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Jorge Vilches

Opinión

Hay que derribar al Gobierno

Mariano Rajoy.
Mariano Rajoy. EFE

La clave de la aplicación del artículo 155 no estuvo en lo arrojado de este Gobierno, ni en la presión popular o institucional ante el golpe de Estado en Cataluña que ponía en peligro las libertades de los que resisten al supremacismo. Tampoco puede achacarse a una cuestión personal de los líderes del PSOE y de Ciudadanos que finalmente dieron su autorización. Ni siquiera al impulso de contrarrestar la imagen que se estaba dando al resto de Europa y al mundo entero con un país vuelto del revés, poniendo nerviosos los mercados y haciendo peligrar la calma chicha del establishment de Bruselas. 

No; el gobierno de Rajoy esperó a tener el apoyo de Sánchez y Rivera, que se demoró hasta que éstos creyeron que les beneficiaba en las urnas. De ahí el estúpido adelanto electoral al 21 de diciembre, sin esperar a revertir el golpismo, ni a que se decidieran los Tribunales. Los socialistas y de los Ciudadanos querían aprovechar el clima para sacar unos diputados más.

Las oposiciones siempre han jugado a provocar la inestabilidad para derribar a los gobiernos y sustituirlos en el poder

La táctica es conocida. Las oposiciones siempre han jugado a provocar la inestabilidad para derribar a los gobiernos y sustituirlos en el poder. Cuanto más delgado es el sustrato democrático de una sociedad, mayor es la actividad para desestabilizar. El modelo es el de la guerra híbrida: intoxicar la información, reducir los recursos económicos, limitar la capacidad de maniobra del adversario, dividirlo, y, por último, forzar su rendición. Vamos por partes.

Primero. La información se construye dominando la agenda política; es decir, filtrando a los medios aquellos temas que se convierten en objeto de debate. Por ejemplo, las pensiones. A continuación, se organiza una performance con los agraviados, cuyas imágenes abren informativos. Creada la opinión, se forja un frente político-mediático que acusa al gobierno. No importa el debate, ni siquiera la solución, sino el concepto: la batalla es el reflejo de una situación insostenible por más tiempo. Esto ocurrió con los desahucios, una falsa demanda mayoritaria de la que ya nadie se acuerda.

Segundo. Los recursos económicos marcan las capacidades de un gobierno para sus políticas; dicho de otro modo: sin dinero no se puede alimentar ese Estado paternalista que anestesia a estas sociedades socialdemócratas. La gran tarea de las oposiciones es impedir que los Presupuestos salgan adelante -por eso se pueden prorrogar-, o exigir a cambio una rendición pública que muestre la debilidad del gobierno. Por ejemplo: pedir la dimisión de una senadora imputada. ¿Qué tiene que ver esto con la planificación económica del país al que dicen querer y representar? Nada, pero todo vale para desestabilizar.

Tercero. La limitación de la capacidad de maniobra del adversario (el gobierno) es clave porque permite criticar, hacer demagogia sin fin, y posar ante las cámaras sin esperar una respuesta. La dependencia parlamentaria es el mejor método. Lo hemos visto desde que el PSOE perdió la mayoría absoluta en el Congreso y necesitó a los nacionalistas, y especialmente durante la primera legislatura del PP de Aznar, cuando tanto se cedió a Pujol. Ahora lo hacen Ciudadanos y el PNV. Los de Albert con un pacto de investidura sin responsabilidad alguna, y los de Urkullu exigiendo el fin del 155, no vaya a ser que Bildu les adelante en postureo identitario.

Cuarto. “Divide y vencerás”, decíamos en el patio del cole cuando todavía jugar a las guerras no conllevaba el ser acusado de machista y belicista. El control de la información, como dije, permite crear una opinión que debe redundar, en este caso, en la debilidad y estado terminal de la formación de gobierno. A continuación, se hace una labor de captación de cuadros intermedios y de rebotados del partido, lo que, contando otra vez con los medios, da la sensación de desbandada. Esa imagen tiene una gran fuerza política: nadie apoya a un perdedor que huye.

Quinto y último. Las oposiciones deben generar la mayor inestabilidad posible, algo fácil con un gobierno parlamentario en un Congreso tan dividido, que, sumado al estado de opinión creado, la falta de recursos, la inmovilidad -propia e inducida-, y la división, solo puede terminar en su rendición. ¿Por qué no forzar unas elecciones, como en Cataluña, cuando los sondeos de voto dan una victoria?

Se quieren derogar leyes por mera táctica, como la reforma del Código Penal que establece la prisión permanente revisable, la “ley mordaza”, o la reforma laboral

El partidismo es enemigo de la gobernabilidad, por mucho que se elabore un discurso simplón que diga lo contrario. Mientras, en el Parlamento y en su segunda cámara -los medios-, las oposiciones se unen. Así, se quieren derogar leyes por mera táctica, como la reforma del Código Penal que establece la prisión permanente revisable, la “ley mordaza”, o la reforma laboral. No importa qué norma sea, sino generar batalla y debilitar al Gobierno por todos los medios posibles.

El conjunto es un gran espectáculo: chantajes, amenazas y desplantes que acompañan a insultos y eslóganes vacuos con frases grandilocuentes; pero, ojo, al otro lado está el votante, más cansado, fiscalizado y aburrido que nunca. Quizá por eso, Fernández Flórez, uno de nuestros grandes cronistas parlamentarios, de esos a los que no confundía la retórica ni deslumbraban los cargos, harto de la falsedad, inestabilidad y mediocridad de Sus Señorías acabó por mandarles a esparragar. “Mordeos, zancadilleaos, cominead”, escribió, porque el “país no espera nada de vosotros”. Y sentenció: “Yo, tampoco”. 



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