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Manuel Alejandro Hidalgo

Opinión

La cruda realidad de las redes sociales

La generalización de las redes sociales ha contribuido al evidente deterioro de las democracias, desde los Estados Unidos hasta Europa, pasando por Latinoamérica

Big Data
Big Data EFE/Ralf Hirschberger

Hace no muchos años, justo cuando parte del mundo musulmán experimentaba sus revoluciones liberales, surgieron no pocos análisis sobre el efecto “democrático” que tenían las redes sociales. El argumento era que el acceso libre a la información sorteaba unos canales tradicionales de gestión y difusión de noticias, principalmente prensa, radio y televisión, que se habían caracterizado por la manipulación o el tratamiento interesado de las noticias. Esto, se pensaba, ayudaría a las nuevas generaciones a tener una visión más completa, compleja y crítica de la realidad y del mundo. Con ello, las sociedades avanzarían en su carácter democrático y las libertades serían verdaderamente patrimonio de los ciudadanos, y no meros eslóganes de documentos y cartas firmadas por representantes políticos.

Sin embargo, no muchos años más tarde, el deterioro de las democracias occidentales es más que evidente. Desde los Estados Unidos hasta Europa, pasando por Latinoamérica, no son pocos los ejemplos de resultados electorales que han terminado por dar la victoria, en algunos casos, a candidatos con déficits democráticos, o bien a nuevos representantes políticos que han conseguido convencer de la necesidad de ciertas ideas contrarias a los valores de libertad, igualdad y fraternidad que con tanto dolor terminaron por imponerse en nuestras sociedades.

Frente a la primavera de las libertades asociadas a las redes, no faltan quienes consideran que estas pueden estar generando el efecto contrario

Por supuesto que no hay una sola causa que pueda explicar todos los casos de derivas antidemocráticas. Hablar de las razones de la victoria de Bolsonaro en Brasil o de Trump en los Estados Unidos muy posiblemente nos conduciría a argumentos y razones diferentes. Cada país es distinto y sus particulares instituciones condicionan sin duda alguna. Pero en estos dos ejemplos, como en muchos otros, y por los motivos que fueran, se puede identificar una clara tendencia hacia la polarización de las opiniones y posturas políticas de un electorado cada vez más confrontado.

En esta realidad crecientemente polarizada, surge una idea que es contraria a aquella que los más optimistas tenían sobre el papel democrático de las redes sociales no hace mucho tiempo. Frente a la primavera de las libertades asociadas a la libertad en las redes, otros consideran que las redes pueden estar generando un efecto contrario. Parte de la polarización social y política que se experimenta en la actualidad podría tener como lanzadera, si no ya en parte como causa, la propia polarización observada en los debates dentro de las redes sociales.

No hace mucho visitó España Eli Parisier. Este activista norteamericano publicó hace ya unos años un libro titulado “The Filter Bubble: What the Internet Is Hiding from You”. En él cuenta algunas ideas muy interesantes y ciertamente preocupantes si se demostrara que lleva razón. Su argumento se construye a partir de la idea sobre cómo se gestiona el filtro de aquello que nos llega a través de la pantalla de nuestros dispositivos. Dos son las principales herramientas que podrían explicar que las redes sociales o nuestros accesos a internet pudieran no ser la panacea que muchos creíamos: el Big Data y la inteligencia artificial.

Corremos el riesgo de minimizar las consecuencias de todo esto, cuando, lamentablemente, las redes pueden ser nocivas para las libertades

En primer lugar, cada vez una mayor parte de nosotros nos informamos a través de las redes sociales. Es cierto que esto nos permite poder acceder a una cada vez mayor ingente de información y, en teoría mantenernos más informados. Sin embargo, esta información que procede del “mundo exterior” y llega a nosotros está cada vez más filtrada. Dicho filtro viene generado precisamente por una especie de membrana “digital” diseñada a nuestra imagen y semejanza. Nuestra interacción diaria en las redes sociales define nuestra huella digital, nuestros gustos, simpatías y pareceres. El uso del mail, de WhatsApp, de Facebook, de Twitter, etcétera, ofrece información valiosa sobre nuestro perfil como consumidor, como trabajador, como activista o como hombre o mujer social y político. Mediante algoritmos de IA y dicha información, las redes nos ayudan a seleccionar parte de la inmensa cantidad de información. Por ejemplo, Parisier argumentaba que una misma búsqueda en Google de una noticia de dos personas diferentes daba resultados diferentes. También, los tweets más relevantes que adquieren preferencia en nuestra línea de tiempo no son los mismos que el de otros con perfiles diferentes. Incluso en Facebook, las noticias que nos llegan a nuestra pantalla de inicio vienen previamente seleccionadas por nuestra “membrana digital”, construida a partir de nuestras propias iteraciones en la red.

Así, estos algoritmos deciden en parte qué vamos a ver y conocer y, en particular, cómo lo veremos, de lo que está pasando ahí fuera. Pero no nos engañemos, esos filtros creados no son algo ajeno a nosotros, son reproducciones de nuestra propia forma de ver el mundo. En este sentido, no es de extrañar que dichos algoritmos dibujen para nosotros, sin que seamos conscientes de ello, un mundo que ayude a consolidar nuestros propios sesgos. El Big Data y estos algoritmos pueden terminar por construir una realidad virtual donde lo único que queramos saber es aquello que previamente hemos decidido que queremos saber.

Corremos el riesgo de pensar que las consecuencias de todo esto pueden no ser importantes. Pueden, como es factible considerar, que terminen por elevar la polarización política, el enfrentamiento y esto, finalmente, altera los resultados electorales. Pueden facilitar ciertas derivas democráticas en aquellos países con instituciones débiles. En conclusión, el efecto puede ser muy diferente al que hemos podido pensar que podrían tener internet y las redes sociales hace no mucho más de un lustro. Las redes pueden ser nocivas para las libertades.



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