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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (53)

En la cola del banco

¿Para qué va la gente a las entidades bancarias en estos días pandémicos incluso a riesgo de perder media mañana? En busca de tranquilidad sobre su dinero y, de paso, de algo más de aire libre

Los bancos abren, otra cosa es que te atiendan.
Los bancos abren, otra cosa es que te atiendan. Efe

Cincuenta y tres días después, nos hemos acostumbrado a las colas. Esas inacabables filas en la panadería o el supermercado ya están entre nuestras rutinas y no son noticia. Las asumimos por seguridad y salud o porque no tenemos otro remedio. Pero ni siquiera este letal coronavirus y el consiguiente confinamiento han logrado acabar con la ancestral costumbre de ir al banco. Los banqueros quieren que lo hagamos todo por Internet, pero sentimos la necesidad de ir en persona, como si nuestra presencia custodiase mejor nuestro dinero. 

Siempre que voy al banco me acuerdo de la historia de Baldomera Larra y Wetoret, hija de don Mariano José de Larra. Quizás ya sepan ustedes que esta mujer inventó a finales del siglo XIX las estafas piramidales que otros perfeccionaron después. Fue en 1876, año de la primera restauración borbónica -la segunda fue nuestra Transición, pero de eso ya hablaremos-, cuando Baldomera creó un supuesto banco que ofertaba un interés anual del 60%.

La timadora montó incluso una sede falsa que aparentaba ser una entidad bancaria. Allí los clientes, presurosos por lograr semejantes condiciones de beneficio, hacían largas colas para no perder la ocasión. El pecado capital de la codicia no falla. Cuando consumó el timo, por cierto, la señora cogió el dinero -siete millones de reales de la época- y huyó a Suiza, sitio adonde siempre huye el dinero, aunque luego acabó enrejada en Madrid. Qué cosas. 

Recuerdo esta historia cada vez que voy al banco no tanto porque piense que los bancos hicieron con las preferentes algo parecido a doña Baldomera, sino más bien porque en los bancos siempre hay cola

Recuerdo esta historia cada vez que voy al banco no tanto porque piense que los bancos hicieron con las preferentes algo parecido a doña Baldomera, porque lo de Suiza me haga pensar en nuestra legendaria corrupción o porque viendo el espectáculo político recuerde al padre de la susodicha -"aquí yace media España; murió de la otra media"-, sino más bien porque en los bancos siempre hay cola. Y, ya de paso, porque es allí donde más duele la expresión que acuñó el progenitor en un célebre artículo: "Vuelva usted mañana". 

En estos días pandémicos todavía no había intentado ir a la sede de mi entidad porque sabía que si de normal ya es engorroso, en estas circunstancias podía ser infernal. Lo que no esperaba era hallar la madre de todas las colas. Demasiadas personas y demasiado calor para soportarlo. Pero, puestos a aprovechar el rato para estar en la calle fuera de mi franja, allí me quedé. Como un par de los allí presentes se conocían y otros dos utilizaron el teléfono, puse el oído no tanto por cotilleo como por deber profesional. 

Normalmente en la cola del banco uno podía ver y escuchar de todo, pero ahora, cuando las colas son en la calle, la cosa ha perdido su encanto

Normalmente en la cola del banco uno podía ver y escuchar de todo porque estabas cerca de lo que se cocía, pero ahora, cuando las colas son en la calle, la cosa ha perdido su encanto. Aun así en esta ocasión tenía interés por comprobar para qué va la gente a las entidades bancarias incluso a riesgo de perder media mañana. Como decía, puse el oído durante algo más de treinta minutos y hasta entablé una conversación con la señora que me precedía. La conclusión, por supuesto parcial e imposible de demostrar empíricamente, es que la mayoría va al banco en busca de tranquilidad y, de paso, de una excusa para disfrutar de más aire libre. No sabría valorar si esto es bueno o malo, pero es lo que encontré. 

Creo que he completado el círculo. Con un viaje accidentado al Mercadona, con tres llamadas a las peluquerías y con esta visita al banco, termina abruptamente el intento baldío de adentrarme en el Nuevo Periodismo, que según los expertos es una renovadora corriente informativa creada en los sesenta y setenta por Tom Wolfe y compañía pero, en realidad, es una forma cursi de hablar del periodismo en primera persona que ya hacía precisamente Larra doscientos años atrás. No todo es tan nuevo como se dice. Hasta en la temida "nueva normalidad" seguiremos yendo al banco.

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