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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

El coste de no hacer nada en Venezuela

Las mentes pensantes de la Casa Blanca se equivocan: el impacto que puede causar la crisis de Venezuela en Estados Unidos y Europa es mucho mayor que el de Corea del Norte

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.
Nicolás Maduro, presidente de Venezuela. Efe.

Dentro de algo menos de un mes, el 20 de mayo exactamente, se celebrarán elecciones presidenciales en Venezuela. No son unas elecciones normales. Su convocatoria ha ocasionado una gran fractura en el interior del país y en el exterior casi nadie las reconoce como válidas. Llegan, además, en un momento especialmente crítico por la bancarrota del régimen y la ruina económica que ha sembrado.

Lo curioso es que este momento, el de poder aventar a Nicolás Maduro por la vía electoral, lo esperaba con anhelo la oposición desde hace años. Pero no de esta manera, no después de la voladura de toda la estructura institucional previa que se sustanció en la Asamblea Nacional Constituyente del año pasado. Es por ello que las elecciones de mayo no son más que un simple simulacro con fuego real dirigido a otorgar a Maduro una coartada para que siga en el poder.

De hecho, aparte del propio Maduro, apenas hay candidatos. Tan sólo tres: Javier Bertucci, un pastor protestante que acaudilla la Iglesia Maranatha salpicado por el escándalo de los Papeles de Panamá; Reinaldo Quijada, un antiguo chavista; y Henri Falcón, ex gobernador del Estado Miranda por el partido gobernante, el PSUV. Una vergonzosa pantomima a la que nadie más ha querido prestarse y que viene a confirmar el derrumbe, también político, del régimen.

Rusia se está hartando de vender armas al régimen bolivariano, pero la conexión con Irán es aún más aterradora. Y la llegada de terroristas de Hezbolá a Caracas está más que acreditada"

En todo lo demás ya se ha venido abajo. La inflación ronda el 9.000% y el FMI pronostica que superará el 13.000% este mismo año, la población está literalmente muriéndose de hambre, el desempleo es la tónica general, el Gobierno machaca con saña cualquier atisbo de disidencia y el ejército lleva años engolfado en el narcotráfico. De todo aquel desbarajuste se están aprovechando terceros países como Irán, China y Rusia, que ven como el chavismo les presta un último y valioso servicio frente al gran Satán americano.

Pero en Washington no perciben que sea un asunto tan grave. Las mentes pensantes de la Casa Blanca siguen enfocadas en Corea del Norte y Siria, dos problemas importantes sin duda, pero de naturaleza muy distinta al venezolano. Venezuela, a diferencia de Corea o Siria, forma parte de Occidente. Es un país hispano importante, bien dotado de recursos naturales y situado estratégicamente entre Sudamérica y el Caribe.

El impacto que puede causar Venezuela sobre Estados Unidos y Europa es mucho mayor que el de Corea del Norte. En algunos aspectos ya lo ha provocado. No tenemos que irnos muy lejos. En la misma España el tercer partido en el Congreso y el que gobierna en las principales ciudades es un subproducto europeo del chavismo. Los líderes de Podemos fueron amamantados durante años por la revolución bolivariana y no hay partido de extrema izquierda en la UE que no adore de palabra y obra a los discípulos de Chávez. Tanto que se niegan una y otra vez a condenar sus tropelías en el parlamento de Estrasburgo.

Una crisis masiva de refugiados desestabilizar fatalmente la zona, con especial impacto en los vecinos Colombia y Brasil, y en los países que separan a Venezuela de otro de los seguros destinos del éxodo: México"

Respecto a Estados Unidos, la cuestión es aún más apurada. Venezuela es un país fronterizo en el Caribe y, en el caso de una crisis masiva de refugiados, buena parte de éstos no tardarían ascender por el istmo hasta México como ya hacen los guatemaltecos o los hondureños. Los riesgos en los vecinos como Colombia, Brasil o Panamá son mayores. La crisis venezolana podría terminar desestabilizando fatalmente la zona. Cuando todos los países del entorno han decidido plantarse, tal y como vimos en la reciente cumbre de Lima, no es por casualidad. El peligro es real y aumenta según van pasando los meses. En nuestro mundo simplemente no hay compartimentos estancos.

Para otros, sin embargo, la implosión venezolana es un regalo caído del cielo. Conforme la situación se deteriora, potencias como China, Rusia o Irán se animan a intervenir ofreciendo un salvavidas al exangüe chavismo. Rusia ya ha cerrado un acuerdo con PDVSA y se está hartando a vender armas al régimen. La conexión con Irán es aún más aterradora. La llegada de terroristas de Hezbolá a Caracas está más que acreditada, un fenómeno que no ha hecho sino crecer con el ascenso de Tareck El Aissami, de origen libanés, hasta la vicepresidencia.

Esto podría traducirse en un futuro en la instalación de misiles de medio alcance en territorio venezolano. En ese momento el asunto tendría ya muy difícil arreglo; cualquier solución pasaría por la intervención militar. Se puede seguir ignorando lo que sucede en Venezuela, se puede seguir sin hacer nada, sin tomarse totalmente en serio la deriva destructiva de un Gobierno dispuesto a todo con tal de perpetuarse en el poder. Pero eso no significa que el problema vaya a desaparecer. La táctica del avestruz nunca ha funcionado. Tampoco va a hacerlo ahora.



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