España es un país donde se buscan cocodrilos en los ríos de Valladolid, donde una estrella mundial del porno ha sido detenido por participar en un ritual con veneno de un sapo bufo y donde están permitidas y hasta amenazan con convertirse en tendencia para este verano esas horrendas camisas de manga corta con las que nos deleita Fernando Simón en sus ruedas de prensa. Ya nada nos sorprende. Estamos en la cuna del esperpento y sabíamos que eso y mucho más era y es posible, pero, con todo, lo más esperpéntico durante esta "desescalada" está ocurriendo en las terrazas.

Nos quejábamos aquí el otro día del sinsentido de lo que va a pasar con la ingesta masiva de alcohol en las discotecas sin bailes pero, en puridad, tampoco teníamos motivo para el escándalo porque ya estábamos asistiendo a algo parecido a tenor de lo que está aconteciendo en esos nuevos paraísos que son las terrazas. Unos lugares que ahora han devenido en refugios contra la tristeza, motores principales de nuestra vida social y, sobre todo, zonas no ocupadas por ese tenaz enemigo que es el miedo al bicho.  

El terraceo de moda es necesario. Hasta una sociedad atemorizada como la nuestra tiene que encontrar espacios para la risa, la charla y, sobre todo, las cogorzas. Incluso en los lugares donde ya han abierto las barras de los bares la gente prefiere las terrazas, que además siempre han tenido un encanto especial por aquello de disfrutar del buen tiempo.  

Lo mejor de las terrazas no es el hecho de mamarse en ellas en sí mismo, sino que allí no rigen todas las restricciones que sí rigen para cualquier otra actividad de nuestra novedosa vida

Lo mejor de las terrazas no es el hecho de mamarse en ellas en sí mismo, sino que allí no rigen todas las restricciones que sí rigen para cualquier otra actividad de nuestra novedosa vida. Guarda la distancia, pero no en la terraza. Ponte mascarilla, pero no en la terraza. No te reúnas en una plaza, pero sí en la terraza. No viajes a otra provincia para ver a tu madre, pero viaja con quien te apetezca a la terraza. No te veas con más de x personas, pero queda con cuantos colegas quieras en la terraza. 

Estamos viendo una verdadera metamorfosis de estos lugares que puede comprobarse sobre todo los fines de semana. Ya desde por la tarde, la gente más joven bebe, fuma y liga acaloradamente en las sillas que antes ocupaban a esas horas las señoras del café o los señores del dominó. Más animadas aún están por la noche, que es el momento propicio para el desvarío total. E incluso hay algunas, como las más próximas a mi casa, que se quedan abiertas hasta bien entrada la madrugada, tengan o no permiso para aguantar hasta tan tarde.  

Las terrazas son ya el nuevo símbolo de la libertad que nos arrebató el coronavirus. Y en ellas, naturalmente, se está viendo de todo. Nadie se ha atrevido, que se sepa, con lo del sapo bufo, pero todo llegará

Si creen exagerado lo que digo, aquí les doy una prueba desvelada por la agencia Efe, que no es sospechosa de parcialidad o sensacionalismo en sus noticias (por ahora): la Policía Municipal de Madrid ha denunciado irregularidades en el 43% de las terrazas inspeccionadas desde el inicio de esta actividad hostelera en la fase 1 de la "desescalada". Revelador. 

Las terrazas son ya el nuevo símbolo de la libertad que nos arrebató el coronavirus. Y en ellas, naturalmente, se está viendo de todo. Así me lo confirman varios camareros consultados. Todavía nadie se ha atrevido, que se sepa, a probar lo de ingerir veneno de sapo bufo, pero todo llegará. Eso sí, me apuesto lo que quieran a que más de uno ya ha visto cocodrilos, sean del Pisuerga o del Nilo, durante sus melopeas