Pendientes como estábamos de lo que dijera el Rey, no hemos dispensado la atención que a mi juicio merecía y merece el discurso que pronunció Meritxell Batet con motivo del 40º aniversario del 23-F. Lo que dijo en tan singular ocasión la presidenta del Congreso de los Diputados lo habría firmado sin la menor duda Felipe González. Y Alfonso Guerra. Y Rodríguez Ibarra. Porque lo que hizo el martes Batet fue recitar a los socios de Pedro Sánchez el inventario de recetas que hicieron posible que en muy poco tiempo este país mudara de una dictadura casposa y brutal a una de las escasas democracias plenas del mundo. Les dio con el catálogo del buen demócrata en las narices y además les recordó que las suyas, las recetas del populismo y el nacionalismo acérrimo, son las únicas que ponen en riesgo las libertades y la propia democracia.

Reconozco que me sorprendió el discurso. Quizá porque no esperaba que fuera Batet la encargada de leerle la cartilla a Pablo Iglesias. Un discurso repleto de mensajes inequívocos, sin un gramo de concesión a la retórica vacua, sobrio, redondo, el que exigía la ocasión. La presidenta del Parlamento, muy en su papel, reivindicó con sosegada firmeza los valores de la Constitución del 78 y su vigencia en lo esencial. Ese probablemente era el mensaje, apenas percibido, que necesitaba escuchar una opinión pública atónita en momentos de peligrosa zozobra. Pero había un segundo destinatario. Batet dijo mucho más, y no precisamente entre líneas. Su texto, leído con estudiada convicción, fue también una lista de advertencias, un registro de reproches cuyo directo destinatario era el líder de Unidas Podemos, allí presente, recibiendo un golpe tras otro, enfurruñado como un crío al que le han robado la merienda.

Batet les recordó a Podemos y los independentistas que son las recetas del populismo y el nacionalismo acérrimo las únicas que ponen en riesgo las libertades y la propia democracia

Para que no hubiera dudas, empezó Batet reivindicando al Emérito: “Conmemoramos la decidida reacción de nuestras instituciones públicas que, encabezadas por Su Majestad el Rey Juan Carlos, asumieron la defensa de la democracia ante la amenaza del golpe”. Corrigió después al vicepresidente segundo declarando que España, esa palabra que a Iglesias tanto le cuesta pronunciar, “es una democracia reconocida en el mundo”. Más adelante lo puso ante su propio espejo, al recordarle que uno de los enemigos de la democracia es el “populismo de las respuestas fáciles o de las presuntas verdades incontestables”.

Podía haber terminado ahí la cosa, pero Batet no tenía la menor intención de soltar la presa, y contestaba de este modo a la pretensión de Iglesias de controlar los medios de comunicación: “Nuestra confianza en el futuro se fundamenta en nuestra capacidad de garantizar y reforzar los instrumentos de información libre y sólida” (ahora, ciertamente, falta que tal afán cristalice en hechos, por ejemplo en la televisión pública, pero por algo se empieza); también a las insensateces del Echenique abogado defensor de ese indigente intelectual llamado Pablo Hasel que daba aliento a la violencia callejera. Dijo Batet: “La victoria de la democracia en nuestro tiempo se construye con los mismos mimbres que nos han traído hasta aquí: ciudadanía e institucionalidad”.

Camaleón Sánchez

El líder de Podemos es un buen actor, un avezado intérprete de la comunicación no verbal. Pero en el escueto acto se le veía sobrepasado. Raro en él, que disfruta como nadie, provocador, cuando se sabe fuera de sitio. Iglesias no conocía el texto que iba a leer la tercera autoridad del Estado. El presidente del Gobierno sí. Obviously. Y ahí radica el problema; su problema: que el discurso de Batet no es solo el de Batet. Que la lectura correcta del austero y muy meditado acto celebrado el 23 de febrero de 2021 en el Salón de Pasos Perdidos del Congreso de los Diputados, va mucho más allá de la consistente reprimenda que se llevó puesta, Carrera de San Jerónimo abajo, el amiguete de los enemigos de la Constitución y comandante de los morados.

El momento ha llegado. Aprobados los presupuestos, y superadas sin daños irreversibles las elecciones catalanas, toca soltar lastre. Resituarse. El segundo círculo de poder gubernamental (Calvo, Calviño, Escrivá, Ábalos, Montero, Campo), esperaba hace tiempo una señal, impaciente, con los grupos de wasap echando humo: “embusteros, desleales, locoides, vagos…”. Lo que no estaba previsto es que fuera Batet la encargada de anunciar la buena nueva, el retorno a la centralidad, de comunicar urbi et orbi que ha llegado la hora de resetear el ordenador de abordo y fijar un nuevo rumbo; de moderar el discurso y volver a ser una opción atractiva para el voto útil, o al menos de intentarlo; de neutralizar a los que siguen soñando con lanzar una nueva marca de centroizquierda que dé cobijo a tanta orfandad acumulada. El modelo es la operación Illa. Y el inconveniente no es el PP, que se avendrá a razones para así frenar la propulsión marciana de Vox. El inconveniente no es Pablo Casado, sino Iglesias.

Aprobados los presupuestos y superados sin daños irreversibles las elecciones catalanas, toca resituarse. El modelo es la 'operación illa' y el inconveniente no es el PP sino Iglesias

El juego de tronos, el de verdad, empieza ahora, con dos maneras de estar en el Gobierno que cada día que pase serán menos colindantes hasta terminar por convertirse en antagónicas. De momento, solo estamos en presencia de ejercicios posturales que apenas dan de sí como aviso a navegantes. El acuerdo incumplido sobre el alquiler de viviendas, o el enfrentamiento provocado por esa chapuza legislativa conocida como ley trans, no pasan de ser meros juegos florales cuya única virtualidad es evitar que se difuminen más los contornos de la frontera que separa a ambos partidos. O que el pez grande se coma al chico. La batalla definitiva está por llegar. Tardará, pero llegará, y el balance de pérdidas y ganancias de unos y otros dependerá de la gestión de la comunicación, como siempre, y sobre todo del manejo de los tiempos. Y ahí, Sánchez tiene las de ganar.

Con el pacto cerrado con el PP para renovar las instituciones, y otro posible acuerdo para el reparto de los fondos europeos -también con el primer partido de la oposición y otros actores políticos-, a Pedro Sánchez se le despeja mucho la legislatura. El algoritmo que gobierna Moncloa ha puesto al camaleón Sánchez en modo hombre de Estado, que es lo que ahora toca. A Iglesias, por el contrario, su propia torpeza le ha dejado sin apenas salidas. Su respaldo a ese residuo llamado Hasel, que extrañamente no camina sobre cuatro patas, le ha enajenado muchos apoyos de la izquierda no violenta. Solo le queda una bala en la recámara: aguantar y explosionar desde dentro el Gobierno cuando más convenga a sus intereses en un intento desesperado de recuperar la iniciativa, antes de que lo haga Sánchez, dentro de más o menos un año;  aliarse con el independentismo para torpedear la recuperación e incendiar las calles. El programa de un fracasado.  Iglesias es un caso perdido, y está políticamente muerto, pero todavía no lo sabe.

Hay ocasiones, pocas, en las que un discurso engrandece a quien lo pronuncia. El pasado martes 23 de febrero Meritxell Batet se reveló como una política a la que tener en cuenta. El triunvirato catalán pide paso. En 1.434 palabras abrió una compuerta por la que ahuyentar el desencanto y situó a Iglesias en la disyuntiva de aceptar las nuevas condiciones o hacer la maleta. Quizá por delegación; pero no solo por delegación.