El votante de derechas está muy esperanzado con los aparentes vientos de cambio que soplan en el PP desde la victoria de Ayuso. Existe la ilusión de que -¡por fin!- los populares reaccionan, empiezan a comprender que entrar en el marco discursivo de la izquierda, buscar constantemente su perdón por el mero hecho de existir, no funciona si pretenden convencer. O “ilusionar”, como se dice en la jerga sentimentalista de la que está empapada la política. Existen, sin embargo, motivos para ser cautos. No permitamos que los árboles de la actualidad nos impidan ver el bosque.

Cuando el PP ha ganado en España ha sido por autogol del PSOE y no por méritos propios, más allá de la famosa “gestión”. A pesar de que Sánchez parece tener por consejero a su peor enemigo, la mitad de la población volverá a votar izquierdas: por el pánico al “retorno del fascismo” y por lo generosa que es perdonando, casi tanto como escasa es su memoria política.

No nos engañemos tampoco con una supuesta reorientación de Pablo Casado en sus formas y objetivos. El foco, el punto fuerte como producto político a ofrecer, sigue siendo el dinero. ¿A quiénes ha amenazado el líder del PP ante la concesión de los indultos? A los empresarios catalanes. De su todavía ignoto Plan Cataluña se dice que lo central radica en los aspectos económicos. Por lo visto apenas pasa por encima del verdadero problema: la constante y profunda ideologización que ha sufrido -a través de la educación y televisión pública- la sociedad catalana. A las últimas generaciones de independentistas no se les compra ya con dinero, ni se les asusta con la ley. Quieren la independencia, nada más. Y nada menos.

El hastío del votante

De este inquietante panorama no parece ser realmente consciente la cúpula del PP. O lo es, y confía en su dontancredismo habitual, con el visto bueno de Casado y el visto malo de sus votantes habituales. Personas que dan su apoyo al PP a disgusto, por miedo al PSOE, por ser “voto útil”, por ser “el mal menor”, pero con el hastío de saber que los populares ni les entienden ni pretenden hacerlo, a no ser que ello les beneficie.

El beneficio, ahí está el quid de la cuestión del supuesto cambio en el PP. El butifarréndum de 2017, el golpe sedicioso del gobierno catalán, el posterior discurso del Rey y las manifestaciones masivas en defensa de la unidad de España reavivaron la esperanza del voto conservador. El PP no supo aprovecharlo entonces, se le adelantó Vox por la derecha (valga la redundancia), dando cobijo a esta parte de la población que se sabía huérfana.

Casado tiene que ser un líder a la altura del momento. No puede, ni debe, dar la espalda a la realidad a la que se enfrenta

El partido de Abascal encuentra en su mejor virtud su mayor defecto. Si bien ha animado a quitarse complejos a través de actitudes nuevas, se ha pasado de frenada con algunos postureos, exabruptos en redes sociales e incluso con determinadas campañas de comunicación. Quiero creer que el motivo ha sido la voluntad de destacar a pesar del humilde peso que tienen en política, seguir la estrategia del “que hable, aunque sea mal.” ¿Resultado? Vox ha agitado el árbol -despertando al votante de derechas- pero es el PP quién recoge esta vez los frutos, sobre todo en el Madrid de Ayuso y Almeida. Casado feliz con esta repentina e inesperada popularidad, pero erre que erre con lo suyo: economía, economía y más economía.

Ahora, ojo con fiar la buena imagen del partido a personajes como la presidenta de Madrid. Durante la pandemia arriesgó mucho, ganó todo. Su estrategia tiene toda la pinta de que se la han susurrado al oído, quien quiera entender que entienda. De la audacia a la temeridad hay una delgada línea que solo quien dirige sus pasos con criterio propio sabe localizar. No parece ser el caso de doña Isabel, teniendo en cuenta que puso en un difícil compromiso al Rey y a la directiva de su partido, por no mencionar el discurso en el que habló de la gente que está a favor del aborto y de la eutanasia como desalmados, y no como personas que en su gran mayoría no están debidamente informadas (labor que, por cierto, el PP jamás ha abordado).

¿Qué sería lo ideal para que esta nueva derecha PP-Vox se consolide, que gane por derecho propio y no porque la izquierda deje arrasadita a España, como tiene por costumbre? Primero, Casado tiene que ser un líder a la altura del momento. No puede, ni debe, dar la espalda a la realidad a la que se enfrenta. Para ello tiene que establecer ideas y propuestas sólidas que vayan más allá de la economía y de lo que funciona en términos de comunicación.

Respecto de Vox, ya son sobradamente conocidos. Han llevado a cabo acciones positivas para España, como facilitar gobiernos o promover iniciativas judiciales que dieron con los huesos en la cárcel de los ahora indultados. Les sugeriría dejar fuera de su discurso esas formas agresivas y polémicas. Mantener convicciones fuertes y expresarlas con firmeza no son incompatibles con las buenas maneras.