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Carlos Gorostiza

Opinión

La democracia pierde el monopolio de la prosperidad

Las democracias, además de garantizar la libertad, aun a trompicones, han sabido siempre recuperar la prosperidad incluso tras los episodios más terribles de su historia

Xavi Hernández y Muhammed Ghoulam.
Xavi Hernández y Muhammed Ghoulam. Instagram.

Mientras aquí andábamos revolucionados con el abrazo entre Sánchez e Iglesias, en Cuba, el país que se presenta a sí mismo como revolucionario por excelencia, el Rey Felipe VI pronunciaba un discurso muy interesante y comprometido.

Comprometido; porque decir abiertamente a los jefes de un régimen comunista que "es en democracia como mejor se representan y se defienden los Derechos Humanos, la libertad y la dignidad de las personas" requiere convicción y un punto de audacia, ya que es evidente que su público de aquel día no iba a tomar las palabras del Rey como una sugerencia sino más bien como una reclamación. Por muy educada y respetuosamente que se expresara.

Pero hay algo especialmente interesante que también dijo el Rey en La Habana: que "la fortaleza que la democracia otorga a sus instituciones es la que permite el progreso y el bienestar de los pueblos”. Esa es justamente una de las ideas que han sostenido y que sostienen las democracias liberales que conocemos. Siempre se ha considerado un axioma que la libertad económica y política eran herramientas imprescindibles para un progreso económico sólido y que sin aquellas, este no se producía o no duraba.

Usted se calla, mira para otro lado si acaso y no se distraiga que, como dice su viejo refrán español: oveja que bala, bocado que pierde.

Así es que la democracia no solo traía justicia y libertad sino también riqueza y crecimiento a largo plazo. Así lo seguimos pensando muchos, incluido Felipe VI, pero lo cierto es que ha dejado de ser un convencimiento unánime. No es solo Xavi Hernández el que se siente fascinado por la riqueza de un país sin asomo de democracia, pero donde todo funciona tan bien. Hay bastantes ejemplos de países bien ordenados, seguros, ricos, punteros en tecnología y apetecibles en los que, a la sombra de unos dirigentes tiránicos y a menudo obscenamente ricos, se puede vivir perfectamente bien, siempre y cuando no se le ocurra a uno hacer la más leve crítica o torcer el morro ante abusos que nos espantarían si ocurriesen aquí. Usted se calla, mira para otro lado si acaso y no se distraiga que, como dice su viejo refrán español: oveja que bala, bocado que pierde.

China es el ejemplo más notorio de que se puede ser una potencia mundial, puede que en breve la primera de todas, sin necesidad de esas “rarezas occidentales” de democracia, división de poderes, parlamentos, elecciones libres y otras “distracciones”. Los chinos han demostrado que su país funciona, que progresa y que puede adelantar al resto del mundo sin necesidad de ser una democracia. Es más, que no es descuido sino convicción firme la suya de que no se debe perder el tiempo en cosas que no sean productivas y que el partido único ya dirá lo que es y lo que no es conveniente.

Lo más preocupante es que la desconfianza hacia la eficiencia de los sistemas democráticos va calando también en nuestro entorno. Cualquier democracia, por supuesto la española, tiene defectos (con razón decía Churchill que es el peor de los sistemas políticos…si descontábamos todos los demás) así que se señalan tales faltas, como debe hacerse, pero no para corregirlas sino para abjurar del sistema, comparando sus méritos económicos, y solo los económicos, con los de otros países de riquezas rutilantes y libertades nulas.

Un acto de valor cívico

La democracia siempre ha sido sobre todo una herramienta contra la tiranía. El progreso era uno de sus afortunados efectos secundarios, pero hoy hay quien lo olvida y la juzga estrictamente por sus resultados económicos, y eso a corto plazo, en apenas unas décadas, ignorando la historia y, si es posible, tratando de no aprender nada de ella. Vienen tiempos en los que creer en la fortaleza que aportan las democracias a los Estados que las mantienen, como reivindicó expresamente el Rey en La Habana, empieza a ser un acto de civismo y de compromiso personal y no solamente una apuesta por un futuro más boyante.

Dejar a nuestros hijos tiranías prósperas puede ser una tentación, siempre y cuando podamos asegurarnos de que quedan en el lado bueno, eso por supuesto, pero convendría no olvidar que las democracias, además de garantizar la libertad, aun a trompicones, han sabido siempre recuperar la prosperidad incluso tras los episodios más terribles de su historia, mientras que las dictaduras, tras cobrarse de entrada el precio de la libertad de sus súbditos, antes o después siempre han acabado fracasando también a la hora de ofrecerles el bienestar que prometían.

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