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Juan Zamora Terrés

Opinión

¿Memoria democrática?

A la ignorancia de la alcaldesa Ada Colau la mentira le sienta bien. ¡Muerte al capitalista! ¡Marqueses al paredón! ¡Derribemos al negrero!

Ada Colau.
Ada Colau. Efe

El infantilismo es ese vicio del comportamiento que caracteriza a una persona irresponsable, caprichosa, atenta solo a sus manías y convencida de que siempre tiene razón. Intolerante y autoritaria. Pongamos que hablo de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, de quien podríamos añadir que suma otra cualidad: se cree destinada a cambiar la Historia, poniendo a cada cual en el lugar que le corresponde, una pionera del Absolutismo total, que ella confunde con la verdad y la justicia.

Para sentirse cómoda se rodea de personas que le ríen las gracias por interés o por padecer del mismo mal, gente con rencores y prejuicios que encajan en el infantilismo. Juntos suponen un peligro, el de los fanáticos dispuestos a imponer sus ocurrencias.

Dejar en paz a la Iglesia

Debió ser un día de esos que en Barcelona amanecen con un sol fulgurante cuando la alcaldesa rumió que la gestión de la ciudad -las basuras, el tráfico, el cobro de tasas, gabelas e impuestos, en fin eso que tanto la aburre- no daba la medida de su valor como política-activista de rompe y rasga. Recordó que uno de sus asesores de trinchera, titulado en Historia, le había recomendado purgar la ciudad de nombres corruptos, militares fachas, empresarios negreros, eclesiásticos de derechas y pensadores al servicio de su señor. Qué buena idea, se dijo satisfecha, con el sol ya a más de diez grados de altura sobre el horizonte. Mandó llamar a su equipo y a las concejalas correspondientes y pusieron manos a la obra.

Por el momento, dejarían en paz a la Iglesia, demasiado influyente y poderosa, y se centrarían en los fachas y en los negreros. Aprovecharían el evento para lanzar las campanas al vuelo, mucha prensa y mucha entrevista, un acontecimiento político de la máxima importancia, lo que el pueblo necesita y espera: sustituirían al empresario Antonio López por el guineano Idrissa Diallo, cuyo mérito consistió en saltar la valla de Melilla en diciembre de 2011 y morir de insuficiencia cardíaca un mes después, mientras estaba internado en el centro para extranjeros de la Zona Franca de Barcelona. También organizarían un sarao a la luz del día, una fiesta participativa -esa es la palabra favorita de Ada Colau, participativo, no se sabe bien por qué- con cómicos, manteros africanos y los participadores habituales.

La etiqueta de negrero

Primero sustituyeron el nombre de la calle de la Barceloneta dedicada al almirante Cervera, nada menos que por facha, sin tener en cuenta que el marino había fallecido en 1909 y llamarle facha era un desvarío. Una mentira. Luego decretaron el derribo de la estatua dedicada a Antonio López, tal vez el mayor empresario español del siglo XIX, fundador de la Compañía Trasatlántica Española, la única naviera comparable a las grandes navieras británicas. A este lo machacaron colgándole la etiqueta de negrero. Otra mentira en la que conviene detenerse.

En las universidades españolas donde se imparte Historia hay numerosos profesores -algunos con la vitola de catedráticos- que ejercen el sacerdocio anticapitalista y predican un igualitarismo difuso basado en palabras sonajero que aturden a los oyentes. De entre ellos, los especialistas en el siglo XIX y en el tráfico negrero, la captura de africanos y su transporte a Estados Unidos, Cuba y Brasil, entre otros destinos menos importantes, un comercio ilegal desde 1815-1820, repararon que Antonio López López, nombrado marqués de Comillas en 1878 y fallecido en 1883, había trabajado en Cuba entre 1831 y 1853, y en Cuba había fundado una incipiente naviera que en 1850 encargó en Filadelfia el primer vapor español con hélice axial, en vez de rueda de paletas, al que bautizó con el nombre de 'General Armero'. Un militar que había sido responsable de las actividades marítimas de Cuba de 1848 a 1851, que fue ministro de Marina y llegó a presidir el Gobierno español de octubre de 1857 a enero de 1858.

Los catequistas-historiadores concluyeron, sin más, que Antonio López debió hacer su fortuna dedicándose al tráfico negrero y que para ello construyó el vapor 'General Armero'

Ignorantes de cuanto toca a los buques, puertos y comercio marítimo, imbuidos de que los empresarios de éxito son unos explotadores capitalistas causantes de la desgracia de las masas, e incapaces de pensar que alguien pueda prosperar a base de talento y trabajo, los catequistas-historiadores concluyeron, sin más, que Antonio López debió hacer su fortuna dedicándose al tráfico negrero y que para ello construyó el vapor 'General Armero', así bautizado para conseguir que las autoridades encargadas de reprimir el tráfico ilegal de esclavos miraran hacia otro lado.

Nada de todo ello es cierto. El marino y periodista Eugenio Martínez Ruiz ha demostrado con apabullante documentación (publicada en el portal informativo naucher.com) que Antonio López no pudo dedicarse a la trata, una actividad, como hoy el narcotráfico, cerrada en un círculo impermeable, en el que un comerciante de poca monta, como López, no podía ni siquiera soñar; que el buque 'General Armero' no estaba ni lo estuvo nunca, preparado para el tráfico negrero y que durante el año y medio de su vida activa -naufragó a finales de 1953- realizó diversos viajes entre Santiago de Cuba y La Habana tocando varios puertos y ensenadas de la costa norte de la isla. En cuanto a la utilización del nombre del almirante Armero Peñaranda para encubrir el presunto delito, no sólo constituye un disparate -presupone que todas las autoridades y el propio Estado era un pudridero- sino también un insulto a la memoria de un marino con una sobresaliente hoja de servicios.

La gran bola de nieve

Por supuesto, quienes afirman que Antonio López, nacido en Comillas de una familia muy humilde, fue un negrero, no aportan una sola prueba y lanzan sus imputaciones con "al parecer", "todo indica…”. Lo cierto es que la falacia se ha convertido en una bola de nieve y citándose unos a otros y dando por buenas las mentiras, hoy son multitud los universitarios dispuestos a afirmar que el marqués de Comillas fue un negrero.

¿Memoria democrática? A la ignorancia de la alcaldesa Ada Colau la mentira le sienta bien. ¡Muerte al capitalista! ¡Marqueses al paredón! ¡Derribemos al negrero! ¡Adeu Antoni! Los analfabetos suelen tragarse cualquier chisme. Como escribió un cronista de Barcelona, “nada es tan difícil de creer como la verdad y, por el contrario, nada tan seductor como la fuerza de la mentira cuanto mayor es su peso”. La alcaldesa no tuvo en cuenta que la fortuna que construyó Antonio López hizo posible las mejores obras de Gaudí, sostuvo la vida del poeta Verdaguer y fue el pilar más sólido del progreso económico de la ciudad en la segunda mitad del siglo XIX. Nada que hacer. Se le calumnia como negrero y se acabó.

Las asociaciones patronales mantuvieron silencio mientras la alcaldesa y sus secuaces perpetraban la infamia. Los socialistas que sostienen el Gobierno municipal miraron hacia otro lado y dejaron hacer

No quiero terminar esta historia sin al menos mencionar un hecho triste y significativo. Las asociaciones patronales de Barcelona, que financiaron el magnífico monumento erigido en honor de Antonio López al año de su fallecimiento -la primera estatua a un emprendedor- mantuvieron silencio mientras la alcaldesa y sus secuaces perpetraban la infamia. Los socialistas que sostienen el Gobierno municipal miraron hacia otro lado y dejaron hacer. El mundo marítimo de la ciudad, con la comunidad portuaria a la cabeza, callaron y callaron. Sólo la Asociación Catalana de Capitanes de la Marina Mercante emitió un comunicado denunciando la mentira sobre las actividades de Antonio López y la obsesión del equipo Colau “por destruir la escasísima memoria histórica del mundo marítimo y empresarial que queda en la ciudad”. Muy poca cosa.

Sabido es que el silencio que algunos adornan hablando de prudencia es el caldo de cultivo que permite la difusión del mal. O como escribió Bertold Brecht: detuvieron al tendero del barrio y callé porque no era de mi incumbencia; luego apresaron a mi vecino, lo que me alarmó, pero callé discretamente; cuando vinieron a por mí ya era tarde.

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