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Miguel Ángel González

Opinión

La corrupción sentimental

El sentimentalismo es un plus democrático que capta muchos votos. De hecho, los políticos astutos saben que, entre sus obligaciones electorales, está la de aprender a llorar en público

El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante la sesión de control al Gobierno.
El líder de Podemos, Pablo Iglesias, durante la sesión de control al Gobierno. EFE/J.J. Guillén

Como en todas partes, también en España el aire está tan feminizado que hasta el presidente Rajoy, con lo que parecía, puso pucheritos para despedirse. Dicen algunos psicólogos que la exteriorización de sentimientos es buena para la salud mental. Bien está. Pero el decoro poético está también muy ligado a la salud social, de modo que los cargos importantes de un Estado tendrían que ir y venir sin casi mueca ni gesto. La efusión sentimental es incompatible con un político cuando está ejerciendo de político, porque solo se le pide que sirva a la sociedad sin que la sociedad tenga que constatar nunca que también sabe llorar. Pero la sociedad no parece que esté por la labor, y esos llantitos de nene desconsolado son ya casi un precepto. En algunos, hasta una reacción refleja. Y, pese a que la ocasión se presta pintiparada, no provocan siquiera un poco de burla o chufla bienintencionada, porque llega el periodista y piensa qué pobre y piensa que así somos todos y que los políticos muestran de esa forma que también son humanos. Y no digamos ya lo que piensa la periodista, que hasta moja el teclado, tic, tic, tic, tic, cuando narra la escena, inevitable el contagio.

El ciudadano moderno quiere que el dirigente político siga siendo un ciudadano. Uno de los mantras más extendidos (ya más popular que populista) es que un dirigente político no tiene por qué cobrar más que un fresador (ni sabe uno ya si quedan fresadores) ni viajar en primera clase ni tener casas tan grandes. Es una vergüenza. El ciudadano moderno quiere ver políticos que se codeen contigo, vayan a la compra y lleven a sus hijos a la escuela. Y como le pasa a cualquiera, el ciudadano quiere políticos que se emocionen cuando toca emocionarse, se arremanguen por los pobres del mundo y no toleren que una familia de parados termine desahuciada. El sentimentalismo es un plus democrático que capta muchos votos. De hecho, los políticos astutos saben que, entre sus obligaciones electorales, está la de aprender a llorar en público. Por el contrario, la contención sentimental se tiene más bien por adustez, soberbia y, como ahora se dice, falta de empatía, con lo que apenas quedan ya políticos que, cuando son personajes públicos, aspiren a elevarse sobre las pasiones. El ciudadano moderno, definitivamente, quiere ser gobernado por colegas.

El aguerrido Pablo Iglesias, por lo que se aprecia en sus nutridas apariciones, está bordando el papel, aunque tiene difícil llegar a la altura de Rodríguez Zapatero

Pero el ciudadano, para entendernos, es una entelequia, tanta al menos como lo es la opinión pública. De hecho, son los media, y ahora sobre todo los social media, los que compendian la esencia ciudadana y, como tal, destilan los rasgos caracterizadores de una sociedad. Y lo que toca parece ser el sentimentalismo, la dulzura y la cursilería. Esos tres elementos, entre otros varios, resultan imprescindibles para conformar un ciudadano moderno y, por tanto, para forjar un político actualizado. El aguerrido Pablo Iglesias, por lo que se aprecia en sus nutridas apariciones, está bordando el papel, aunque tiene difícil llegar a la perfección de aquel Rodríguez Zapatero. Qué maestro.

La opinión pública, pues, crea su modelo de político y echa fuera a quienes no cuadran. Rajoy, se ve, ha llorado tarde. No piensen que la corrupción tenga mucho que ver. El ciudadano es un ser corrupto por naturaleza y, siempre que puede, defrauda impuestos, piratea en Internet o trampea datos para lograr subvenciones. Mírense un momento. El ciudadano sabe también que donde hay poder hay corrupción y que quien no pilla, como le pasa a la mayoría, es porque no puede. El escándalo de la corrupción de los políticos del PP, como el que pudo y podrá causar el de los políticos del PSOE o de cualquier otro partido, es un mero aspaviento de señorita indignada. Cómo es posible.

Ni siquiera importa la sentencia judicial que ha originado estos últimos cambios, donde se dice que el PP se ha lucrado sin saberlo de un dinero impropio en una cantidad casi ridícula. Los hechos son secundarios, porque ahora lo que importa es el símbolo. Los políticos de la oposición, mancillados y purísimos, se han juntado para decir basta, oh, basta, ni un minuto más con los corruptos. Y saben muy bien que en cualquier momento se pueden cambiar las tornas, pero que por ahora las cosas están así y hay que aprovecharse. El rechazo virgíneo de la corrupción no es más que otra muestra obscena del sentimentalismo político, proyectado con éxito sobre la opinión pública. “Ya no están”, decía Manuel Vicent el otro día con ilusión desbordada. Y aunque lo que venga pueda ser difícil o costoso, lo importante es que ya no están. Y todos tan contentos y esperanzados porque el pueblo, a través de sus representantes, ha logrado expulsar del gobierno a los corruptos. Ah, ¿pero había corruptos en el gobierno? Qué más da ya. La sinécdoque magnífica del sentimentalismo político y mediático crea la realidad. Y hace que hasta Rajoy llore.



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