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Alejo Vidal-Quadras

Opinión

Autoritarismo y eficacia

No es autoritarismo frente a libertad el eje que nos ofrece la guía para entender la calidad de la gestión de la pandemia, sino que hemos de adoptar un enfoque distinto

Mujeres con mascarillas caminan por Barcelona.
Mujeres con mascarillas caminan por Barcelona. David Zorrakino / Europa Press

La pandemia que el mundo padece desde hace ya casi un año ha suscitado grandes debates sobre el modelo de gobernanza ideal para afrontar una crisis sanitaria de esta magnitud y han abundado las comparaciones entre países, intentando encontrar las claves del éxito allí donde se ha conseguido superar la patología y las razones del fracaso donde la curva de contagios no se ha dejado doblegar. España ha sido, por desgracia, una de las naciones con peores resultados medidos en términos de porcentajes de muertos, de profesionales sanitarios afectados y de contagios. También hemos ganado el triste trofeo de la recesión económica más profunda de Europa.

Un punto crucial de esta discusión ha sido el de comparar regímenes autoritarios con sistemas democráticos en relación al manejo de esta difícil situación, encarnados en las dos principales potencias del planeta, China y los Estados Unidos. Si atendemos a la evolución de la enfermedad en uno u otro lugar, parece que China ha ganado este torneo. Mientras los norteamericanos están aún agobiados por cifras descorazonadoras de fallecidos y de contagiados, en el gigante asiático se ha recuperado la normalidad y el virus no sólo está completamente controlado, sino prácticamente desaparecido. Una primera interpretación sería que un Estado centralizado con un gobierno autocrático que ejerce un elevado grado de dominio sobre su población es mucho más apropiado para enfrentarse a un desastre de esta naturaleza que uno descentralizado, democrático, donde los ciudadanos gozan de un amplio nivel de libertad. Sin embargo, este análisis pecaría tanto de superficial como de engañoso. Hemos visto a dictaduras como Venezuela estrellarse contra el patógeno con sus ciudadanos segados por la guadaña en enormes proporciones y sus hospitales desbordados con medios materiales y humanos trágicamente precarios y hemos envidiado a democracias liberales como Nueva Zelanda, Finlandia o Corea del Sur, que han conseguido excelentes registros de letalidad y de infección.

Un enfoque distinto

No es, pues, autoritarismo frente a libertad el eje que nos ofrece la guía para entender la calidad de la gestión de la pandemia, sino que hemos de adoptar un enfoque distinto. Los elementos esenciales son la competencia de los gobernantes, la disciplina de los ciudadanos, el acceso a las nuevas tecnologías, el asesoramiento científico correcto, la fortaleza del sistema de salud y el liderazgo de los máximos responsables políticos. Todos estos factores se traducen en la capacidad de detectar a los contagiados y de aislarlos, de tratar con acierto a los enfermos, de proteger a los grupos de riesgo, de impedir la llegada de infectados foráneos y de generalizar las prácticas de higiene y precaución en la calle. Así, no hay duda de que las cualidades personales de Xi Ping o de Jacinda Ardern comparadas con las de Pedro Sánchez, Nicolás Maduro o Donald Trump; la cultura social de responsabilidad y civilidad de los habitantes de Nueva Zelanda, China o Corea del Sur en contraste con la imperante en España, Estados Unidos o Venezuela y la implantación de las ICT tanto en la Administración como en los hogares y empresas en unos u otros países, nos permiten esclarecer las razones de los logros respectivos.

Es innegable que esta medida extrema y traumática es el signo inequívoco del fracaso de los gobiernos a la hora de superar esta dramática prueba

En nuestros pagos y en otros Estados Miembros de la Unión Europea se vuelve a considerar o se aplica de nuevo el confinamiento domiciliario como último recurso ante los estragos de la plaga. Es innegable que esta medida extrema y traumática es el signo inequívoco del fracaso de los gobiernos a la hora de superar esta dramática prueba. Encerrar a la gente en sus casas es la muestra más indignante de la incompetencia y la impotencia de aquellos que están encargados de resolver los problemas y en cuyas manos hemos puesto ingentes recursos para que hagan buen uso de ellos. En España, la combinación de un Ejecutivo sectario, torpe, frívolo, ignorante y centrado en la propaganda, de una estructura territorial descoordinada y caótica y de una ciudadanía carente de las virtudes cívicas demandadas tras décadas de deterioro a cargo de los políticos de los valores que cohesionan y vertebran una sociedad civilizada, nos han conducido a la catástrofe sanitaria y económica en la que nos debatimos, de la que no contemplamos la salida a corto plazo y cuyos efectos deletéreos se prolongarán durante largo tiempo.

Si es verdad que las crisis abren oportunidades, ojalá este flagelo despierte a los españoles, les obligue a reconocer que el camino que hemos seguido durante los últimos cuarenta años ha estado plagado de errores fatales y que ha sonado la hora de entrar en la senda del esfuerzo, de la unidad nacional, de la búsqueda de la excelencia, de la autoexigencia y de las reformas de nuestro orden constitucional e institucional que nos permitan librarnos de nuestros enemigos internos, que son los peores, y aprovechar las enormes potencialidades de una tierra, un clima, una historia y una gente que en ocasiones parece que no merecemos.

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