Los idealistas creen que pueden “domesticar” al nacionalismo catalán, que ahora ha llegado el momento de hacer política moderada, de ocuparse de los problemas materiales de Cataluña. No han entendido que en tiempos de agitada política identitaria, las personas siempre pueden volver a entusiasmarse con una ideología o una idea, y que muchos nunca han renunciado a la de romper España. Es decir, que el nacionalismo reina omnipotente en Cataluña y conduce a la uniformidad y a la independencia.

En política, lo simbólico es tan real como la realidad material. Estos días hemos visto desfilar a políticos que se cuelgan los hábitos del revolucionario o del progresista y no se hacen cargo de las consecuencias de la provocación, la agresividad, ni el alboroto. Tres eventos han marcado esta campaña. El abrazo de Otegi; el espectáculo en la plaza mayor de Vic en el que se lanzaron piedras, huevos y latas a los denominados “ñordos”, fachas o fascistas y las palabras de Iglesias de que "no hay una situación de plena normalidad política y democrática en España”. Injurias, agresiones, depredaciones de lo público, deslealtad al Estado y jaleo. Todo ello ha dejado claro que se puede prolongar la denigración de la política y el desprecio a la democracia y, probablemente, sin ningún coste.

¡Abajo las florituras democráticas! La mayoría de los indepes, en efecto, le han perdido el respeto a las instituciones y han degradado nuestra política

Ningún ranking de The Economist sobre calidad democrática puede competir con los trompetazos que lanzan algunos políticos desde las instituciones, de aquellos que rechazan las obligaciones y los protocolos en nombre de una utopía de república plurinacional. Esa política desde la incivilidad se ha erigido como un mal inevitable con el que hay que convivir. Ya nadie pestañea cuando la candidata Borràs dice que no colaborará con la justicia tras haber sido imputada, utilizando estas palabras: “¿Qué parte de no colaboraré con la cloaca no entiende?” (‘cloaca’). ¡Abajo las florituras democráticas! La mayoría de los indepes, en efecto, le han perdido el respeto a las instituciones y han degradado nuestra política. ¿Es realmente una cualidad del espíritu democrático permanecer imperturbable cuando se normaliza este tipo de discursos?

Esta incivilidad henchida de ardor y de supremacismo lo invade todo: la cultura, las instituciones, la educación, la familia, la oficina, invade la radio y la televisión, y como era de esperar, el independentismo más movilizado ha acentuado su estrategia de porno nacionalista y de hostigamiento a los constitucionalistas. Es el business as usual, aunque en la normalización de este tipo de discursos populistas es donde reside verdaderamente nuestra “anomalía política”. Se normaliza a unas élites-contraélites que tejen alianzas entre ellas para sobrevivir y comparten la ilusión de una misma lucha contra el mismo enemigo.

Bajo los clamores y justas electorales, existe una incapacidad creciente de la política moderada para cambiar el curso del independentismo y gestionar la crisis del vivir juntos

El laboratorio del proceso siempre acaba frustrando toda promesa de equilibrios de convivencia porque no acepta la normalidad democrática, por mucho que ésta les acepte a ellos o los quiera normalizar. En 2017, un libro clave para entender hacia donde va el procés, David Jiménez Torres advierte que la dinámica actual, el “pasar página” no es más que “un regreso al wishful thinking (‘hacerse ilusiones’) que casi siempre ha exhibido el constitucionalismo (especialmente fuera de Cataluña) al contemplar al independentismo”. Bajo los clamores y justas electorales, existe una incapacidad creciente de la política moderada para cambiar el curso del independentismo y gestionar la crisis del vivir juntos. Mientras el Gobierno se enorgullece de intentar encauzar el conflicto y de emplear la palabra política, los indepes lanzan con furia vetos contra los constitucionalistas y se sitúan en los márgenes de la radicalidad.

La opción del tripartito

El caso de Cataluña constituye un ejemplo paradigmático de cómo las instituciones, leyes, marcos regulatorios vigentes y los sistemas de incentivos tradicionales no son suficientes para evitar una ruptura con el Estado de derecho y la sacrosanta Constitución. El resultado electoral probablemente reflejará la fuerza que sigue arrastrando el soberanismo. Seríamos ingenuos si creyéramos que, después de un período de relativa calma, podemos pasar página con un tripartito. El empuje del nacionalismo no conoce límite alguno y destruye todos los topes de la democracia. Nada lo detiene. Ni siquiera con la mejor de las intenciones progresistas el intento de domesticar a los indepes parece funcionar.