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Miquel Giménez

Opinión

El diabólico carrusel político

Volver de vacaciones es como no haberse ido. Todo sigue igual, o peor. Nadie se ha movido un milímetro.

El presidente de la Generalitat, Quim Torra.
El presidente de la Generalitat, Quim Torra. Europa Press

Si Sánchez sigue esparciendo sus ocios estivales sin hacer de presidente, Torra baila sardanas creyendo que serlo consiste en eso; si España aún no tiene gobierno formado, Cataluña no tiene siquiera algo digno de ser calificado como tal; si las diferencias políticas entre partidos de ámbito nacional parecen insalvables, en Cataluña sucede lo mismo, pero con el añadido de que aquí todos juegan a ver quién tiene la estelada más larga. El resultado es de una ingobernabilidad extrema.

El carrusel de la política sigue dando vueltas y más vueltas para no ir hacia ninguna parte. Quienes se sientan en esos caballitos de cartón, tan bonitos como falsos, están encantados con el sube y baja de los mismos, con la musiquilla simpática que suena y con el olor a azúcar, a palomitas, a churros. Lo suyo es la perpetua fiesta, el jolgorio y la algazara. Qué más les da lo que pase en el país, si ellos siguen montados tan ricamente en esa rueda que no parece detenerse jamás. No son tontos, aunque en no pocas ocasiones lo parezcan. Saben que, cuando cese la musiquilla y caballos, coches de bomberos o aviones dejan de moverse, tendrán que apearse. Así que, como les gusta extraordinariamente experimentar el falso vértigo, inocuo como el agua de cebada, de ver lo mismo a cada vuelta, prolongan y prolongan la fiesta. Recuerdan mucho al abusón que monopolizaba el tobogán en los parques infantiles, impidiendo al resto de críos hacer uso del mismo.

Todo está a la espera. Porque aquí siempre se está esperando alguna cosa, lo que les exime de gobernar

¿Y en Cataluña? ¿Cómo andan las cosas? De pura invalidez, ni andan ni se espera el milagro que lo permita. Todo está a la espera. Porque aquí siempre se está esperando alguna cosa, lo que les exime de gobernar. La inefable consejera Budó, una de esas personas que tiene problemas en responder en nuestra lengua común, el español, indignábase el otro día con TV3, que ya es decir, aduciendo que la televisión del régimen había dicho que el Parlament solo había validado una ley en 15 meses. Para una vez que dicen la verdad… Junqueras declara que está por el diálogo, por enésima vez. Puigdemont celebra paellas belgas con sus compis yoguis y sus vecinos de calle están hasta los gladiolos de tanta patochada y tanto meneo, con lo tranquilo que era aquel barrio de Waterloo. Puras quisicosas.

La vida sigue igual en todos los órdenes, incluso para esa familia que la justicia considera como banda criminal, los Pujol. Que se descubra una porción más de millones, presuntamente evadidos y sin ninguna justificación mínimamente honorable, le da igual a todo el mundo. Lo de Pujol deberá ser motivo de estudio algún día. Nunca se creó ex novo un administración con el único fin del lucro personal y nunca tanta gente cerró los ojos delante de tamaño proyecto. Solo por eso, uno siente vergüenza de pertenecer a una sociedad, la catalana, tan hipócrita con estos auténticos crápulas, con estos depredadores, con estos que fueron capaces de embarcar a toda una región en un proyecto suicida con el único fin de distraer la atención acerca de sus turbios negocios. Cuidado, no solo son responsables los separatistas. Lo son también, en igual medida, quienes desde una falsa izquierda miraron hacia otro lado cuando se les advertía de lo que estaba pasando.

Todo consistirá en esperar: a la Diada, a la sentencia, a que Torra convoque elecciones cuando a Puigdemont mejor le acomode

Sin novedad en el frente, por lo tanto. Los niños no podrán ser educados en español debido a la inmersión lingüística, ni los medios catalanes que pagamos todos adoptarán una postura ecuánime. La universidad seguirá en manos de hooligans separatas, los CDR camparán a sus anchas, exhibir una pulsera con la bandera de España se considerará una provocación y un preámbulo a algún disgusto callejero, en fin, lo habitual. Todo consistirá en esperar: a la Diada, a la sentencia, a que Torra convoque elecciones cuando a Puigdemont mejor le acomode – antes de final de año, que en febrero le caduca el DNI y a Mas se le termina el periodo de inhabilitación -, y suma y sigue.

El PSC seguirá gobernando en Barcelona con una Colau que nos ha llevado a ser la capital con mayor índice de delitos de España, y en la Diputación con los separatistas que han conducido a Cataluña a perder más de cuatro mil empresas y quedarse rezagada respecto a otras comunidades, perdiendo un fuelle económico del que será muy difícil recuperarse. Eso, por no hablar de la fractura social.

Eso sí, nuestros políticos van a seguir en su carrusel, encantados de conocerse, haya elecciones o no, porque está todo muy igualado. Es diabólico.

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