Calificar de traidor a un presidente de gobierno ni es novedoso ni excepcional. La condición humana alberga ese lado miserable en el que predomina el egoísmo ciego que le hace prescindir de toda generosidad, primando el interés y medro personal. Con su ridículo acto en el Liceo, Sánchez ha ido un paso más allá: ha escenificado su traición a la Constitución, a la unidad territorial, a la igualdad entre españoles y, singularmente, a los catalanes que sufrimos el yugo separatista hace décadas. Cuando se le reprocha haber cambiado respecto a los indultos debo recordarles que servidor lo advirtió en su día: no hay que fiarse de este hombre. Esa misma convicción sostuvieron dirigentes como Rivera o Girauta, que sabían el pie que calzaba el personaje. Entonces tuve ocasión de recordarle a cierta persona de Ciudadanos la anécdota entre el general Pavía y Castelar. Al ser acusado de querer dar un golpe de estado, el militar contestó “¡Jamás me sublevaré ejerciendo el mando!”. A las pocas horas, en aquel frío enero de 1874, Pavía se alzó en armas.

Esas traiciones son abundantes en nuestra tierra porque aquí la palabra dada vale menos que un adarve. En ese sentido es de agradecer que el separatismo supremacista se haya mostrado tal y como es, rechazando de plano los indultos y gritando más fuerte que nunca que lo van a volver a hacer, que esa medida de gracia es síntoma de la debilidad del Estado y que están más cerca que nunca de conseguir su república, ahora sí, con el concurso del Gobierno de España. Tiene la traición perpetrada por el socialismo un agravante más, la de no obtener favor ni agradecimiento del interesado. Porque Sánchez no va a sacar ningún provecho. Ni le van a conceder gracia los indultados ni mucho menos quienes, intoxicados por el veneno anti-español, seguirán apretando en las calles, como pedía Torra.

La traición de Sánchez, de su gobierno, del PSOE y de Podemos va mucho más allá del asunto catalán. Han dado el primer paso para desmembrar España, lo que equivale a decir el orden constitucional, la monarquía y la democracia

Vienen tiempos inseguros, terribles y violentos. Con el gallo subido, los dirigentes de la horda amarilla van a rebasar en un tsunami a Aragonés y sus tibiezas –si es que podemos calificarlas como tales -, exigiendo proclamaciones, persecuciones, algaradas y el retorno de la corte de Puigdemont, al que no descarto ver pasear dentro de poco por Barcelona. Es el trágico destino de Cataluña. Entre todos la mataron y ella sola se murió. Abandonada por socialistas y populares en su día, que prefirieron dejarla en manos del amo del cortijo por comodidad y miedo, ven cómo ahora no cabría más remedio que un parón en seco, la suspensión de la autonomía sine die mediante un 155 tajante y la apertura de causas penales a muchos de los políticos de mi tierra. Evidentemente, nadie hará tal cosa. Solo Vox, e incluso dudo que se atreviesen a sajar el absceso del todo.

Grave error, porque la gangrena se va a extender por todo el territorio nacional. Cuando se apruebe una consulta para Cataluña, que se aprobará disfrazada convenientemente para que el poder judicial no tenga mucho que decir, ¿quién tendrá autoridad para negarle el mismo derecho a Valencia, a Baleares, a Galicia, a Asturias, a las Canarias o a cualquier otra parte del territorio nacional? La traición de Sánchez, de su gobierno, del PSOE y de Podemos va mucho más allá del asunto catalán. Han dado el primer paso para desmembrar España, lo que equivale a decir el orden constitucional, la monarquía y la democracia. Es una traición que incluye también a la clase empresarial, sindicatos e incluso a religiosos que apoyan semejante atrocidad.

De estas traiciones vendrán las futuras rupturas y cuando ya no exista ningún vínculo entre españoles nada importará que estos o aquellos lo pasen peor o mejor, porque en lugar de compatriotas serán elementos ajenos a nuestra compasión. Es el objetivo final de esta maniobra. De momento, les está saliendo estupendamente.