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Opinión

En defensa de la inmersión lingüística

La idea del Gobierno central de reabrir este debate y plantear de nuevo la fragmentación del sistema educativo, no es sólo una provocación sin sentido, sino también una medida socialmente excluyente

Íñigo Mëndez de Vigo, portavoz y ministro de Educación, Cultura y Deportes.
Íñigo Mëndez de Vigo, portavoz y ministro de Educación, Cultura y Deportes. EFE

De todas las ideas salidas de la Generalitat de Catalunya en los últimos cuarenta años, la inmersión lingüística es probablemente la más brillante. Esta política pública, la clave del consenso educativo en Cataluña desde la transición, es uno de los motores de la cohesión social del país.

Con la recuperación de la democracia, todos los partidos catalanes, sin excepción, entendieron que el catalán estaba en problemas. Aunque el idioma seguía teniendo un uso social extenso, un porcentaje significativo de sus hablantes no habían aprendido a leer o escribir en él, debilitando su uso en el ámbito profesional.

El catalán, sin embargo, había conservado su prestigio y estatus social, en no poca medida porque pese a los esfuerzos del franquismo las clases medias y profesionales nunca lo abandonaron del todo (la más alta burguesía se pasó al castellano durante la dictadura, pero recuperó su catalanidad rápidamente). Eso hacía que existiera una sutil pero persistente discriminación social entre catalanoparlantes “de toda la vida” y castellanoparlantes que nunca habían tenido la oportunidad de aprender el idioma y no lo hablaban con fluidez.

El castellano no está en peligro en Cataluña. Tras años de inmersión lingüística, sigue siendo el idioma predominante, y tiene una presencia abrumadora y completa en los medios"

La inmersión lingüística fue la respuesta a estos dos dilemas. Primero, era imperativo que las nuevas cohortes de catalanoparlantes no sólo utilizaran el idioma verbalmente, sino que le dieran uso profesional. La Generalitat hizo un esfuerzo extraordinario de normalización lingüística, revitalizando el idioma como lenguaje de gestión y gobierno. Segundo, y más importante, para evitar que la división social real y notoria entre catalanoparlantes nativos y aquellos que no dominaban el idioma se agrandara, hicieron que el catalán fuera la lengua vehicular y dominante en la enseñanza: la inmersión.

El catalán es una lengua minoritaria y un tanto inusual ya que, a pesar de ser un idioma relativamente pequeño, goza de un mayor prestigio social que el castellano. De un abogado, contable, ejecutivo, arquitecto o profesional de cierto prestigio se espera que hable catalán de forma fluida, y lo hable sin acento. El catalán es el idioma de la burguesía, de la clase social dominante. Es una convención social, no una conspiración o decisión consciente, en parte fruto de la tozudez local, en parte por los años de inmigración del resto de la península. Siempre se asume que los nativos tienen más medios y educación que los recién llegados.

Si Cataluña hubiera apostado por un sistema educativo dual, con sistemas separados por idioma, el resultado probable hubiera sido exclusión social. El catalán es valorado de forma muy positiva en el mercado de trabajo, y hubiera sido exigido para muchas profesiones y la administración. Los participantes del sistema educativo en catalán hubieran tenido acceso a estas oportunidades; aquellos que hubieran elegido el sistema en castellano no, ya que dominarían el idioma del mismo modo. Incluso hoy, tras décadas de inmersión lingüística, ser hablante “nativo” (esto es, de padres catalanohablantes) sigue otorgando ventaja en el mercado laboral en Cataluña. Imaginad cómo sería ese mismo mercado sin trabajar para promover el bilingüismo.

El catalán es el idioma de la burguesía, de la clase social dominante, por eso la inmersión lingüística es una política de cohesión social, y no de identidad nacional"

La inmersión lingüística es una política de cohesión social, no una política de identidad nacional. Si damos libertad de elección a los padres con dos sistemas separados, lo que estaríamos haciendo es perjudicar las oportunidades de movilidad social a largo plazo de sus hijos. Es, a falta de otra expresión, una decisión educativa que las autoridades toman por ellos por su propio bien. Crea oportunidades, no las limita, y lo hace con un coste económico y social mínimo.

El castellano no está en peligro en Cataluña. Tras años de inmersión lingüística, sigue siendo el idioma predominante, y tiene una presencia abrumadora y completa en los medios. Es una lengua con 700 millones de hablantes; no hace falta “defenderlo”. Lo que sí es necesario, paradójicamente, es defender a sus hablantes de una dinámica social que podría dejarles en desventaja en una sociedad bilingüe como es la catalana.

La idea del gobierno central de reabrir este debate y plantear volver a fragmentar el sistema educativo no es sólo una provocación sin sentido, sino que es además socialmente excluyente. La inmersión es una buena idea, no una imposición nacionalfolclórica gratuita.



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