No creo que nadie pueda predecir el momento exacto en que va a estallar una olla de presión. El domingo 11 de julio parecía cualquier otro mal día para los cubanos. Hasta la puerta de mi casa llegaban los habituales gritos de los cientos de personas que cada mañana se concentran en los alrededores de la tienda Galerías Paseo para intentar comprar un par de días de sobrevida racionada.

Internet seguía copado por un hermoso estallido de las redes de apoyo que, bajo el llamado de #SOSCuba, se articularon desde dentro y fuera del país para visibilizar y ayudar en la crisis sanitaria que comienza a enfrentar una nación cuyo sistema hospitalario está a las puertas del colapso producto del aumento desenfrenado de los contagios por covid-19.

Entonces, San Antonio de los Baños. Un pueblito localizado a poco más de 30 kilómetros de la capital fue la primera chispa. Cientos de personas se lanzaron a las calles a demandar al Gobierno una salida a la difícil situación que la población lleva viviendo por años, entre escaseces materiales de todo tipo y unas restrictivas medidas sanitarias mantenidas por más de un año. Luego Palma Soriano, y Centro Habana, y Trinidad, hasta sumarse más de cuarenta municipios en los que la calle fue tomada por el descontento de los que no aguantan más.

Ante esta situación inédita, el Gobierno cubano, tan pasmado como cualquiera, decidió agotar la oportunidad -tal vez su última oportunidad- de gestionar la crisis de la peor manera posible. A los reclamos populares respondió con una retórica caduca en la que culpó a las "provocaciones" —que no protestas— de estar promovidas por grupos opositores influenciados por el gobierno de los Estados Unidos. Que algo de esto hay, por supuesto, pero el hambre, las penurias y el cansancio acumulado por la falta de respuesta del estado cubano es demasiado real como para querer culpar a agentes externos de la situación en la que nos encontramos hoy.

Este rancio discurso fue acompañado por un despliegue de policías, militares y grupos pro gobierno que —a tono con la nefasta consigna de "la orden de combate está dada, a la calle los revolucionarios", pronunciada por el presidente Miguel Díaz-Canel— salieron a reprimir a los manifestantes con un grado de violencia tal como solo puede darse cuando el miedo se mezcla con la ausencia de un pensamiento propio.

Las imágenes son desoladoras; entre asqueado y fascinado, no podía dejar de mirar en Twitter las videos y fotos que muestran las marchas en los barrios, los choques entre quienes protestaban y las fuerzas represoras del estado, y la violencia desmedida con la que las supuestas fuerzas del orden arremetieron contra las manifestaciones pacíficas.

Corte de Internet

Luego vino el corte parcial de Internet. Internet que ha sido una herramienta esencial para la movilización y organización de la sociedad civil cubana en los últimos años, y que en situaciones como esta es un recurso básico para mantenerse informado de manera más o menos veraz —porque en los medios estatales está instalada la posverdad, y una realidad alternativa tiene lugar ahí.

Mientras que el Gobierno y la prensa estatal desconocen el justo reclamo de las manifestaciones, y en su neolengua llaman a los revolucionarios a defender las conquistas de la Revolución, por Internet circulan videos de golpizas a personas y listas de personas arrestadas cuyo paradero es desconocido, quienes logran conectarse necesitan activar las VPNs para poder acceder a algo parecido a la información, desde el exterior las personas tratan inútilmente de comunicarse con sus familiares, y sigue creciendo, indetenible, esa marea de rabia, cansancio y frustración que empezó a subir el pasado domingo y que seguirá batiendo.

En un escenario tan convulso, cualquier salida que ensaye el Gobierno debiera tener como premisa la no violencia y evitar el discurso confrontacionista que solo ahondará las divisiones. Si no por una auténtica buena fe, al menos por un elemental sentido de la política. En un auténtico estado socialista de derecho no se criminaliza la protesta. Se pide disculpas por los errores cometidos y se escucha al pueblo, que es el legítimo soberano. Por desgracia nada de eso ha sucedido acá.

Gobernar en democracia no es sostener un cetro e impedir que alguien te lo quite, sino gestionar los disensos y encontrar soluciones a los problemas que satisfagan a las mayorías. En su negación de la realidad, los gobernantes cubanos han dado la espalda al pueblo y se han atrincherado en su envanecido relato. Las consecuencias de semejante actitud suelen ser desastrosas porque, roto el dique, la reacción termina arrasando con todo lo que se encuentre a su paso, incluso lo bueno y lo justo que antes pudo haber.

Estoy aislado en casa por ser contacto de segundo grado de un paciente de covid-19. El Internet inestable es más o menos mi única vía para enterarme de qué está pasando. No tengo ninguna certeza absoluta de qué pasa más allá de la puerta de mi casa. Solo sé que hoy amanecí otra vez con los gritos de las personas en la cola de Galerías Paseo. Y que algo se quebró irremediablemente el 11 de julio.

Rafa G. Escalona es periodista independiente cubano afincado en La Habana y creador de la revista musical magazineampm