Con todo lo que hemos escuchado en estas semanas de campaña nadie diría que se trataba de unas elecciones regionales a la Asamblea de Madrid. Atendiendo a los mensajes y lemas electorales, parecía enteramente que el destino de nuestra democracia estaba en jaque. Díaz Ayuso inició la puja con aquello de "comunismo o libertad", pero los partidos de la izquierda madrileña han redoblado con creces las apuestas, sin reparar en gastos retóricos. "Nos jugamos la democracia y la libertad", decía el manifiesto de los ‘26 años infernales’, firmado por un grupo de escritores e intelectuales que pedían el voto para la izquierda. No menos llamativo fue el giro que dio la campaña socialista, cuyo mitin central, en el que participaba el presidente del Gobierno, estuvo presidido por un gran cartel que rezaba: "No es sólo Madrid. Es la democracia".

¿Cuál es la grave amenaza que pende sobre nuestra democracia? Nada menos que el fascismo, si hacemos caso a las voces de alarma de líderes políticos y voceros mediáticos. Por increíble que parezca, los partidos de la izquierda madrileña han resucitado como guion de campaña aquel "Madrid será la tumba del fascismo", en un flashback de los años treinta. Pero este Madrid poco tiene que ver con el de 1936. Hay otros problemas serios, pues aún no hemos salido de una pandemia que se ha cobrado un altísimo coste humano, con decenas de miles de muertos, y cuya gestión sanitaria ha sido complicada. Además ha provocado la mayor caída del PIB desde la Guerra Civil, por lo que muchas empresas y familias se enfrentan a grandes dificultades para salir adelante; ahí están las cifras de desempleo para demostrarlo. Como discutible es la gestión política de la crisis, que ha traído fuertes limitaciones a los derechos y libertades de los ciudadanos, bajo la cobertura de un estado de alarma que se ha prolongado meses y meses sin control parlamentario. Pero no, lo realmente alarmante al parecer es el fascismo que se cierne sobre la sociedad española.

Amenazas anónimas a políticos por desgracia ha habido siempre, pero se comunicaban a la Policía sin darles publicidad, como aconsejaba Rubalcaba; ahora se dan en prime time junto con los gestos de consternación

La vida política tiene mucho de teatro y más en estos tiempos, avisados como estamos por Iván Redondo ("son las emociones, estúpido"). La competición electoral se toma como licencia para toda clase de excesos verbales, confiando seguramente en que el público ya rebajará la gravedad de las cosas que se dicen. Aun así, las cotas de dramatismo y sobreactuación en la campaña madrileña han superado lo que habíamos visto. Amenazas anónimas a políticos por desgracia ha habido siempre, pero se comunicaban a la policía sin darles publicidad, como aconsejaba Rubalcaba; ahora se dan en prime time junto con los gestos de consternación. Viendo la escenificación de ‘la batalla por Madrid’ hay que acordarse de Tocqueville. Pues el francés nos contó, antes que Marx, que la historia se repite como farsa, cuando pintó a aquellos líderes de 1848 que se comportaban como si estuvieran representando una función, jugando a ser los personajes de una revolución que había ocurrido sesenta años antes.

La farsa se llevó al Congreso de los Diputados, donde Unidas Podemos presentó una proposición no de ley en defensa de los valores democráticos y en contra del fascismo. Jaume Asens marcó el tono del debate, oscilando como suele entre la grandilocuencia huera y el lance mitinero; eso sí, nos explicó con gran prosopopeya que ‘el fascismo no empezó en los crematorios’. Pero el mejor momento de la sesión fue cuando la diputada Aizpurua de Bildu presentó a la izquierda abertzale como ejemplo de compromiso en la lucha contra el fascismo. ¡Ejemplar! Bien sabemos cómo se las gastan con aquellos a quienes señalan como fascistas. Y es proverbial la generosidad con la que reparten la etiqueta; que se lo digan si no a los concejales populares y socialistas que han llevado escolta tantos años.

Boicot al mitin de Vallecas

Por contraste, fue oportuna la intervención del portavoz del PNV, quien recordó que la mayor parte de los actos violentos y ataques contra sedes de partidos no provienen de la extrema derecha. No son ultraderechistas quienes piden la libertad para Hásel, o reclaman la libertad de los ‘presos políticos’ catalanes, ni los que gritan ‘carceleros’ a los socialistas vascos (más de veinte ataques sólo en el ultimo año); tampoco, por cierto, los que trataron de impedir por la fuerza el mitin de Vallecas, dejando más de una veintena de heridos. Por lo mismo, Esteban propuso reformular la moción para condenar cualquier acción violenta, fuera cual fuera su signo ideológico o sus objetivos. Se rechazó por razones obvias: eso no servía al propósito de quienes apoyaron la proposición no de ley, que era dar pábulo a la amenaza fascista.

Si algo puso de relieve la sesión parlamentaria es que el problema no es el fascismo, sino el uso artero de la etiqueta para fines políticos espurios. Mucho hemos oído estos días sobre la banalización del término: el uso indiscriminado ha degradado ‘fascista’ a palabrota que se arroja contra lo que no nos gusta. Aquí lo apuntamos recordando a Orwell. Los grandes estudiosos del fascismo llevan años denunciando el abuso del concepto. Eso lo sabemos. Lo que importa realmente es ver cómo operan los engranajes retóricos del discurso contra el fascismo, pues tienen una historia detrás.

En manos de los antifascistas contemporáneos se convierte en una categoría demonológica, como señaló Del Noce, que viene a representar la encarnación absoluta del mal en política

Para ello lo primero es entender que funciona, no ya como estratagema de polarización, sino como la receta perfecta para el maniqueísmo en política, pues convierte ésta en la lucha del bien contra el mal sin más distingos. Asociado históricamente con las tiranías de Mussolini y Hitler, o con el Holocausto, en manos de los antifascistas contemporáneos se convierte en una categoría demonológica, como señaló Del Noce, que viene a representar la encarnación absoluta del mal en política. Reúne todo el mal y de esa forma todo lo malo, cualquier forma de opresión e injusticia, se convierte en fascista, guarde o no semejanza con el fascismo histórico.

Vista así, la retórica antifascista tiene claras ventajas. Por una parte, la etiqueta ‘fascista’ se vuelve el medio más eficaz para estigmatizar al adversario político, convirtiéndolo en enemigo al que no cabe tolerar de ningún modo. Erigido en representante del mal, a quien se tacha como fascista queda excluido del juego democrático y no es posible tener tratos con él; más aún, la intolerancia en su contra no sólo está justificada, sino que es exigible como señal de virtud. Ni siquiera la violencia puede ser excluida allí donde se vea necesaria, como predican los antifascistas actuales: si se trata de evitar a toda costa el triunfo del mal, cualquier medio está permitido. Por lo mismo rechazan que las garantías de los derechos, como la libertad de expresión, se extiendan a los supuestos fascistas, cuyas opiniones deberían acallarse o silenciarse. Son las instrucciones de manuales antifascistas como el de Bray, que ahora vemos puestas en práctica.

La retórica antifascista fue una herramienta fundamental de propaganda de la Komintern, que los estalinistas usaron con gran flexibilidad, llamando fascistas a liberales, conservadores y sobre todo a sus rivales socialdemócratas

Además, no caben medias tintas ni se admiten grises: o se está con los fascistas o con los antifascistas. Toda causa justa, del antirracismo al feminismo, caería en el campo de estos últimos, que monopolizarían los "valores democráticos". La rigidez de la disyuntiva, no obstante, es perfectamente compatible con la discrecionalidad para trazar la raya según la conveniencia política. Es la gran ventaja de que la etiqueta se haya desembarazado de cualquier conexión con el fascismo histórico y sus herederos. De paso se borra el recuerdo de quienes lo combatieron históricamente sin ser de izquierdas. No es cosa nueva, por cierto, si recordamos que la retórica antifascista fue una herramienta fundamental de propaganda de la Komintern, que los estalinistas usaron con gran flexibilidad, llamando fascistas a liberales, conservadores y sobre todo a sus rivales socialdemócratas, a los que tildaban de "socialfascistas".

Por eso convendría no olvidar que el discurso del antifascismo sin fascismo es característico de la izquierda más sectaria y radical. Bajo esa cobertura, puede presentarse como paladín de la democracia, ocultando su carácter profundamente antiliberal; se blinda así frente a cualquier crítica, como hacían los viejos estalinistas, pues cualquier objetor o disidente queda expuesto a ser tachado de ‘cómplice con el fascismo’. Eso lo explica bien Sloterdijk, para quien la apropiación de la retórica antifascista por la extrema izquierda representa la maniobra más exitosa de las últimas décadas en lo que se refiere al uso estratégico del lenguaje político. No es por casualidad que nadie haya contribuido tanto como Podemos a difundir esa retórica nociva entre nosotros. Iglesias es un consumado experto en su manejo y no ha tenido nunca problemas para llamar ‘fascista’ a quien haga falta, ya sea Trump, UPyD o Ciudadanos. Lo que no se entiende es qué ganaban Gabilondo y los socialistas sumándose a esa estrategia. ¿O sí?