destitución como la inhabilitación.

Lo segundo que arguyen los abogados de Trump es que el discurso frente a la Casa Blanca en el que afirmaba que le habían robado las elecciones está amparado por la libertad de expresión que consagra la Constitución en la 1ª Enmienda que dice textualmente:

El Congreso no hará ley alguna por la que adopte una religión como oficial del Estado o se prohíba practicarla libremente, o que coarte la libertad de palabra o de imprenta, o el derecho del pueblo para reunirse pacíficamente y para pedir al gobierno la reparación de agravios.

Es decir, que uno puede afirmar libremente que le han robado las elecciones sin importar si la afirmación es verdadera o falsa. Aquí si que se podrían agarrar los abogados de Trump.

En prisión en espera de juicio

El hecho es que cinco semanas después de aquel triste espectáculo que se saldó con cinco víctimas mortales, la ley ha caído sobre los asaltantes. Se han practicado detenciones, más de 200, el FBI difundió por internet un “se busca” con fotografías de los asaltantes para que los ciudadanos colaborasen y todos los que han sido identificados y arrestados se enfrentan a juicios. El asaltante más célebre, Jake Angeli, aquel histrión que iba a pecho descubierto disfrazado de chamán con pieles y cuernos de bisonte, se encuentra en una prisión de Virginia esperando juicio. Pesan sobre él dos cargos federales: el de obstrucción de un procedimiento del Congreso y el de amenazas a funcionarios , pero de más no le pueden acusar porque no agredió a nadie. Se limitó, esencialmente, a hacer el ridículo regalando de paso una de las fotografías del año. Otros están corriendo la misma suerte que él.

Lo más seguro es que como los republicanos son fuertes en el Senado, Trump quede absuelto y esto se vuelva como un bumerán contra quienes han puesto en marcha el proceso

La cuestión hoy, tres semanas después de que Joe Biden inaugurase su mandato, es si tiene sentido un juicio político contra alguien que ya no está en el poder. Los demócratas aseguran que disuadirá a futuros presidentes de hacer algo similar. Pero para saber que eso no está bien y puede salir carísimo en términos políticos no hace falta un impeachment, basta con leer la prensa y pulsar la opinión pública. Además, lo más seguro es que como los republicanos son fuertes en el Senado, Trump quede absuelto y esto se vuelva como un bumerán contra quienes han puesto en marcha el proceso. Peor aún, le reivindicará ante buena parte de la opinión pública. El juicio permitirá a Trump defenderse y alargar la agonía de sus dos últimos meses de mandato para regocijo de sus seguidores acérrimos.

Pero, no nos engañemos, esto de emplear el impeachment como lección ejemplarizante, no deja de ser un cebo. Los demócratas quieren que si Trump sale condenado no pueda volver a ocupar ningún cargo federal, es decir, que no se vuelva a presentar a las elecciones en 2024. Esto, para qué negarlo, es tentador para algunos senadores republicanos que siguen temiendo a Trump o directamente le culpan de haber perdido la presidencia, el control de la Cámara de Representantes y parcialmente el Senado, donde se ha producido un empate a 50 senadores por partido.

Una reprimenda convincente

Pero lo más probable es que no sea condenado porque a los demócratas los números no les salen. Para destituir al presidente (en este caso no habría destitución, pero si inhabilitación) es necesario que dos tercios de los senadores voten a favor, es decir, 66 senadores, el Partido Demócrata solo tiene 50 por lo que necesitaría 16 republicanos que voten de su lado, cosa poco probable porque muchos republicanos ven en esto un juicio contra ellos más que contra el expresidente. En cualquier caso, deben ser los votantes (primero los republicanos en primarias y luego todos los estadounidenses a nivel nacional) quienes decidan si lo quieren nuevamente en el cargo. Las derrotas electorales son una reprimenda más convincente que cualquier inhabilitación que provenga del Congreso.

La mayor parte de los republicanos del Senado parecen dispuestos a votar a favor de la absolución basándose en que acusar a un expresidente es inconstitucional. Hay buenos argumentos en ambos lados de la cuestión, pero es poco probable que los tribunales se pronuncien al respecto. El punto fundamental es que el juicio no tendrá el efecto disuasorio o censurador que los demócratas afirman querer. Entonces, ¿por qué celebrar este juicio? La respuesta es claramente política. El odio a Donald Trump es el principio unificador del Partido Demócrata. Los demócratas han prosperado políticamente desde que Trump fue elegido, y les gustaría mantenerlo como un contrapeso el mayor tiempo posible. En definitiva, que contra Trump vivían muy bien y quieren seguir haciéndolo.

Si los senadores republicanos votan a favor de la condena se enfrentarán a la ira de Trump y a la de muchos de sus votantes que consideran que esto no daba para tanto

Saben que algo como esto sostenido durante días les proporciona titulares de prensa, muchas horas de televisión, atención en las redes sociales y, como guinda del pastel, divide a los republicanos, que tendrán que ponerse de perfil si quieren salir vivos de esto o exponerse al escarnio público. Es para ellos una trampa saducea. Hagan lo que hagan estará mal y tendrán que responder por ello. Si los senadores republicanos votan a favor de la condena se enfrentarán a la ira de Trump y a la de muchos de sus votantes que consideran que esto no daba para tanto o directamente apoyaron el asalto. Si votan a favor de la absolución, los demócratas les señalarán como trumpistas sin arrepentir y como defensores de quienes asaltaron el Capitolio.

Una treta bastante obvia

Es posible que el juicio arroje alguna prueba nueva y hasta la fecha desconocida que empuje a parte de la bancada republicana en el Senado hacia la condena, pero no deberíamos contar con ello. Los acontecimientos del 6 de enero no obedecieron a una conspiración planeada entre bambalinas para tomar por la fuerza el Capitolio y someter al Congreso. Estuvo todo a la vista. Hay miles de fotografías y horas de grabaciones de vídeo. Fue más un resoplido fruto de la frustración acumulada durante dos meses que algo planificado con un objetivo claro. De hecho, el trámite por Cámara de Representantes ha sido rapidísimo, ni siquiera solicitaron audiencias, el único testigo al que por ahora han llamado es Donald Trump. Como vemos, una treta política bastante obvia. Los abogados de Trump han rechazado la invitación. Poco ganarían con su comparecencia salvo una suerte de ejecución televisada. Entretanto quedan por delante dos semanas de espectáculo en el Senado que copará la agenda informativa, un auténtico calvario para los republicanos. Eso y no otra cosa era lo que buscaba Nancy Pelosi cuando puso esto en marcha hace ya un mes, las lanzadas a moro muerto no fallan y, aunque ciertamente ridículas, son siempre muy efectivas.