El lunes pasado Narciso Michavila -doctor en Sociología y presidente de GAD3- avanzó en la radio algunas claves del estudio demoscópico que, sobre las elecciones madrileñas, ultimaba su consultora. El estudio completo se hizo público dos días después.

No sé si sus predicciones serán desmentidas o corroboradas por la realidad, no son lo que me ha llevado a pensar sobre sus palabras. Los estudios demoscópicos me resultan objetos demasiado complejos. Como toda información que se obtiene en tiempo real y de un proceso vivo, son utilizados para tomar decisiones más acertadas respecto al objetivo. Sirven para modificar la conducta de los partidos y tal vez influir en algunos votantes. Quizás su peso en la decisión es irrelevante y podemos considerarlas herramientas neutras. Así que, una vez finaliza el fenómeno cuyos síntomas tratan de medir, nunca sé hasta qué punto las encuestas anticiparon lo ocurrido o sucedió, en parte, porque fue anticipado. Es por todo esto que termino por tirar la toalla y aceptar el statu quo.

Antes no pensaba demasiado en estos asuntos. Ha sido la pandemia la que, creo, ha cambiado las cosas. Ha cambiado la forma en la que nos enfrentamos a la incertidumbre. Los enormes números abstractos a los que nos exponemos cada día desde hace más de un año de pronto se vuelven concretos y cercanos cuando un día pasamos a engrosarlos. También la fortaleza de las burbujas informativas que nos sirven de refugio son parte de esta incapacidad para gobernar fenómenos fuera de la escala humana.

Preguntaron a Michavila si los desagradables acontecimientos de los últimos días -las amenazas, el abandono de los debates y las agrias acusaciones vertidas- podían convertirse en un actor inesperado que pusiera patas arribas el proceso y desbaratara las tendencias.

Y entonces escuché algo que para mi era muy real: Michavila dijo que no.

Los madrileños se han adaptado más deprisa y a más cosas distintas en un año que en la mayor parte de su vida activa. Se han organizado de forma improvisada, a ciegas muchas veces, para ayudar a otros

Los madrileños (me refiero a ellos porque a ellos se les está tomando la temperatura) vienen de sufrir más de 20.000 muertos por la pandemia. Cada día es una angustia por mantener su medio de vida, su empresa, negocio o puesto de trabajo. Se han adaptado más deprisa y a más cosas distintas en un año que en la mayor parte de su vida activa. Se han organizado de forma improvisada, a ciegas muchas veces, para ayudar a otros. Han tenido que depender de vecinos a los que no podían visitar. Han aprendido a utilizar herramientas digitales por encima de sus posibilidades. En pleno desastre sanitario, les ha caído una nevada que les ha sepultado durante días y destrozado una cantidad ingente de bienes públicos. Ellos sacaron excavadoras y palas y llevaron la compra a la vecina de arriba que vive sola y está en aislamiento.

Lo extraordinario era terrorífico y a la vez cotidiano. La reacción, vista desde la distancia que da el paso del tiempo, me reconforta.

Como Michavila, yo tampoco creo que las amenazas o los debates histéricos y grotescos vayan a convertirse en un factor determinante. Quizás es porque estamos curados de espanto o porque no nos podemos permitir el lujo de asustarnos más.

Hemos aprendido a economizar nuestras emociones y a hacer ejercicio de forma más o menos rutinaria: es que, pasear, se volvió un lujo

En grandes números, nos hemos vuelto prácticos y presentes. Las tácticas de los juegos políticos, que antaño nos fascinaron, resultan ahora una irritante pérdida de tiempo y energía. Hemos aprendido a economizar nuestras emociones y a hacer ejercicio de forma más o menos rutinaria: es que, pasear, se volvió un lujo. Supimos, a veces de forma inconsciente, que en la salud física nos iba también la salud mental. Abandonamos la confianza en soluciones mágicas porque vimos que una tras otra se demostraban fallidas. Aprendimos, en toda su dimensión, el insustituible valor de la responsabilidad individual y de la compañía de los demás.

Me atrevería a decir que hemos aprendido a vivir con la incertidumbre y a saber esperar lo mejor cuando poco a poco vemos llegar lo bueno. Que lo inconcebible nos ha proporcionado una cierta resistencia a la polarización que trata de abrirse paso de arriba a abajo y el miedo inicial a la locura, que parecía a punto de desatarse, se diluye en una respuesta suficientemente tozuda de indiferencia y silencio.

Creo que somos desconocidos para gran parte de nuestras élites: como si no hubieran vivido con nosotros mientras todo nos sucedía y sigue sucediendo. Puede que seamos unos desconocidos para nosotros mismos.

Quizás, para reencontrarnos, deberían preguntarnos qué nos asusta antes de seguir pretendiendo asustarnos.

Addenda: mientras termino de escribir esta columna recibo una notificación que indica que se acaba de lograr un hito global sin precedentes. En tan solo cuatro meses se han alcanzado los primeros mil millones de vacunas administradas. Los próximos mil pueden llegar aún más rápido.

Intuyo que la capacidad de adaptación demostrada va a ser nuestra mejor defensa y la incertidumbre, el sitio más seguro en el que quedarse a vivir.