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Rubén Arranz

Opinión

...Y, para colmo, el Gobierno habló de noticias falsas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. EFE/ Emilio Naranjo

Voir M. Granovetter es alguien que nunca existió. Como el rey Arturo, Jack 'el destripador'Amy Martín. Las referencias a este personaje aparecen en las páginas 15 y 341 de la tesis doctoral del presidente del Gobierno, en las que se le define como el autor de la teoría de la “acción exterior fragmentada”, que más o menos hace referencia a lo complicado que es para los Estados conseguir su parte del pastel en un mundo globalizado. La cita que Pedro Sánchez adjudica a Voir M. Granovetter es en realidad de Mark Granovetter, sociólogo de la Universidad de Standford cuyo nombre y apellido aparece en la tesis antecedido por la palabra francesa 'voir'. Que en francés significa 'ver', y no beber, por si no recuerda usted lo del vaso de agua de Tip y Coll. Cosas del copia y pega. 'Comsí, comsá'.

Mientras Sánchez y los medios juegan al gato y al ratón con su tesis doctoral, el Gobierno ha tenido a bien expresar su opinión sobre las fake news. Es decir, entrar en un debate que planteó la prensa del establishment tras el brexit, después de cerciorarse de que una buena parte de los ciudadanos bebía de fuentes contaminadas, entre otras cosas, porque las redes sociales no tienen los filtros suficientes para poder potabilizar la información; o porque había huido de los medios tradicionales por su pérdida de credibilidad (voir Orit Kopel, fundadora de WikiTribune, en esta noticia), con la mala suerte de que aterrizaron en webs especializadas en lanzar infundios.

El caso es que el secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver -con tono amable y conciliador, cierto es-, explicó el jueves en un acto público que el fenómeno de las noticias falsas tiene que ver con la “democratización” de la conversación social, que ha provocado la aparición de millones de nuevas voces en el foro público. Esto -a su juicio- tiene algunos efectos perversos, entre ellos, la proliferación de cientos de miles de bulos. Una parte de ellos, lanzados por esa gente sin cara y sin identidad -como Voir M. Granovetter- a la que se ha asignado el calificativo de "desestabilizadora".

Hasta ahí, todo bien. El problema es que no mucho antes de que Oliver pronunciara estas palabras, la empresa que desarrolló el software anti-plagio PlagScan, emitió un comunicado en el que afirmaba que, según sus cálculos, el porcentaje de coincidencias de la tesis de Sánchez con otros trabajos era del 21%, y no del 0,96%, como sostiene Moncloa. Unas horas después, el diario El País publicaba una información en la que aseguraba que el libro que Sánchez firmó junto con Carlos Ocaña -La nueva economía de la diplomacia española- reproduce, sin citar, “párrafos de cinco de las siete páginas” de una conferencia que el diplomático Manuel Cacho pronunció en 2013. Lo curioso es que el copia y pega fue tan descarado que el libro incluye la misma errata que tenía el discurso. 

La excusa que esgrimió Moncloa fue de lo más peregrina: "Los coautores únicamente pueden lamentar este hecho y comprometer su subsanación en el más breve plazo. En las siguientes ediciones de la obra se incluirá correctamente la cita".

Sánchez ha cambiado tantas veces de discurso que podría pensarse que se re-programa cada día o que tiene muy poca fe en la capacidad de los españoles de recordar sus frases, por decirlo de un modo suave

Este episodio vuelve a dejar claro un hecho evidente, y es que Pedro Sánchez acostumbra a desafiar a la memoria y a la inteligencia de los ciudadanos. Algo muy propio del PSOE del OTAN, en principio no; o del republicanismo que derivó en 'juancarlismo' y, cuando el emérito dejó la corona para dedica más tiempo a sus quehaceres, en defensa de una monarquía 'moderna'. El actual líder socialista -como su partido- ha cambiado tantas veces de discurso que podría pensarse que se re-programa cada día o que tiene muy poca fe en la capacidad de los españoles de recordar sus frases, por decirlo de un modo suave.

Cada día, una sorpresa; cada día, un disgusto

El problema de esta actitud veleidosa es que genera un enorme desgaste en Moncloa y un temblor generalizado en los ciudadanos, que observan cómo la trama avanza a golpe de cliffhanger, como en las malas novelas. Y temen, como es lógico, que todo se derrumbe en cualquier momento.

La atmósfera está tan cargada que nada invita a pensar lo contrario. En la ‘conversación social’ –que diría Oliver- el Ejecutivo ha introducido un totum revolutum de ideas en el que confluyen las bombas inteligentes que se venden a Arabia Saudí, los impuestos a la banca, a las grandes empresas, al diésel o a Google; la reforma constitucional para eliminar los aforamientos, la supresión de las SOCIMIS y las SICAVS; y Franco, siempre presente, por alguna razón difícil de entender. Los temas saltan en los medios sin un hilo argumental claro y, salvo excepciones, mueren en el Congreso o en el Senado. Esta última cámara, por cierto, convenientemente torpedeada desde el PSOE para restarle legitimidad, ante la evidencia de la minoría socialista. Desde luego, hay discursos que resultan más desestabilizadores que las fake news, aunque los gobiernos y los medios eludan su responsabilidad al referirse a este fenómeno.

Hay discursos que resultan más desestabilizadores que las fake news, aunque los gobiernos y los medios eludan su responsabilidad al referirse a este fenómeno.

Decía Miguel Ángel Oliver este jueves, en tono jocoso, que “el ecosistema informativo es infernal”. La verdad es que tiene razón y el momento resulta especialmente complejo, dado que la llegada de millones de voces a la ‘conversación global’ ha coincidido con la crisis de los medios del establishment, lo que ha dado lugar a unas confusión e incertidumbre considerables. En estas condiciones, resulta muy complejo buscar “la mejor aproximación a la verdad”, como siempre reclama Carl Bernstein. Desde luego, no parece que tengan mucho interés por alumbrar el camino de los ciudadanos los gobiernos -como el de España- que recurren casi diariamente a malabarismos discursivos y medidas efectistas, e incluso oportunistas, para pescar en los caladeros de votos de izquierda, aunque eso suponga sacrificar la estabilidad o contradecir el contenido de la hemeroteca, como se ha demostrado.

Decía Miguel Ángel Oliver, en tono jocoso, que “el ecosistema informativo es infernal”. La verdad es que tiene razón y el momento resulta especialmente complejo

En esta estrategia política de presentar la realidad deformada, resulta fundamental la labor de sus aliados mediáticos, entre ellos, Radiotelevisión Española, a la que Sánchez tiene en una especial consideración, a tenor de los esfuerzos que realizó para colocar al frente a Rosa María Mateo.

Hubo un tiempo en que el líder de los socialistas se comprometió a despolitizarla. Cuando llegó a Moncloa, no escatimó esfuerzos para arrebatársela a sus enemigos, algo que logró cuando situó como gerente a Mateo, para lo que hicieron falta ocho plenos. Quien pensara que Pedro Sánchez y los suyos querían dejar volar libre a la opinión pública, fue demasiado crédulo, pues se tragó un auténtico bulo. Es precisamente por estas cosas, por lo que resulta oportunista que un miembro del Gobierno salga a la palestra para hablar de las fake news, como sugiriendo que, en este sentido, 'el infierno son los otros'. A tenor de lo narrado anteriormente, el mensaje es difícil de creer. En fin, vivir para ver. O para voir.



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