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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (DÍA 9)

A falta de paseos, picnic en el salón

Durante unas horas juegas y ríes con el niño sin freno, contagiado por su alegría, incluso fugazmente evadido del delirio que nos rodea, pero llega un momento inexorable en que te agotas

Los niños siempre quieren jugar más.
Los niños siempre quieren jugar más. Pexels

Para muchas familias españolas, este lunes, novena jornada de confinamiento, pasará a la historia como el día en que la televisión les hizo la vida más fácil. Resulta que el canal Clan, de Televisión Española, inició las emisiones de Aprendemos en casa, que es una programación especial impulsada por el Ministerio de Educación para suplir la falta de clases. Cinco horas diarias de contenidos educativos para niños de entre seis y dieciséis años. Una iniciativa maravillosa, sí, pero para el que pueda disfrutarla, claro. Los que tenemos hijos menores de seis años tenemos que seguir estrujando la mente y recorriendo Google en busca de nuevos juegos. 

La innata capacidad de los niños para jugar es tan grande que desborda al más divertido o al más paciente. Durante unas horas —más que las de costumbre— juegas y ríes sin freno, contagiado por su inagotable alegría, incluso fugazmente evadido del delirio que nos rodea, pero llega un momento inexorable en que te agotas. Ya no puedes más. Lo que hasta ese momento era un divertimento se convierte en desesperación. Lo que hacías con gusto empieza a mutar en tortura. Estás saturado pero no hay un botón de reinicio que te ayude. Necesitas volver a empezar —qué bonita expresión— y encontrar otras formas de entretener a un mocoso que no tiene culpa de nada y que, como no es tonto, empieza a decir a menudo la palabra maldita: "Calle".

Hagamos un paréntesis. Porque llegados a este punto, es necesario recordar y remarcar que la criatura, como cualquier adulto, necesita estar en la calle. Para respirar, para correr, para bañarse en luz o para todo eso al mismo tiempo. Repito, porque el término es importante: lo necesita. Cualquiera que tenga hijos sabe que, al igual que nos pasa a los padres, necesitan —insisto— moverse al aire libre. La situación de pasar tanto tiempo dentro del hogar no es natural ni lógica ni saludable, a no ser, claro está, que vivas en Finlandia. 

Ya saben de sobra que en este estado de alarma puedes sacar al niño de casa solo cuando vas a la compra y siempre y cuando esté justificado. Como ustedes también conocen, todos aquellos que tienen perros sí pueden salir a la calle y pasearlos "para cubrir sus necesidades fisiológicas", según publicó el Gobierno. Podría parecer, por tanto, que las "necesidades fisiológicas" de los perros están más protegidas que las necesidades de movimiento (y psicológicas, ojo) de los niños. No se enfaden. Hay un motivo. Esto es así porque los pequeños son grandes transmisores del virus pero los perros no transmiten ni pueden contagiarse. Por tanto, lo más sensato es seguir los designios gubernamentales y dejar a los niños sin salir

Cuando el enano te da un respiro o tu pareja te releva y, antes de ponerte a trabajar, miras por la ventana para ver qué se cuece, no encuentras a niños en la calle. En cambio, sí es habitual ver a muchos perros junto a sus propietarios. Hasta ahí normal. Lo curioso es que en estos días propicios para la delación y la bronca, cuando un adulto se atreve a salir con un niño se está exponiendo a que desde la ventana le lancen todo tipo de improperios por incumplir presuntamente las normas, como le ocurrió a ese padre que sólo paseaba a su hijo que padece autismo. Y, sin embargo, todavía no se conocen casos en que los vecinos insulten desde sus balcones a esos paseadores de perros que aprovechan para saltarse la normativa.   

Plantear la cuestión como un debate entre los perros y los niños me parece estéril. Porque en esencia una cosa no tiene que ver con la otra. Tampoco entre padres y propietarios de perros. Hay que diferenciar a responsables de irresponsables, tengan lo que tengan. Pero es inevitable mezclar las cosas: este dichoso confinamiento te hace reflexionar sobre casi todo porque casi todo es nuevo.

Paréntesis cerrado. Volviendo al hilo, ya decía que cuando estás con el niño queda poco tiempo para pensar en algo que no sean los juegos. Además de la reflexión, el enclaustre agudiza la imaginación sobremanera. A falta de paseos y de contenido educativo en la tele, te las tienes que ingeniar para encontrar algo divertido cada día. Los psicólogos dicen que es bueno mantener las rutinas, pero si no incluyes alguna novedad, lo único rutinario es el aburrimiento del retoño.   

Nosotros apostamos este lunes por un picnic en el salón. Como lo leen. Era una forma de hacerle viajar al campo sin movernos de casa. La experiencia no fue perfecta, ni mucho menos, pero sirvió para entretener al pequeño al menos durante una hora. Eso, en estas circunstancias, es oro puro. Luego, pasamos a cuidar del jardín que hemos montado en la despensa, a jugar al fútbol, a dibujar, a cocinar, a jugar al escondite, a pintar con acuarelas, a cantar y bailar, a recibir las videollamadas de los abuelos y, cómo no, a aplaudir puntualmente a las ocho. Tras el baño y la cena, un par de actividades más. Extenuados, ya era hora de pensar en los nuevos juegos del día siguiente. 

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