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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

El nuevo puritanismo

Acabar con la cosificación sexual podría estar bien, siempre que estemos dispuestos a tolerar crecientes niveles de censura

Azafatas en el GP de España de Fórmula 1.
Azafatas en el GP de España de Fórmula 1. Pinterest

Eliminar la cosificación sexual implicaría primero prohibir toda exhibición de cuerpos ligeros de ropa y, a partir de ahí, la cosa ya no se detendría porque la psique humana es compleja y tiene múltiples formas de estimular el deseo sexual ajeno. Aunque hoy nos parezca mentira, en la Inglaterra victoriana la contemplación de un simple tobillo femenino desnudo se consideraba muy excitante.

No bastará, en suma, con retirar a las azafatas de la parrilla de la Fórmula 1. Los aficionados querrán seguir alegrándose la vista y mirarán chicas en otros deportes en los que aún no han desaparecido como el baloncesto, el ciclismo o el tenis. En este último se produjo una polémica muy similar hace ya quince años con las recogepelotas del Masters de Madrid.

En aquel entonces, PSOE, IU y la asociación de consumidores FACUA pusieron el grito en el cielo porque unas modelos patrocinadas por Hugo Boss -muy bien pagadas, por cierto- recogían las pelotas durante los partidos. Nadie, por supuesto, se ocupó de preguntar su opinión a las modelos que hacían ese trabajo libre y voluntariamente. Una vez pasada la polémica la organización del torneo siguió contando con recogepelotas femeninas y así hasta el día de hoy.

Eran otros tiempos, la fruta aún no estaba madura. Es por ello que no sé si aguantarán el siguiente asalto de los neopuritanos que hoy andan de racha y van a por todas. No deja de ser curioso, pero nuestros padres trajeron el destape y nuestros hijos traerán el 'retape'. Entre medias, un oasis de libertades personales en el que hemos sido dueños de nuestro propio cuerpo: de mostrarlo, de ocultarlo, de hacer dinero con el.

No hay nada indigno en exhibir la propia anatomía siempre que se haga libremente y el contrato se ajuste a la regulación laboral

Porque lo más chocante de la polémica de las azafatas de la Fórmula 1 es que se trata de un movimiento que busca conceder poder a las mujeres, pero a costa de la soberanía individual de otras mujeres. Como en el caso de las recogepelotas de Madrid, nadie les preguntó si se sienten bien haciendo ese trabajo o, por el contrario, lo consideran un intolerable menoscabo a su dignidad personal.

Todo, además, agitado por una minoría que ni siquiera es aficionada a ese deporte pero que está convencida de que una mujer guapa en la parrilla de salida de una carrera es sexista e inapropiado. El clásico "cómo a mi no me gusta hay que prohibirlo" tan habitual entre los niños y los fanáticos.

El asunto de las azafatas abre, de cualquier modo, un debate mucho más profundo. ¿Por qué las azafatas de Fórmula 1 están cosificadas y no lo están, por ejemplo, los hombres-anuncio que llevan colgado del cuerpo un cartel de compro oro? No veo necesario recordar que esas azafatas están bastante mejor pagadas que los hombres-anuncio de la Puerta del Sol, aunque también es cierto que son mucho más productivas para el empresario. El hombre-anuncio se emplea como un simple poste móvil, y a veces ni eso. Visto así, mayor cosificación no se me ocurre.

La cuestión, por tanto, sería saber si es moralmente aceptable utilizar a alguien con un fin. Bien, lo es, a eso se le llama empleo. Las chicas de la Fórmula 1 saben perfectamente que su trabajo consiste en exhibirse como el hombre-anuncio descuenta, desde el momento en el que firma el contrato, que tendrá que cargar con un cartel durante horas en pleno invierno o bajo el inclemente sol veraniego.

En el fondo, las que quieren emancipar a la mujer de sus cadenas son las que en mayor medida invaden su ámbito de decisión individual

No hay nada indigno en exhibir la propia anatomía o en mostrar un reclamo publicitario siempre que se haya decidido hacerlo de manera libre y el contrato se ajuste a la regulación laboral. Son simplemente dos maneras de ganarse la vida tan respetables como cualquier otra.

Las feministas arguyen que estas mujeres han internalizado su propia opresión y que por eso aceptan empleos tan denigrantes. Pero, aún si esto fuese cierto -que además no lo es-, estarían metiéndose donde no les llaman, estarían invadiendo el ámbito de la decisión individual las mismas que quieren emancipar a la mujer de sus cadenas.

Es decir, que una mujer tiene derecho a ser atractiva y a mostrarlo pero sólo si lo aprueba previamente el sanedrín. Pueden posar desnudas como las activistas de Femen, pero sólo si es por la causa. Con cualquier otra motivación es condenable porque va en beneficio del heteropatriarcado y, como tal, tiene que estar prohibido. Este salto de eje en su propia teoría aún no lo han resuelto.

Se les presenta un dilema de difícil solución. Son puritanas pero no lo quieren parecer porque el puritanismo se identifica con la Iglesia. Con ella comparten algunas batallas aunque cambiándoles el nombre. Lo que en su lado denominan empoderamiento, en el otro siempre se le conoció como castidad. Lo que ellas llaman violencia simbólica, los otros siempre lo calificaron como ocasión próxima al pecado.



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