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Jorge Vilches

Opinión

Las derechas, el golpe de Estado y lo español

‘Lo español’ será la clave fundamental para decidir el voto de la derecha entre tres formaciones, PP, Cs y VOX, más allá de propuestas económicas y sociales liberales o conservadoras

Pablo Casado y Albert Rivera.
Pablo Casado y Albert Rivera. EFE

El golpe de Estado en Cataluña ha sido el detonante para el surgimiento de la identidad española como elemento electoral clave de la derecha. Las izquierdas han desaparecido en la competencia por los votos de los que se sienten españoles, embarcados unos, los socialistas, en la plurinacionalidad, y otros, los podemitas, en el concepto de patria para atribuirse la supuesta voz del pueblo.

El insulto a lo español por parte del separatismo se arrastra desde hace décadas. Primero fue un desprecio cultural envuelto en la supuesta recuperación de lo propio, aunque en realidad se trató de la construcción institucional y subvencionada de una estructura de poder social. Esto es lo que ha pasado en Cataluña desde que Pujol se hizo con el poder entre 1980 y 2003: veintitrés años para transformar la sociedad catalana

La segregación de lo español en aquel tiempo se hizo acompañar de una legitimidad histórica y una realidad política a las que se plegaron las izquierdas. No en vano, en su origen, tanto socialistas como comunistas, y ahí están los documentos del PSOE de Suresnes para demostrarlo, defendían el derecho de autodeterminación de los pueblos en cuanto liberación de la “clase obrera”. 

De aquellos lodos setenteros leninistas vino el pacto en ayuntamientos catalanes y luego en la Generalitat, lo que fue una rendición a la hegemonía cultural del nacionalismo, y a su modo de entender la política como el gobierno de los propios y la exclusión de “los otros”. Contra esta deriva autoritaria y complaciente de la izquierda catalana, se rebelaron algunos socialdemócratas para crear Ciutadans de Catalunya, mientras el PP catalán resistía como podía.

En el fondo subyace una crítica al mal planteamiento de unas Autonomías fundadas en el fortalecimiento de oligarquías territoriales y el debilitamiento del gobierno central

El “proces”, por tanto, no empezó en 2014, con aquel falso referéndum del 9-N, ni siquiera en 2017, con la República de los ocho segundos. Ha sido la culminación de casi cuarenta años de régimen catalanista. Sin embargo, el golpe de Estado iniciado el 6 y 7 de septiembre de ese año, con las “leyes de desconexión”, la pantomima de la votación del 1-O, y la débil respuesta del Gobierno por mor del PSOE y de Cs, activaron la identidad española como enganche electoral.

Ciudadanos lo vio enseguida y se mostró como el defensor de la España constitucional y europeísta, aprovechando los errores y la moderación mal entendida del PP de Rajoy y Sáenz de Santamaría. La idea de “lo español en peligro” hizo que el partido de Rivera subiera en las encuestas y desplazara a los populares.

El éxito fue tan claro que iniciaron un movimiento llamado “España ciudadana” para canalizar la reacción identitaria, y apelaron a la aplicación inmediata de un 155 mucho más duro. El objetivo era que el votante identificara “lo español” con Rivera. El efecto inmediato fue que las izquierdas y sus medios afines dijeran sin sentido que Ciudadanos era la ultraderecha.

El presidente del PP, Pablo Casado.
El presidente del PP, Pablo Casado. Efe

El nuevo PP de Pablo Casado, tras el congreso de julio, intenta recuperar este terreno perdido, ese que antes era una de sus señas exclusivas de identidad. El líder popular coincide con Rivera en el 155, aunque con mayor sentido: ofreció su mayoría en el Senado para la aprobación otra vez del artículo 155.

Ahora bien, Casado acusa al podemizado Sánchez de haberse convertido en colaborador del golpismo. La acusación se basa en el que socialista busca y recibe el apoyo parlamentario de los independentistas, a cambio del cual habla de diálogo con los partidos golpistas, y piensa en cambiar el delito de rebelión por el más suave de sedición o de malversación.

Se siguen construyendo identidades locales que reclaman cada vez más soberanía, y que permiten a sus gobernantes atribuirse la historia, la voz y el futuro de su territorio

Ambos, el PP y Ciudadanos, buscan que el elector los identifique con lo español sin cuestionar el Estado de las Autonomías. Su deseo, expresado por las dos organizaciones de distinto modo, es fortalecer legalmente el gobierno central como forma de detener el separatismo y de evitarlo en el futuro. Su planteamiento de lo español, en consecuencia, es muy similar: descentralización sí, pero no así.

En el fondo subyace una crítica al mal planteamiento de unas Autonomías fundadas en el fortalecimiento de oligarquías territoriales y, al tiempo, el debilitamiento paulatino del gobierno central. El motivo es que se construyen identidades locales que reclaman cada vez más soberanía, y que permiten a sus gobernantes atribuirse la historia, la voz y el futuro de su territorio. El ejemplo claro ha sido la respuesta patriotera de Susana Díaz a la crítica de Tejerina a la educación andaluza. Es lo mismo que hacía Pujol: decir que los ataques a su persona eran ataques a Cataluña.

Vox es una vuelta de tuerca en esa batalla por apropiarse de “lo español”. El golpe de Estado en Cataluña ha servido a la formación de Santiago Abascal para tomar el protagonismo que no ha tenido desde 2014, cuando fracasaron en las elecciones europeas. Sus recursos contra los golpistas fueron efectivos, ya que se presentaron como una alternativa dura que podía atraer a los votantes descontentos de la derecha.

Santiago Abascal, en el mitin de este domingo en Vistalegre.
Santiago Abascal, en el mitin de este domingo en Vistalegre. EFE

El estilo de Vox para atribuirse ese sentimiento identitario es populista, similar al que se está haciendo en otros países europeos, pero no de extrema derecha. Reclama la reconstrucción de la comunidad nacional, recuperar la cultura, el pasado y la lengua común, al tiempo que apuesta por desmontar el Estado autonómico.

“Lo español” ha despertado con el golpe de Estado, ahora animado por el frentepopulismo que alimentan el PSOE, Podemos y ERC. Será la clave fundamental para decidir el voto de la derecha entre las tres formaciones, más allá de propuestas económicas y sociales liberales o conservadoras, y toda vez que la inmigración no se va a convertir en una cuestión política.



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