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Francesc Moreno

Opinión

Derechos colectivos : entre la identidad y el resentimiento

Lo peor de la corrección política es que no sirve para los fines que dice defender, la igualdad, la no discriminación, sino para fortalecer la reacción contraria. De ahí Trump, Bolsonaro, y otros

El presidente de EEUU Donald Trump en la cumbre del G7
El presidente de EEUU Donald Trump en la cumbre del G7 EFE

La  corrección política  no es un fenómeno nuevo pero vive un momento de gran protagonismo. Para unos es un invento para desacreditar políticas progresistas de los que se resisten a perder sus privilegios.  Para otros no es más que un eufemismo  para tratar de imponer una determinada visión del mundo, un conjunto de creencias, utilizando  un neo-lenguaje, la censura, los escraches, las intimidaciones, con el objetivo último de conseguir imponer una cultura del miedo que promueva la autocensura y una legislación que ampare los intereses de los activistas de determinados colectivos.

¿Vivimos  una nueva Inquisición que, en nombre de los derechos y las identidades colectivos, supone un riesgo real para  la libertad de expresión, la presunción de inocencia, pilares esenciales del Estado de Derecho?. O, por el contrario, ¿se trata de un paso necesario para reparar injusticias históricas que han castigado a determinados colectivos?.

Históricamente  se ha hecho. en nombre de Dios, la nación, la clase social o la raza. Ahora se han añadido otros argumentos para homogeneizar grupos humanos y utilizarlos políticamente.  Siempre bajo argumentos de superioridad moral y buscando enemigos contra los que cohesionar el colectivo, los infieles , los de otra raza, los extranjeros, los que hablan otra lengua, los que no quieren desparecer en la identidad colectiva, los que maltratan a los animales, los que quieren destruir el planeta.  

Se trata de fomentar el colectivismo, la identidad , el resentimiento. De fraccionar la sociedad, con la aspiración última, en la mente de sus ideólogos, de alcanzar el poder de forma permanente. Es significativo a este respecto que las reivindicaciones se circunscriben al mundo occidental donde los derechos de los colectivos afectados están más desarrollados.

Animalismo y otras guerras

La corrección política la determina el poder político y/o religioso, ya se autocalifique de derechas o de izquierdas, ahora o en otros momentos históricos.  Lo novedoso es su reaparición  en Occidente, en países democráticos, con nuevas "guerras santas" en nombre del animalismo, la defensa de otras culturas o contra  los hombres blancos heterosexuales, culpables como colectivo de todas las formas de dominación, desde la racial a la sexual.  En nombre de reivindicaciones inicialmente justas se vuelve a un moralismo sectario propio de la derecha más ultra.

En nombre  del progreso se intimida a los discrepantes, se caricaturiza cualquier denuncia de excesos.  La autocensura funciona entre periodistas o cualquier  personaje público a la hora de tratar determinados temas, ya no por miedo a la represión policial como ha sido siempre en los regímenes autoritarios, sino por las campañas en las redes o en los medios. Cualquier matiz a lo políticamente correcto, a la ideología dominante, te convierte en homófobo, amparador de la violencia contra las mujeres, fascista o racista, en lo que se ha llamado la corrupción de las categorías.

Se pretende pasar página de atentados terroristas relativamente recientes y, a la par, revivir la guerra civil o el 1714

Se restringe la libertad de expresión en base al No-platforming, la negación a que se  expresen ideas en público que no se adapten a la corrección política, práctica muy extendida en ámbitos universitarios y otros ámbitos públicos. En Europa se legisla contra la libertad de expresión con leyes contra los delitos de odio, delitos ideológicos, que no afectan a todos sino sólo a determinados posicionamientos sin ningún criterio transversal, siempre en base a lo políticamente correcto.

En España vivimos nuestras propias paradojas.  Se pretende pasar página de atentados terroristas relativamente recientes, blanqueando a sus líderes y, a la par, revivir la guerra civil, el 1714, o castigar con la muerte civil a hombres por acusaciones de conductas inapropiadas por hechos acaecidos hace décadas. No parece muy equitativo.

En Occidente, con países con regímenes democráticos, la corrección política se impone desde el poder  y  desde determinados  colectivos  que actúan como lobis especialmente bien situados en medios de comunicación y docencia.  En Cataluña tenemos la variante más universal, la del nacionalismo supremacista que trata de encubrir su naturaleza acusando  de fascistas a quienes combaten el nacionalismo y su corolario, el independentismo. En base a leyes restrictivas de la libertad de expresión, por ejemplo la legislación sobre el odio , o a través de las redes sociales y los medios de comunicación.

Es cierto que no se mata, ni se encarcela, salvo supuestos muy concretos,  como se ha hecho y se hace fuera de Occidente por otras ideas, allí dominantes y políticamente alineadas con el poder, pero las culpabilidades colectivas son la antesala a la represión colectiva de infausto recuerdo. Y fomentar el resentimiento social siempre acaba mal.

Lucha de clases

Y, como siempre, detrás de reivindicaciones inicialmente justas, florecen intereses económicos y políticos de los miembros de élite de las colectividades ‘oprimidas’ que utilizan los derechos colectivos para el ascenso social, eso si, siempre negando los derechos individuales, pero sacando el máximo beneficio personal. La izquierda clásica ha criticado el abrazo de la izquierda populista de estas tesis. Debilita la lucha de clases. ¿Qué marca más las expectativas de una persona su sexo o su origen de clase?

Estamos ante un peligro real  para la democracia o, quizás simplemente, en palabras de Michelle Golderg, ante una reivindicación progresista que lo más que ha producido es que algunos hombres famosos hayan perdido su empleo y su carrera, un precio insignificante en términos históricos. O, en cambio si, como dice Stephen Fry, autocalificado como izquierdista blando, liberal, lo peor de la corrección política es que no sirve para los fines que dice defender, la igualdad , la no discriminación, sino para fortalecer la reacción contraria, como se demostraría con el triunfo electoral de Trump, Bolsonaro y otros dirigentes occidentales. Fry, luchador por los derechos del colectivo LGTBI, afirma que los avances en esta materia, como el matrimonio homosexual, se han conseguido por consenso social sin necesidad de criminalizar a nadie, sin buscar el enfrentamiento.

La corrección política sirve para blanquear el autoritarismo en otras partes del mundo y, por ejemplo abandonar a su suerte a las feministas musulmanas, bajo el peregrino argumento de que es una cultura que se debe respetar.  Se da la paradoja  de que hemos de escuchar en algún parlamento cómo una mujer con velo acusa de machismo al hombre occidental y calla y se somete al machismo consustancial del islam. Occidente, la patria del hombre blanco heterosexual,  se convierte en el estercolero del mundo.

Enemigos del populismo

Olvidando  que los avances en los derechos de la mujer, en los derechos de los homosexuales, en la mejora de la vida de los animales o en la conciencia medio-ambiental, se han hecho por consenso social, sin necesidad de criminalizar a nadie y tienen en Occidente su cuna y donde están más desarrollados. Pero ya sabemos que el enemigo para el populismo colectivista de parte de la izquierda, que ha sustituido la lucha de clases por la confrontación de sexos, culturas o identidades sexuales es, en ultima instancia , la democracia.

Un fenómeno añadido que hace especialmente desagradable  la corrección política, es como se ha dicho anteriormente, la corrupción de las categorías. Cualquier matiz, cualquier crítica, se caricaturiza, convierte a su autor en un fascista, un derechista extremo, un violador, un homófobo, un misógino irredento. O por el otro lado, en un terrorista o un comunista. Tampoco es algo nuevo. Pero las redes sociales y la degradación del periodismo han amplificado su uso hasta la nausea.

En definitiva la reducción de las personas a una identidad única, la raza,el sexo o las tendencias sexuales, la pertenencia a una nación, y su corolario de resentimiento es un reduccionismo que no augura nada bueno ni para Occidente ni para la democracia. Si tienen éxito y alcanzan el poder acabarán con la democracia. Si no, facilitaran, como dice Stephen Fry .el éxito de la derecha más extrema con otras ideas que querrán asimismo imponer como políticamente correctas. En todo caso son señales del declive lento pero imparable de Occidente.                               

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