A mi padre, Carretero, le pusieron la vacuna el pasado miércoles por la mañana, como le correspondía. Como no es obispo ni concejal ni es amigo de un amigo que tiene un amigo en la comunidad de Murcia, pues ha esperado tranquilamente hasta que le han llamado. Hablamos casi todos los días, pero no le veo la cara (salvo por Skype) desde hace dieciséis meses: nunca habíamos pasado tanto tiempo separados. Está bien, a veces pienso que mejor que yo. Flaco. En casa metido, se entretiene con el ordenador, con las fotos, con el Zori, con la revolución pendiente de los protésicos, yo qué sé, y aprende a vivir rodeado por la memoria de mamá, que es lo más difícil.

Está lacónico. ¿Te pusieron la vacuna? Sí. Y ¿qué tal? Bien. ¿Te dolió? No digas bobadas. ¿Y nada más? Bueno, yo creo que lo que me pusieron fue agua. Y se ríe. Un agua carísima, a lo que parece: he visto páginas en internet en las que unos ladrones, o timadores, o mafiosos, te venden la vacuna que quieras al precio de 400 euros por dosis. Cómo harán para mantenerla helada en el discreto paquetito que te envían por correo, pues eso ya no lo sé, pero pueden ustedes hacerse una idea de la fiabilidad.

Les cuento esto porque la actitud de mi padre ante este fenómeno de la pandemia, del encierro, de la soledad y de las dolorosas lejanías es poco frecuente. Es estoicismo en estado puro. Algo normal, pensarán algunos, en quien lleva toda la vida leyendo a Marco Aurelio, a Séneca y el famoso Manual del Epicteto, pero a mí me parece que no es por eso. O no solo por eso. La disciplina, la serenidad, el estoicismo de Carretero proceden –me parece a mí– de que no es la primera vez que pasa por algo parecido a esto. Mi padre tenía cuatro años cuando comenzó la guerra civil. Tiene clarísima memoria de lo que fue aquello y también del largo espanto que vino después. A él le van a venir con restricciones y confinamientos y escaseces…

En Francia, el presidente Macron ha cerrado los colegios, los comercios no esenciales y los viajes más allá de diez kilómetros de donde uno vive, y ha metido a todo el mundo en casa a las siete de la tarde

La cuarta ola de la pandemia ya se nos viene encima. La tendremos aquí en dos o tres semanas, quizá menos. Como pasó con las tres anteriores, a nosotros nos llegará un poco más tarde que a los demás, tampoco mucho, pero fíjense. En Francia, el presidente Macron ha cerrado los colegios, los comercios no esenciales y los viajes más allá de diez kilómetros de donde uno vive, y ha metido a todo el mundo en casa a las siete de la tarde. Eso casi hasta fin de mes. En Italia, que vuelve a acercarse a la cifra de 500 muertos diarios, no se puede viajar y están cerrados bares y restaurantes, cines y teatros, gimnasios y piscinas, y así seguirán hasta el mes que viene. El Alemania se cancela la tímida “desescalada” y se prolongan las duras restricciones hasta que escampe; como mínimo, dos semanas. Así por toda Europa.

Y en España… pues miren ustedes, no se sabe. Cada taifa autonómica hace más o menos lo que le parece, y así baleares y canarios se entretienen en discusiones fiolosófico-teológicas sobre si prescindir de la mascarilla en la playa es pecado mortal o solo venial; los melillenses no saben a dónde huir porque sus contagios están disparados; los extremeños, que parecía vivir en el mejor de los mundos posibles, vuelven a encerrarse porque el número de infectados (y el de muertos) casi se han duplicado en unos días. Los catalanes, pues bien, gracias, muy entretenidos con los bailes de salón de su futuro presidente. Y así cada cual.

El turismo cultural

Y aquí, en Madrid, nos dedicamos a la bondadosísima actividad del turismo cultural. Vienen enjambres enteros de franceses que en su país no pueden viajar al pueblo de al lado, pero aquí sí, lo mismo que nosotros, los de Madrid, podemos ir a Estocolmo pero no a Toledo. Vienen, digo, a empaparse de cultura, o eso aseguran Ella y el alcalde Almeida. Y hay que reconocer que empaparse, vaya si se empapan. No hay más que verles. En mi barrio, y en todos los aledaños, las terrazas están llenas de expertos en Arte renacentista que embaúlan copa tras copa y que profieren sonoros cánticos, digo yo que unos en homenaje a Francisco de Goya (oé, oé, oé) y otros en favor de Diego Velázquez (oé, oé, oé); y todos ponen de manifiesto claras dificultades para mantener la vertical, al tiempo que sus rostros van del rojo al amarillo y luego al azul y por fin al verde. Esto, sin duda, se debe a lo mucho que han aprendido del cromatismo de Piet Mondrian en el Reina Sofía y en el Thyssen, porque con la puerta del Museo del Prado no será fácil que atinen, en el estado en que están.

Con todo este fervor turístico-cultural, atizado por Ella (que está en campaña electoral desde que pisó la Puerta del Sol y necesita arañar votos entre los cansados y hartos, que son muchos), Madrid ya está otra vez en situación de riesgo extremo. Y la que se nos viene encima va a ser, no tardando, de escalofrío.

“Es que así no podemos seguir”, me dice el taxista, que es ecuatoriano pero que lleva veinte años en España; “si se cierran los bares, los restaurantes, los comercios, los negocios, es la ruina”. Yo le pregunto si ha vivido alguna vez una guerra. “No, señor, gracias a Dios no”, contesta. Y yo trato de explicarle la actitud de mi padre. Esto que nos pasa es lo más parecido a una guerra (muy lejanamente parecido, eso es verdad) que ha vivido nuestra generación. Y una de dos: o tomamos conciencia de que las guerras se ganan a base de sacrificios y no de quejas, o el final de la batalla seguirá lejos y la pesadilla durará bastante más de lo que queremos creer. No hay muchas más posibilidades.

Por lo menos hay una cosa clara: ganaremos. Cuando el 80% de la población esté vacunada, el virus no tendrá dónde meterse y se quedará reducido a una enfermedad ocasional y controlable. Pero para eso hace falta lo que mi padre tiene bien entrenado: el estoicismo de los ciudadanos, algo difícil de lograr cuando el gobierno central hace como que no está y las autoridades regionales se dedican a fomentar, con todo cinismo, el “turismo cultural” de garrafón. Porque es de garrafón. Ayer vi en mi calle, por primera vez en más de un año, lo que había dejado en un rincón alguien que vomitó allí… todo lo que sabía sobre El Greco, quiero suponer, por el color (ah, esos verdes azulados del Greco). Y, a juzgar por la cantidad, se trataba de un auténtico erudito, ¿eh?

La cuarta ola está ya muy cerca. Es posible que sea la última y es probable que sea menos feroz que las anteriores, por el número de personas vacunadas. Pero está a punto de descargar, es inevitable. Mi padre, que ya está vacunado, hará lo mismo que hasta ahora: no salir más que lo indispensable, relacionarse tan solo con personas “seguras” (varios miembros de mi familia se infectaron antes o después, y las han pasado canutas; él no) y mantener la serenidad. Es decir, comportarse como deberíamos hacer todos.

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