Ya ha empezado la carrera mediática sobre la reforma fiscal. En el mismo momento en el que se propone el enésimo comité de expertos que valorará, una vez más, una reforma del sistema impositivo español, otros comienzan a tomar posiciones a favor o en contra de lo que esto suponga. Tomadas estas posiciones, muchos presentarán batalla con argumentos más o menos elaborados. Por lo tanto, nos quedan meses de dialéctica sobre la utilidad y necesidad o no del subir los impuestos, de reformar, eliminar o incluir nuevas figuras. Va a estar interesante.

En el debate se aportarán datos y cifras que avalen posturas. Con ello podremos discernir mejor. Pero cuidado con hacernos trampas al solitario. Se mostrarán indicadores que, o bien son insuficientes o bien dirán medir lo que realmente no miden. No pocas veces se tomarán atajos con indicadores que encierran, en su propia naturaleza, muchas dudas sobre su viabilidad como indicadores cuantitativos de aquello que pretenden medir, pero que mediáticamente servirán a su propósito.

Por un lado, el principal indicador que se utilizará es el de presión fiscal, medido como cociente entre ingresos fiscales y Producto Interior Bruto en términos porcentuales. Este indicador es usado de forma amplia para medir de algún modo la capacidad recaudatoria de un país. Es un indicador sencillo y adecuado a su propósito. En general, es el utilizado por quienes defienden un mayor peso de los ingresos fiscales en las políticas de los estados, especialmente en España, ya que el mismo revela que estamos varios puntos por detrás de la media europea. En 2019 (no cojo 2020 porque todo lo que sea usar el PIB para medir algo va a venir desvirtuado) la presión fiscal fue del 35,4 % mientras que en la Unión Monetaria (UME) ascendió hasta el 41,5 % y entre los países con mayor presión estaban Francia, con 47,4 % y Dinamarca con 46,9 %. El argumento, pues, es que hay margen para subir impuestos y equiparar nuestro estado de bienestar a la media europea.

Racionalizar el diseño

Sin embargo, este indicador debe ser mirado con cautela. No deja de ser una media, esto lo primero, y no revela más que los ingresos son bajos relativamente al PIB generado. No nos cuenta quién paga ni cuánto paga, qué falla, si lo conveniente es elevar impuestos o racionalizar su diseño. Todo esto es importante si se quiere seguir apretando las ubres de la economía para extraer más y mejor.

En el otro lado, los que justifican que ya pagamos demasiado suelen utilizar dos indicadores que, en mi opinión, tienen tanto o más problemas que el de presión fiscal. El primero de ellos es el famoso Índice de Frank, o Índice de Esfuerzo Fiscal. Este indicador supuestamente mide cuánto esfuerzo supone para una economía hacer frente al pago de impuestos. Se mide como el porcentaje de ingresos sobre PIB (presión fiscal) dividido por el PIB per cápita. Sin embargo, este indicador tiene serios problemas para medir lo que queremos medir, independientemente de sus bondades matemáticas, si es que las tiene.

Para que lo entendamos, este indicador tiene como resultado una medida algo extraña: habitantes por euros dividido por euros al cuadrado, lo que nos terminaría dando habitantes por euro

Para empezar, no tengo nada claro qué mide. Para que lo entendamos, este indicador tiene como resultado una medida algo extraña: habitantes por euros dividido por euros al cuadrado, lo que nos terminaría dando habitantes por euro. Les reconozco que llevo semanas dándole vueltas a esto y no logro entender muy bien qué significa en sus dos acepciones. La razón para tanta complicación es que el índice se obtiene dividendo porcentajes por euros per cápita. Una de las máximas de todo buen indicador es que debe medir algo rápido y sencillo de entender. Este no es el caso.

Si alguna interpretación podemos darle sería, en primer lugar, saber cuántas personas hay por cada euro aportado, pero sin tener claro si es de impuestos, de PIB, en términos de PIB... Dado que resulta de una fracción donde aparecen tres veces euros, es muy difícil entender qué significa. Respecto a la primera acepción, euros por habitante dividido por euros al cuadrado, lo único que se me ocurre es que sería algo así como una aceleración impositiva, es decir, como cuando medimos la velocidad (presión fiscal) y cómo alcanzamos una velocidad de crucero (aceleración). El problema de esta medida es que evalúa a economías en momentos diferentes de su desarrollo económico (PIB per cápita), como corredores en momentos diferentes de una carrera donde las aceleraciones son diferentes, por lo que este indicador compara economías en dos momentos diferentes. No termino de entender si tiene sentido usar el Índice de Frank para comparar España con Dinamarca, por ejemplo.

Complejidad del cálculo

Pero hay más. Al igual que la presión fiscal, no deja de ser una media, no siendo capaz de medir correctamente algunas cuestiones importantes. Por ejemplo, imaginen una misma economía en dos situaciones diferentes, una donde todo el mundo aporta un porcentaje de impuestos similar y otra donde solo el 10% más rico aporta todo lo que antes aportaba el resto de contribuyentes, aunque quitando un poquito. El índice de Frank te diría que el esfuerzo fiscal es menor en este segundo caso, aunque la progresividad se haya ido casi al infinito y haya a quien les confiscamos toda su renta. Si además sube el PIB per cápita el resultado podría ser que una economía absolutamente confiscatoria puede tener menor índice que otra en la que se recauda menos. La razón es tener en el numerador un número acotado entre 0 y 100 y en el denominador uno que no tiene límite superior. No le veo el sentido de hacer esto. Un profesor de coyuntura te diría que no puedes comparar dos series temporales con tendencias a largo plazo diferentes, y este es ese caso.

Por último, es un índice que asume un juicio de valor, ya que implícitamente supone que existe una desutilidad marginal decreciente (más bien coste) de pagar impuestos. Esto es algo que, paradójicamente, suele ser criticado muchas veces por quienes precisamente proponen el uso de este indicador (teoría matematizada sobre el comportamiento de agentes económicos ¿racionales?). Un indicador que enmarca un precepto o supuesto teórico deja de ser del todo objetivo, por mucho sentido que pueda tener dicho razonamiento.

El uso de indicadores como los que miden el gasto o similares para cuadrar las cifras del PIB no son buenos indicadores del peso que la economía sumergida pueda tener

El segundo indicador lo he conocido esta semana: el Índice de Presión Fiscal Normativa. Este índice se construye a partir del de presión fiscal, pero al PIB, que está en el denominador, se le sustrae el peso de la economía sumergida. En este caso, de nuevo y como en el anterior, suele crecer para economías más pobres, donde supuestamente la sumergida es mayor, y caer para las ricas. Este indicador tampoco tiene mucho sentido. Y no lo tiene por varias razones. En primer lugar, es muy difícil sostener que toda la economía sumergida está contabilizada en el PIB. Aunque en teoría debería, esto no es así. El uso de indicadores como los que miden el gasto o similares para cuadrar las cifras del PIB no son buenos indicadores del peso que la economía sumergida pueda tener. Para que esto fuera así habría que, de nuevo, realizar supuestos teóricos. En segundo lugar, los intentos para aflorar contablemente PIB sumergido se han esforzado, sobre todo, en la parte “ilegal” y que hasta ahora no supone más que una pequeña fracción de la misma. Por último, las cifras estimadas de economía sumergida son muy variables en función del método que se use, por lo que poner un 20% o un 10% puede ser igualmente válido. En resumen, no sabemos muy bien qué está midiendo, y si el valor de la sumergida hay que restarla, sumarla o qué.

El mejor modo de analizar la cuestión y aportar al debate reside en la comparación a nivel individual de los impuestos, su capacidad recaudatoria, sus niveles normativos y la existencia de mecanismos que permiten evitar, legalmente, su pago. También utilizar análisis individuales de simulación para conocer la capacidad de pago de impuestos y sobre dónde deben aplicarse las reformas que permitan un aumento de los ingresos fiscales, o bajarlos, modificando lo menos posible el comportamiento de los agentes. En definitiva, lo que más o menos hace el Instituto de Estudios Fiscales o académicos como los que han elaborado informes al respecto. Dibujar el debate con indicadores de brocha gorda o que no sabemos muy bien lo que miden solo sirve para eso, para arrimar la ascua a la sardina de cada cual. Y de hacer de trilero. ¡Ah!, y por cierto, no he mencionado a Laffer, porque me consta que, cada vez que se hace, muere un gatito.