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Miquel Giménez

Opinión

Lo cotidianamente insoportable

Imagen de la estelada colgada por la CUP en el Parlament
Imagen de la estelada colgada por la CUP en el Parlament Europa Press

Suena el despertador. Como millones de catalanes, se levanta bostezando mal dispuesto para otro día cualquiera en Cataluña. No es separatista. Al otro lado de su bostezo le espera una jornada llena de desencuentros. El monstruo de la incomprensión está agazapado, acechándole.

Lo que en cualquier otro lugar del mundo es normal no lo es en mi tierra. A los sinsabores cotidianos se les une un mal específico de aquí, una ponzoña que lo contamina todo, que agrava la vida diaria, un lodo que acaba impidiéndote caminar, que te va atrapando poco a poco hasta dejarte inmovilizado. Un lodo que puede devorarte, arrastrándote hasta sus entrañas si te descuidad.

Nuestro protagonista sale a la calle sin haber recibido todavía ningún escupitajo de consigna separatista, si tiene la suerte de no convivir con nadie partidario de la independencia y si no ha conectado ninguna emisora de la Generalitat. En TV3 o en Cataluña Radio ya están vomitando las consignas diarias. Puigdemont y los exiliados. Junqueras y los presos políticos. La dictadura franquista reinante en España. La justicia parcial y fascista. Si ha podido esquivar ese alud de veneno, irá a su trabajo. Supongamos que utiliza transporte público. Allí verá a personas con un lazo amarillo en la solapa conversar con otras que lucen la misma insignia. Lo hacen en voz alta, orgullosos de decir que los españoles son una mierda y que el momento de echarlos de Cataluña está muy cerca, mirando desafiantes a su alrededor, esperando ver quien se atreve a discutírselo. En cambio, quienes piensan lo contrario, o bien no dicen nada o murmuran en voz baja sus opiniones, temerosos de que alguno de los del lazo pueda escucharlos.

Si antes de ir al trabajo lleva a sus hijos al colegio se guardará muy mucho de comentar nada y exhortará a los críos para que hagan lo mismo. En la puerta del centro verá lazos amarillos, pancartas que piden la libertad de los presos políticos y profesores que también llevan el lazo. Aunque en su casa sean castellano parlantes, se despide en catalán en voz alta, para que lo escuchen los profesores y muchos padres que también llevan el lazo. No desea que sus hijos padezcan ningún tipo de acoso escolar, como otros casos que conoce. Los niños entran en aquel lugar de adoctrinamiento con la misma resignación que las reses van al matadero.

En el trabajo seguirá viendo lazos, banderas esteladas, carteles de propaganda en favor de cenas solidarias con los presos. Seguirá esquivando las miradas y las conversaciones con quienes sabe que son separatistas. No quiere problemas. Tiene contrato eventual. Después de la crisis, tuvo suerte al poder encontrar algo, teniendo cerca de cincuenta años. Además, bastante significado está con no haber firmado nunca un manifiesto en pro de la república catalana. “Ese debe votar Ciudadanos”, escucha decir entre risotadas cuando se acerca a la máquina de café. Si no eres de los suyos eres de Ciudadanos, del PP, de extrema derecha, un fascista de tomo y lomo, un elemento peligroso.

Después de pasarse las horas sin hablar con nadie, porque nunca se sabe quién puedes tener delante, abandonará un trabajo que antes le gustaba pero que ahora se le antoja poco menos que un martirio. Irá a comer al bar de siempre en el que tampoco se sentará en ninguna mesa en las que se encuentren sus compañeros. No por él, claro, son ellos los que le hacen el vacío. El dueño le preguntará, con mirada inquisitorial, si no quiere lotería de la Grossa para Navidad, porque allí no quieren saber nada con las loterías españolas. El, una vez más, contestará con sonrisa de conejo que no juega nunca porque está en contra de los juegos de azar, mientras palpa disimuladamente la cartera en la que lleva un cupón de la ONCE para el viernes y un décimo del gordo de Navidad.

La tarde transcurrirá como la mañana, con unos fanfarroneando y otros callando. Cuando, finalmente, el reloj indica la hora de salida siente la necesidad de caminar un poco por la ciudad, a la que apenas reconoce como suya. El plástico amarillo lo domina todo. Casetas de la ANC reparten propaganda a los viandantes. Cuando un joven le tiende un folleto con cara de pocos amigos, lo coge mansamente sin atreverse a decir que no. La calle está cortada por una veintena de personas, impidiendo que el tráfico circule con normalidad. Es hora punta, la de la salida de los colegios, pero a ellos parece importarles poco. “Las calles serán siempre nuestras”, gritan. Recoge a sus hijos del colegio. “¿Qué os han enseñado hoy?” les pregunta. “Que la guerra del 1714 fue un lucha de Cataluña contra España, que la perdimos los catalanes y que España nos ha robado todos nuestros derechos como nación milenaria que somos. Ah, y que mañana llevemos cartulina amarilla para hacer lazos”.

Cuando, después de cenar, discuta de las finanzas domésticas con su pareja, comprobará una vez más que con lo sueldos de ambos apenas llegan para poder afrontar los gastos. La crisis les arrebató los pocos ahorros que tenían. TV3 y Cataluña Radio siguen con las consignas, pero no dicen nada acerca de lo que cobran los políticos como Torra. Están entrevistando a Otegui que habla de la unidad de todos los separatistas. El no lo escuchará. Bastante tiene con vivir esa cotidianidad insoportable que unos cuantos han creado para su propio beneficio. Siempre había votado socialista, pero en las próximas elecciones votará algo distinto, muy distinto. Algo que haga, siquiera, de lo cotidiano algo normal. Como en cualquier otro lugar del mundo.

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