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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

La doctrina coreana de Trump

La fallida cumbre de Hanoi no ha sido un fracaso, sino más bien un acierto. Ni significa que la negociación se haya acabado. Todo lo contrario. Ahora es cuando empieza

Kim Jong-un, en Vietnam para su segunda cumbre con Donald Trump
Kim Jong-un, en Vietnam para su segunda cumbre con Donald Trump EFE

Los medios de ambos lados del Atlántico coinciden en que la cumbre coreano-estadounidense celebrada en Hanoi la semana pasada fue un sonoro fracaso, algo así como una segunda guerra de Vietnam que los yanquis volvieron a perder. Da igual el periódico que consultemos. Salvo contadas excepciones todos nos dicen lo mismo. El Times, el Post, El País, Clarín, la CNN hablaban de una cumbre que se había derrumbado por culpa de Trump que, al parecer, no supo estar a la altura de las circunstancias.

Ante tanta unanimidad sólo cabe la sospecha, más aún cuando la propia Corea del Norte afirmó al día siguiente de suspenderse la cumbre que no había motivo para la preocupación, que el diálogo con EEUU se mantenía en los mismos términos. A fin de cuentas quien busca redención y reconocimiento en toda esta historia es ese paria internacional llamado Kim Jong-un, no Donald Trump.

Arguyen que la cumbre acabó antes de tiempo, que no firmaron una declaración conjunta y que no se hicieron una foto al final estrechándose la mano como sucedió en Singapur en junio pasado. Lo primero es lógico cuando has llegado a un punto muerto en una reunión. Simplemente no tiene sentido seguir sentado en la mesa. Además, en las cumbres de alto nivel no se negocia, no hay tiempo para ello. Salvo flecos menores las negociaciones vienen ya hechas y lo que haya salido de ellas pasa a la firma.

Habría que preguntarse por qué Trump viajó hasta Hanoi sin que su equipo hubiese cerrado previamente un acuerdo. Probablemente porque lo apostó todo a su proverbial capacidad persuasiva. Si el coreano no daba su brazo a torcer con él delante pidiéndoselo por favor es que no lo haría de ninguna manera. El hecho de que el presidente de EEUU te dedique dos días de su valioso tiempo ya es en sí una atención extraordinaria. Tal vez la Casa Blanca pensó que ese detalle lo valorarían.

Quizá el déspota norcoreano pensó que iba a salir de allí llevándoselo todo, que les iban a levantar las sanciones y entretanto podrían seguir con el programa nuclear como si tal cosa

¿Qué es lo que le pedía Donald Trump? Básicamente, que deje de enriquecer uranio y se olvide para siempre del programa nuclear que empezó Kim Jong-il, padre del actual líder y hombre de trato muy difícil cuyas relaciones con el resto del mundo fueron siempre muy tirantes. A cambio de eso le ofrecía levantar inmediatamente todas las sanciones que pesan sobre Corea del Norte y que tienen la economía de aquel país completamente parada.

Aquí cabría pensar que Kim Jong-un podría haberle engañado. Decir a todo que sí y luego seguir a lo suyo. Pero no es fácil engañar a EEUU o, mejor dicho, a sus satélites espía. El secretario de Defensa tiene a su disposición una tecnología de observación terrestre muy avanzada gracias a la cual conoce hasta el último palmo del territorio de Corea del Norte, que tampoco es un país muy grande. Con una superficie de 120.000 kilómetros cuadrados es más pequeño que Nicaragua. Algo perfectamente gestionable para el sistema de vigilancia del Pentágono.

Los gringos conocen desde hace años el lugar exacto en el que enriquecen el uranio. Es en la ciudad de Chollima, a orillas del río Taedong, no muy lejos de Pionyang. Disponen, además, de informes de inteligencia muy precisos porque en el régimen norcoreano todo está en venta, especialmente la información delicada. Simplemente hay que poner el dinero encima de la mesa. Es previsible que Washington no tenga problemas de tesorería para este tipo de gastos.

Así se lo expuso Mike Pompeo al ministro de exteriores norcoreano, un tipo llamado Ri Yong Ho, un diplomático de carrera que habla inglés con fluidez (fue embajador en Londres durante muchos años) y que cuenta con un perfil más técnico que ideológico. Ahí es donde todo naufragó. Kim Jong-un se negó a desmantelar las instalaciones de enriquecimiento de uranio que les señalaban y la reunión acabó en ese preciso instante.

Quizá el déspota norcoreano pensó que iba a salir de allí llevándoselo todo. Es decir, que les iban a levantar las sanciones y entretanto podrían seguir con el programa nuclear como si tal cosa. Cuando Trump vio la jugada se levantó de la mesa y se fue. Probablemente con Obama la cosa hubiese sido diferente. Obama prefería un mal acuerdo a un no acuerdo, como vimos con el zarrapastroso convenio que cerró con los iraníes en 2015. Trump prefiere un no acuerdo antes que un mal acuerdo que más pronto que tarde se revelaría como tal.

Kim Jong-un se percató desde el primer momento que el farol no había colado, por eso se retiró en silencio y con el rabo entre las piernas. No ponderó adecuadamente los nuevos tiempos en la política exterior estadounidense. Tal vez se llevó a engaño por la extrema cordialidad que Trump desplegó en Singapur deshaciéndose en sonrisas y abrazos que sorprendieron a todos.

No parece probable que vaya a celebrarse una tercera cumbre, al menos mientras no se acuerde de antemano el desmantelamiento del programa de enriquecimiento de uranio

Hasta aquel momento, Kim Jong-un era un apestado internacional que de pronto se vio en el centro de una gran historia. La prensa le acariciaba el lomo y llovían los parabienes. Todo se lo debía a que Trump le había extendido la mano (sin necesidad alguna de hacerlo, por cierto) por lo que debió pensar que podría colársela hasta el final.

Cuando menos curioso, porque quien terminó jugándosela fue el propio Trump, que quería exponer ante el mundo que Corea del Norte tiene un programa nuclear en estado muy avanzado y que no quiere deshacerse de él. Un programa cuya continuidad depende de que le levanten las sanciones y pueda de nuevo exportar e importar con total tranquilidad. Ese es el gusto que no le ha dado Trump.

Visto así no parece que lo de Hanoi sea un fracaso, más bien es un acierto. No tendría mucho sentido que después de hacer trizas el acuerdo con Irán ahora se autoengañe y perpetre una obamada de manual con Corea del Norte buscando el aplauso de unos medios que le van a criticar si o si. Porque de haber hecho la vista gorda con las instalaciones de Chollima y avenirse a firmar, los que hoy le critican por levantarse de la mesa le criticarían por permanecer sentado.

Esto no significa que la negociación se haya acabado; todo lo contrario, ahora es cuando empieza. Las condiciones están más claras que nunca

Esto no significa que la negociación se haya acabado. Todo lo contrario. Ahora es cuando empieza. Las condiciones están más claras que nunca. Trump le vino a decir a Kim Jong-un que le empezarán a tratar como a un país normal cuando se comporte como un país normal y no como una amenaza para sus vecinos, más concretamente para Japón y Corea del Sur, aliados ambos de EEUU y países ejemplares tanto en desarrollo económico como en respeto a los derechos humanos.

Porque, no nos equivoquemos con una soberanía mal entendida, Corea del Norte, un país pequeño de sólo 25 millones de habitantes que pasan necesidad, no necesita un programa nuclear. Nadie les amenaza salvo en los delirios de los capitostes del Partido Comunista. Es por ello que no creo que vaya a celebrarse una tercera cumbre, al menos mientras no se acuerde de antemano el desmantelamiento de todo el programa nuclear. Acuerdo que ha de venir acompañado de una inspección sobre el terreno por parte del Organismo Internacional de Energía Atómica.

Me parece una exigencia perfectamente legítima en pos de la seguridad colectiva, más si cabe con un régimen como el norcoreano, que ya provocó una devastadora guerra de pura agresión cuando el abuelo del actual líder máximo ordenó invadir Corea del Sur en 1950. No tienen, desde luego, un historial como para fiarse de ellos. Trump ha hecho bien en no sucumbir ante los cantos de sirena de un improbable premio Nobel.



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