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Opinión

Un día de diciembre

Yo llevé, desafiante, un domingo de diciembre de 1981, meses después del 23-F, un periódico que publicaba en su primera página la bandera de España y el resplandeciente lema 'Viva la Constitución'

Un día de diciembre
Un día de diciembre

Hace ahora 37 años, 6 de diciembre de 1981, era domingo y hacía en Oviedo un frío pelón, cosa rara. También lucía un optimista sol mañanero, igualmente exótico. En el kiosco de enfrente de casa vi que, entre todos los periódicos y revistas allí colgados, un diario (que yo no solía comprar) llevaba una primera página insólita. Era la bandera de España con una sola frase: “Viva la Constitución”. Esa era toda la plana, no había nada más, ninguna noticia.

Lo compré inmediatamente, me lo eché al brazo y me fui a dar un paseo por la calle de Uría, la más grande y señorial de la ciudad. Buenos días, doña Ángela; buenos parecen, amigo Inci; qué, ¿a disfrutar del sol? Pues ya ve usted. Hombre, Germán, cómo estás; bien, bien, ¿a dar una vuelta? A intentarlo por lo menos. Me iba encontrando con la gente de siempre, la portera de la casa de enfrente, el señor de la tienda donde yo solía comprar el pan, el amigo del coro que todos los domingos, a esas horas, salía en chándal a la calle a hacer una cosa muy moderna que se llamaba fúting. Todos miraban como de soslayo mi periódico (la bandera de España, Viva la Constitución) y sonreían con cierto nerviosismo, con algo de apuro, como si no lo viesen, como si no se atreviesen a verlo, y se mostraban un poco más amables de lo normal, amables pero con algo de súbita prisa en lo que estuviesen haciendo, pasar la fregona, envolver dos barras y dos cruasanes, quizá esperando que yo pasase de largo y no fuese mucha la gente que les viese hablar conmigo.

La mañana avanzaba y calle arriba, calle abajo, primero vi a un hombre con edad y aspecto de jubilado que llevaba, también bajo el brazo, el mismo periódico que yo. Luego, a un chaval de pelo largo. Después, a un señor que iba con su esposa y dos niños pequeños, uno en un cochecito, seguramente hacia el Campo de San Francisco. Todos con el periódico bien visible bajo el brazo, Viva la Constitución. Nos mirábamos un segundo, quizá dos; el tiempo justo para sonreírnos, para alzar las cejas o saludarnos echando la barbilla hacia delante sin decir nada, para sentirnos cómplices y hasta valientes. Para no sentirnos solos. Aquel periódico era, aquel día, más que un periódico, mucho más.

La Constitución del 78 se había redactado y aprobado por todos y para todos, no como las anteriores, que habían sido hechas por unos contra otros

En algunos balcones (no de la calle de Uría, ¡por Dios!; de algunas adyacentes y menos conservadoras) fueron apareciendo banderas de España, de Asturias y, prendidas con pinzas, primeras páginas de aquel periódico, Viva la Constitución. A mí me iban pudiendo la sonrisa, la alegría, también bastante confianza; tanta que decidí acercarme a la estación de la Renfe (entonces la llamábamos así, la Renfe, con artículo) a comprar un paquete de cigarrillos. Por qué no, a ver.

En el vestíbulo estaban los dos policías nacionales, dos tíos como dos castillos, con uniforme marrón y boina. No sé si serían los mismos que estaban en aquel lugar unos meses atrás, el día 23 de febrero por la tarde, cuando yo, nerviosísimo, había entrado allí para preguntarles si sabían lo que había pasado en el Congreso de los Diputados, que parecía que unos terroristas habían entrado y se habían liado a tiros. Y uno de ellos, mirándome de arriba abajo como a un pollo desplumado, me había contestado, masticando las sílabas: “Ha sido la Guardia Civil”.

Serían los mismos o no lo serían, eso cómo saberlo, pero los dos guardias de aquel domingo vieron el periódico que yo llevaba bajo el brazo, cada vez con más orgullo (Viva la Constitución); y luego me miraron a mí, torvos y con una indisimulable cara de malaostia. No dijeron nada.Yo seguí, compré mis cigarrillos y luego volví a pasar delante de ellos, de camino a la calle. Y volvieron a seguirme con la mirada, con aquel gesto de vinagre. Y tampoco dijeron nada.

Quizá a algunos de ustedes les cueste trabajo entender (o no quieran entender, o se nieguen a recordar) que, hace 37 años, aquel periódico con aquella bandera en la primera página y aquel lema impreso, Viva la Constitución, era un desafiante grito de libertad. Repito: desafiante. Mucha gente no lo compartía. O por lo menos no lo decía. Teníamos miedo, claro que lo teníamos; más miedo que vergüenza. Casi salía aún humo de los agujeros de bala en el techo del hemiciclo. Estaban perfectamente vivos, o eso creíamos, los que querían quitarnos la libertad, la alegría, las ganas de vivir y de soñar y de hacer cosas juntos con que nos había empapado la Constitución de 1978.

Vuelve a respirarse un miedo parecido al de entonces. Un miedo causado por personas como aquellas. Aunque se llamen de otra manera

Aquella Constitución que, por primera vez en la historia de España, había devuelto a los ciudadanos su condición de tales; había establecido una democracia en la que todos teníamos los mismos derechos; había reconocido la diversidad de todas las gentes que habitaban y convivían en España; había consagrado la separación de poderes; había sacado a Dios (aunque no a la Iglesia, en fin) de la legislación vigente; había eliminado la omnipotencia del poder, la indefensión del ciudadano, y nos había reconocido la libertad. Eso era. Nos había instituido libres, ciudadanos y no súbditos, iguales en derechos hombres y mujeres, y había impulsado la convivencia entre todos, porque se había redactado y aprobado por todos y para todos. No como las anteriores, que habían sido hechas por unos contra otros. Allí, en aquella ley, cabíamos todos, esa vez sí. Aquel 31 de octubre, en la votación nominal del Congreso: Manuel Fraga Iribarne, sí. Manuel Gutiérrez Mellado, sí. Dolores Ibárruri Gómez, ¡¡sí!!, como un cañonazo. Pero también Federico Silva Muñoz, franquista irredimible, no. Francisco Letamendía Belzunce, de EE (luego de HB), ¡¡no!!, como otro cañonazo. Hubo poquísimos que votasen no.

En estos años hemos visto cómo España cambiaba y la Constitución iba envejeciendo un poco. Hemos visto también cómo algunos ciudadanos, protegidos por la Constitución y gracias a los derechos que la Constitución les reconoce, la injuriaban, la escarnecían y la rompían en público, por una razón evidente: no querían que continuase la convivencia de todos en libertad, igualdad y (ojalá) fraternidad, que era lo que la Constitución instituía y alentaba. Dieron en repetir que la Constitución era facha, retrógrada, franquista (¡¡!!) y antidemocrática. Repito: antidemocrática.

Yo llevé bajo el brazo, un domingo de diciembre de 1981, aquel periódico que publicaba en su primera página la bandera de España y el resplandeciente lema, Viva la Constitución, porque sabía que aquello era un grito de libertad. De libertad para todos. A pesar del miedo que nos daban quienes no querían aquella libertad. Hoy lamento que ningún diario haya vuelto a publicar, el 6 de diciembre pasado, una portada igual. Porque, tantos años después, yo habría vuelto a salir a la calle a pasear con el periódico bajo el brazo. Igual que entonces. Y por los mismos motivos que entonces: para defender la libertad de todos frente a quienes quieren solo la suya, o solo el poder. A pesar de que vuelve a respirarse un miedo parecido al que entonces había. Un miedo causado por personas muy parecidas a aquellas. Aunque se llamen de otra manera. Aunque digan que son otra cosa. Porque eso no es verdad. Así que, hoy como aquel día…

¡Viva la Constitución! ¡Y por muchos años!



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