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Gabriel Sanz

Opinión

Lo que va de Pedro Sánchez a Luis Rubiales

Nadie entre los socialistas entendía que alguien llegado en el último 'cuarto de hora' al PSOE pudiera echar por tierra la honestidad que sirvió de bandera en la moción de censura, dándole al PP un balón de oxígeno en su peor momento

Sánchez saluda a Lopetegui este lunes en presencia de Rubiales, a la izda, y Sergio Ramos
Sánchez saluda a Lopetegui este lunes en presencia de Rubiales, a la izda, y Sergio Ramos

El destino ha querido que se junten en un mismo día la destitución del seleccionador nacional de Fútbol, Julen Lopetegui, y la de su jefe, el ministro de Cultura y Deporte, Màxim Huerta. Ambos protagonistas de polémicas que, más allá de razones de fondo, presentan un nexo común: la deslealtad; la de Lopetegui hacia el presidente de la Federación, Luis Rubiales, por negociar, firmar y permitir a su espalda que el Real Madrid anunciara el fichaje a 72 horas de empezar España un Mundial, y la de Huerta por no haber alertado a Pedro Sánchez sobre su fraude fiscal antes de aceptar el ministerio.

Hasta ahí la coincidencia, porque nada del proceder de una y otra víctima es igual. Rubiales se siente traicionado y ha decidido cortar por lo sano mandando a Lopetegui a su casa, mientras que el hoy presidente del Gobierno ha preferido que sea Huerta quien se inmole antes que mancharse las manos con un cese.

El ministro se fue después de que el socialismo contuviera el aliento durante horas viendo la inacción de su jefe de filas que, no lo olvidemos, formulaba en febrero de 2015 este compromiso: "Si yo tengo en la Ejecutiva del PSOE a un responsable que crea una sociedad interpuesta para pagar la mitad de los impuestos que le toca pagar, esa persona al día siguiente estaría fuera de mi Ejecutiva. Ese es el compromiso que asumo con los votantes".

Nadie en el PSOE entendía tanto empeño en amparar, aparentemente, al ministro de Cultura porque "todos nosotros nos desnudamos ante Pedro para que nadie pudiera achacarle nada", confesaba con pesar a mediodía uno de aquellos ocho diputados socialistas del No es no; los mismos que hicieron la travesía del desierto y afrontaron la sanción de la gestora del PSOE por no votar la investidura de Mariano Rajoy... como para que ahora viniera Màxim Huerta a desbaratar ese patrimonio.

Se declaraba este socialista dolido, y con razón, porque alguien llegado en el último cuarto de hora al PSOE pudiera echar por tierra la honestidad que sirvió de bandera en la moción de censura con un asunto que le da al PP un balón de oxígeno en su peor momento, cuando aparece más desdibujado por la pérdida del poder y asolado por "verdaderos casos de corrupción".

El jefe del Gobierno tenía tiempo, pero no todo el del mundo, como en la canción porque cada minuto que pasaba Huerta en el cargo era pérdida de confianza. Así, presionado por unos y otros, Pedro Sánchez le dejó caer para seguir haciendo bueno eso de que ha venido a hacer las cosas "de otra forma", ajeno a la prepotencia y la no asunción de responsabilidades que tanto afeó a Mariano Rajoy.... Y los suyos respiraron.



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