En la primera escena de esta película aparece un periodista en una tertulia televisiva. A tres o cuatro metros de este hombre se observa la imagen de Irene Montero a través de una gran pantalla. ¿Quiere usted hacerle una pregunta a la ministra? / Sí, por supuesto, allá voy: ¿Qué le parece que el Tribunal Supremo sospeche de que Pablo Iglesias utilizó su posición de superioridad para acceder a contenido muy personal, perteneciente a Dina Bousselham? La titular de la cartera de Igualdad responde: no existe caso Dina. Las cloacas del Estado han intentado hundir a Iglesias con todo tipo de argucias.

La siguiente secuencia del filme también discurre de buena mañana, que es cuando rompe el rocío y los ciudadanos escuchan el sonido de la cafetera mientras leen las noticias. El panfleto digital de Podemos acaba de publicar un artículo -tendencioso y ridículo- dedicado al periodista que puso en aprietos a Irene Montero en aquella entrevista.

No lo olvide: El productor que amaneció abrazado a una cabeza de caballo en El Padrino se llamaba Jack Woltz. Su pecado fue haber rechazado que el cantante Johnny Fontane actuara en su próxima película. Le tenía manía, pues había arruinado la carrera de una de sus mejores actrices. Fue una relación nociva para ella. Nunca se sabe las consecuencias que puede acarrear en el presente el haber sido un mujeriego en el pasado.

Brocha gorda

Es difícil de entender las razones que llevan a un partido a apoyar iniciativas como La Última Hora!. Si Podemos quería reverdecer el árido panorama mediático español, podría haber impulsado un buen periódico, lo cual requiere capital, periodistas competentes y tecnología puntera. Lejos de eso, encargó a Dina Bousselham -aunque lo niega y lo atribuye a una iniciativa de ella misma- la dirección de un libelo que se alimenta de los chascarrillos tuiteros, del vómito argumental de 'intelectuales' como Nega -el rapero- y de las propias obsesiones y dependencias ideológicas del partido morado. El resultado es una publicación que, si prometiera el paraíso y apelara a la vida comunal, podría haber sido fundada por el reverendo Jones.

En sus artículos son comunes los disparos en la nuca a periodistas y medios de comunicación. Algunos, son tan sectarios que asustan, como el que dedicaron este domingo a Víctor de la Serna, de quien afirmaron que es “hijo de franquista y nieto de falangista”. A Vicente Vallés le han hecho varias campañas obscenas en las que, incluso, llegaron a insinuar que es un mal compañero de trabajo. Ése es su estilo: difundir rumores y datos sin ningún interés, pero malintencionados. Todo un viaje a la Sicilia de Salvatore Riina.

Quien no esté familiarizado con esta publicación, debe saber que sus tres principales obsesiones mediáticas son Eduardo Inda, el periódico El Mundo y del Grupo Atresmedia. Eso sí, con excepciones, pues era fácil poner de ejemplo a 'el gran Wyoming' para referirse a los millonarios que han sido multados por la Agencia Tributaria por eludir impuestos. Pero claro, el aludido trabaja para Globomedia, que pertenece al conglomerado mediático de Jaume Roures. Y ya se sabe que los social justice warriors tienen el deber de ser mansos con los suyos, pese a que puedan llegar a cometer las peores tropelías.

Un sector que se muere

No está el negocio de la información en España para tirar cohetes. La totalidad de sus empresas son víctimas de ese peligroso neo-colonialismo tecnológico que ejercen las big tech, que extraen riqueza de este país, pero sólo dejan las raspas. Los periódicos, televisiones y radios están debilitados y su valor ha mermado de forma preocupante en los últimos años, con casos paradigmáticos como el de Prisa que podrían ponerse de ejemplo en las aulas de periodismo, pues conjugan la mala gestión con los constantes intentos de control por parte de los poderes político y económico.

El periodismo tampoco atraviesa su mejor momento por una sencilla razón: porque en una sociedad polarizada, en la que cada vez existen más certezas simplonas y menos capacidad para la duda razonable, la verdad se encuentra amenazada. También, por qué no decirlo, porque hay quien ha visto el incremento de la competencia en el sector como una oportunidad para romper moldes y perpetrar el terrorismo informativo sin especial disimulo.

La última década y media ha sido la de la merma: lo han hecho las redacciones, lo han hecho las acciones de las cotizadas y lo ha hecho el decoro de unos cuantos editores y plumas de referencia.

Dicho esto, La última hora no se dedica a ofrecer información independiente sobre los grupos mediáticos, cosa que sería harto interesante, sino salpimentar los datos del Registro Mercantil con manías personales y prejuicios ideológicos. Eso, en el mejor de los casos, que no es el más frecuente, pues lo más habitual son los ataques con pistola a partir de un 'tuit'. O de una publicación que haya perjudicado los intereses de la cúpula del partido morado. Porque aquí ni siquiera median causas ideológicas. Esto es un trabuco puesto a disposición de los líderes del partido.

El proyecto periodístico de Podemos no es menos lodoso que el resto de sus políticas, que beben del peronismo más destructivo y fanfarrón. Habrá algún día en que recordemos este período de la historia de España como un mal sueño. O como el inicio de la catástrofe. El ejemplo de este panfleto servirá para ejemplificar la radicalización de las posturas y el surgimiento de una fuerza política, con una enorme lista de enemigos políticos y sociales, que se dedicó a inyectar odio en cada uno de sus discursos.