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Jorge Vilches

Opinión

A la derecha del PSOE

Las tres derechas, PP, Cs y ahora Vox, acabarán como las izquierdas, esperando al momento poselectoral para pactar, negando el bloque hasta el día después

Pablo Casado y Albert Rivera.
Pablo Casado y Albert Rivera. EFE

Es hora de hacerse a la idea de que hemos pasado de un sistema político basado en el bipartidismo imperfecto a uno de bloques. La crisis de los viejos partidos ha ido unida a la crisis del régimen, y era lógico que surgieran opciones nuevas, ya fuera con el formato de organización partidista o de movimiento social. Está pasando en la mayor parte de Europa, y a España llegó con claridad en 2015.

Aquí las izquierdas han optado por el frentepopulismo; esto es, constituir alianzas y complicidades entre las distintas variantes del socialismo y, además, sumar a los nacionalistas que quieren romper el orden constitucional. Aún no hemos llegado a la lista única, a esa coalición previa a las elecciones, sino que prefieren jugársela en las urnas para luego sacar el máximo precio al mayoritario; esto es, al PSOE.

Las derechas son otra cosa. Van un paso por detrás. Aznar creó (o refundó, según quién lo cuente) el Partido Popular uniendo a liberales, conservadores y democristianos. Era todo lo que estaba a la derecha del PSOE, exceptuando, claro está, a los nacionalistas. Fuera quedaron los grupúsculos de extrema derecha, añorantes del franquismo, la Nueva Derecha a la francesa, legitimistas varios y falangistas sin reconvertir.

Los mejores tiempos del PP fueron los del liberalismo conservador, que convirtieron al partido del centro-derecha español en una alternativa real al socialismo. Esto le dio la victoria en 1996 y en el año 2000, momento en el que comenzó paradójicamente su declive. El marianismo posterior tuvo ese mismo aire de auge y caída del Imperio romano: la esperanza dejó pasó a la melancolía, y acabó arrasado por los bárbaros. Es la lógica de los partidos de gobierno en democracia: crecer, morir y resucitar; o no.

El problema es que PP, Cs y Vox no son hoy conciliables en una alianza como la de Aznar, que en 1990 unió a todo lo que estaba a la derecha del PSOE

En esa muerte aparecieron dos oportunistas: Ciudadanos y Vox. Aprovechar las oportunidades no es ilegítimo ni deshonroso, ni siquiera en política. La decepción que generó el gobierno de Rajoy desde 2011, en parte por la herencia, pero en buena medida por el arriolismo y la influencia creciente de Soraya, alimentaron esas dos opciones que, de una manera u otra, se presentaban como la corrección del Partido Popular.

Vox nació en 2013 para recoger los votos de los “desencantados del PP”. Era una escisión del partido de Rajoy, un deseo de rectificación. Sus creadores tenían la convicción de que se habían traicionado los principios políticos del PP y abandonado a las víctimas del terrorismo, y de que, por tanto, había un espacio electoral a su derecha. Vox no triunfó, pero quedó a la espera. Vidal-Quadras y otros fundadores abandonaron el barco, y comenzó el camino por el desierto, la financiación por los pelos y las performances indescifrables.

Sin embargo, la idea de un PP rectificado no cuajaba frente a un Ciudadanos que sí explotó con éxito ese papel. El partido de Albert Rivera estuvo al borde de la extinción antes de 2014 tras un par de malas decisiones estratégicas, y con un UPyD en plena efervescencia. Grandes operaciones al margen, lo cierto es que Ciudadanos se quitó de encima el provincianismo y la socialdemocracia, y aspiró a ocupar el lugar del PP.

Todo el discurso y la acción política de Cs se centró en mostrar al electorado que eran el centro dispuesto a regenerar la vida política, liberalizar la economía sin perder el aspecto social, y a mantener la unidad de España. La culpa era del PP de Rajoy, decían. A diferencia de Vox, la gente de Cs contaba con un líder que domina la comunicación política y que insistía en coordinar eslóganes con imagen personal. Los medios ayudaron mucho a difundir el mensaje, por supuesto.

Vox es una fórmula importada de Francia, Italia o Suecia, fundada en el reajuste del Estado del Bienestar y el control severo de la inmigración

La aspiración de la “nueva política” era cargarse a “la vieja” pero limitando la ganancia a Ciudadanos y Podemos, y en el caso de la derecha, eliminar al PP para sustituirlo por Cs. “Sorpasso” lo llaman algunos; de hecho, ya ha ocurrido en Cataluña, no en vano la ocasión propicia la ofreció el golpe de Estado de los supremacistas y la decepcionante respuesta del Gobierno. Es cierto que la aplicación del artículo 155 y las inmediatas elecciones fueron negociadas con PSOE y Cs, pero en el electorado del centro-derecha no se acabaron de entender la inacción y los errores.

El golpismo fue la sangría definitiva del PP, y aquí es donde ha entrado Vox, quien acudió a los tribunales con gran eficacia. A partir de entonces dejó atrás su aspiración a ser el “verdadero” Partido Popular y ha optado por el populismo nacionalista. Es una fórmula importada de Francia, Italia o Suecia, fundada en la reconstrucción de la comunidad nacional sobre el reajuste del Estado del Bienestar -aquí de las Autonomías- y el control severo de la inmigración.

La mano de Steve Bannon, el gurú de Trump, con su “Le Mouvement”, esa Internacional populista europea, es algo más que visible en Vox: pocos eslóganes pero claros, puestas en escena patrióticas, apelación al pueblo, lenguaje sin complejos, ataques al establishment, victimismo, encarnación de “la verdad”, definición del enemigo interior y exterior, canalización con trazo grueso de las críticas, hiperliderazgo con mejoras en la comunicación y en la retórica, y defensa de un proyecto propio.

Atento a esta fragmentación, inédita en la vida política española, el nuevo PP de Pablo Casado intenta armarse a toda prisa con el liberalismo conservador. Al tiempo, el hombre que derrotó a Soraya debe enfrentarse a una mediática cacería de brujas y soltar lastre marianista. Falta aún refinar ideas, evitar los borbotones, dar un par de palmetazos de autoridad en la mesa, tomar la iniciativa y ajustarse a la competencia con Cs y Vox.

Esas tres derechas acabarán como las izquierdas, esperando al momento poselectoral para pactar, negando el bloque hasta el día después, trabajando para imponerse entre ellas, y echando cuentas. Las tres no son hoy conciliables en una alianza como la de Aznar en 1990, esa que unió a todo lo que estaba a la derecha del PSOE. Son otros tiempos, y habrá que adaptarse o morir.



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