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Miquel Giménez

Opinión

¿Cuándo se jodió Cataluña?

A un año del uno de octubre la situación en Cataluña ha ido deteriorándose más y más, hasta llegar a los enfrentamientos de este pasado sábado. La convivencia se ha deteriorado hasta extremos inimaginables. De ahí la pregunta: ¿Cuándo se jodió Cataluña?

El matrimonio Pujol-Ferrusola con Artur Mas en una foto de archivo
El matrimonio Pujol-Ferrusola con Artur Mas en una foto de archivo EFE

Los tuyos y los míos

Vargas Llosa se preguntaba en su libo “Conversaciones en la Catedral” cuándo se había jodido el Perú. No son pocos los catalanes que nos preguntamos lo propio acerca de Cataluña. ¿Qué ha tenido que suceder para llegar hasta este punto en el que haya hermanos que no se hablen entre sí, en el que hay parejas que ven seriamente amenazada su convivencia por tener ideas diferentes respecto al separatismo? ¿Hasta que punto no hemos sido todos cómplices para que existan profesores dedicados a intoxicar las mentes de nuestros hijos, periodistas que solo saben vomitar odio hacia los que no son separatistas o jefes que te hacen mobbing si no aceptas colgar lazos amarillos en tu despacho?

Decía el gran historiador Toynbee que cuando las estadísticas muestran a un país dividido en dos mitades ha llegado el momento de preocuparse en serio. Es la trágica advertencia de Federico en sus “Bodas de sangre” cuando un personaje grita “Aquí ya no hay más que dos bandos, los tuyos y los míos”. El separatismo, evolución de un nacionalismo corrupto y ventajista, nacido de la mentira histórica y el privilegio de elites catalanas, no podía desembocar en otra cosa que el monstruo que se pasea amenazante hoy en día por nuestras calles.

Cuando hace un año se aprobaron de manera torticera las leyes de desconexión, para cerrar después el parlamento autonómico a cal y canto, dejándolo todo “en manos del pueblo”, sin control oficial ni garantías legales de ningún tipo, ya se veía que todo iba a seguir el mismo camino: son responsables ante ese “pueblo” y ante la historia. Si hubieran añadido a Dios ni el mismo Franco les podría poner un ro. Con elecciones autonómicas, con el 155, con un nuevo Govern, con todo lo que ha sucedido, ellos se mantienen en sus trece. El mito de que aquella pantomima fue un referéndum legal del que emana un mandato, que tienen mayoría social y política, que la república está proclamada y ahora hay que darle impulso, que hay presos políticos y exiliados y, en fin, que ellos tienen razón, son demócratas, son la única esperanza para Cataluña y el resto somos poco menos que una defecación canina en medio de un erial se ha consolidado en estos meses. No vamos a mejor, sin duda, vean como este sábado esos mismos separatistas le rompían la nariz a un manifestante, mientras proferían gritos como “Os vamos a cortar el cuello, hijos de puta” o “ETA mátalos”.

A lo largo de este año hemos visto crecerse a todos estos en esa especia de catecismo para totalitarios, a los CDR campar a sus anchas y a los gobernantes separatistas actuando de pirómanos políticos. Torra ha seguido esa línea que le impide – lo dijo este sábado por la noche en TV3- condenar a ningún independentista por muchas agresiones que haya cometido. No es extraño, porque uno de los agresores del sábado ha sido identificado como sobrino del terrorista Carles Sastre, con el que Torra se ha hecho varias fotografías como President. El cariño le viene de lejos, suponemos. Lo más triste es que los catalanes no hemos sabido estar a la altura. Hay un dolor profundo, eso sí, y es comprensible, porque cuesta sentirte extranjero en tu propia tierra, insultado a diario, acosado, mal visto, marginado, apestado… Un dolor que en no pocos casos ha sido paralizante, castrador, igual que si te dieran un mazazo terrible sin saber por qué.

De ahí que gran parte de personas en mi tierra se pregunte, nos preguntemos ¿cuándo se jodió todo esto? Me temo que la respuesta no es demasiado agradable.

Por acción u omisión

La verdad es que, si los separatistas han llegado a romper hasta las familias, y soy testigo presencial de muchísimos casos, no es un mérito propio. En su éxito, por llamarlo de alguna manera, ha influido muchísimo el peligroso síntoma del ja s’ho faràn, ya se apañarán, tan extendido en la filosofía del catalán medio, dedicado a sus cosas, a su vida personal, a su pequeño círculo. Ese ja s’ho faràn ha sido el mejor conductor de la corriente eléctrica separata que ha devenido en el electro shock actual. Todos tenemos la culpa: partidos políticos, sindicatos, organizaciones profesionales, empresarios, periodistas, no hay sector que pueda sentirse inocente de esta acusación. Cataluña se jodió el día en el que, por ejemplo, los socialistas reconocieron el gran mérito de Pujol como dirigente o el día que aceptaron la inmersión lingüística. Se jodió cuando el PSUC creyó que, aliándose con Convergencia, podría anular a su odiado rival socialdemócrata, o cuando hablar catalán era de buen tono, aunque fuese de manera terrible, cuando los intelectuales, los artistas, los escritores, acudían a Palau orgullosos de recibir no sé qué premio de manos del banquero fracasado. Se jodió cuando no hubo nadie que tuviera narices de decir en sede parlamentaria que aquí se robaba a mansalva, que lo del nacionalismo no era mas que una cortina de humo para ocultar negocios poco honorables, que TV3 era un cortijo particular de los Pujol, que la prensa comía de la mano de la Generalitat porque sin sus subvenciones habrían tenido que cerrar casi todos los diarios.

Claro que se jodió Cataluña, y empezó a hacerlo cuando alguien venido de otra parte de España creía que por ser del Barça y bautizar a su hijo con el nombre de Jordi iba a ser aceptado en la casta de los señores. Se jodió por la terrible maldad del espejismo catalán, de ese oasis que no era más que una sociedad dictatorial y mafiosa en la nadie hablaba por miedo o interés. Sin todo eso, sin una masa acobardada y acomplejada ante sus amos, nada de esto habría sido posible. El típico “Yo no soy convergente, pero mira, el pujolet va a Madrid y siempre vuelve con algo” es un buen ejemplo de como la inteligencia de la burguesía catalana aunada a la estupidez del pueblo pudo tener un éxito tan enorme. Eso, y el miedo a ser tildado de persona de derechas, porque todos estos aseguran que son cualquier cosa menos del PP o de Ciudadanos, cuando el nacionalismo, y, especialmente Pujol, van mucho más allá de la derecha económica o ideológica, adentrándose en los sombríos rincones del supremacismo más ultra.

Con tantas mentiras que desmontar, lo realmente singular a doce meses de aquel 1-O es que no hayan pasado más cosas. Que no haya habido más agresiones, más víctimas, más inestabilidad. Y si eso no ha pasado es, por una parte, porque los propios interesados están más divididos hoy que hace un año y, por otra, porque la gran masa social catalana lo que quiere es vivir, igual que sucede en Asturias, en Andalucía o en Galicia. Vivir sin tener que pelearse a diario.

Claro que la convivencia se ha deteriorado, y mucho, en este año, pero también ha tenido algún aspecto positivo. El separatismo, al obligar a tomar partido a los ciudadanos, ha hecho que la gente salga a la calle por primera vez con banderas de España, que se organice, que se plante ante el asalto totalitario. Han pasado demasiadas cosas y las que todavía nos quedan por pasar, porque la fractura social no se va a solucionar en muchos, muchos años, y eso tomando las medidas oportunas en materias tan diversas como la educación, la cultura o los medios. Pero si existe una esperanza para todos los familiares, los amigos, las gentes de bien que se han peleado por culpa de esos trapos cubanos es que de las crisis se sale más fuerte, más sano, más sólido.

Quizás yo no lo vea, pero espero por el bien de la próxima generación que sea así, y que uno pueda comer el domingo con la familia tranquilamente sin tener que acabar dando puñetazos en la mesa. Y que las discusiones vuelvan a ser por el fútbol, por ver quien hace mejor la paella, o, si son gente que gusta de leer, por defender a Vargas Llosa frente a García Márquez. Personalmente, me quedo con don Mario.

Miquel Giménez



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