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Carlos Gorostiza

Opinión

El coche pierde su reino

Un hombre con su patinete
Un hombre con su patinete EFE

Cuando contemplamos fotografías muy antiguas de nuestras ciudades una de las cosas que más sorprenden es ver que las calzadas acogían una mezcolanza bastante caótica de carros de mano, carruajes de caballos, tranvías, coches y peatones, todos compartiendo el asfalto (o el adoquín) con extraña normalidad y aparente calma. Los más mayores también recordamos cómo nuestros padres nos relataban que sus juegos infantiles se hacían en mitad de la calle y que solo se interrumpían de cuando en cuando si pasaba algún carro o, más raramente, algún automóvil.

Hasta que llegó la modernidad de entonces, el uso del coche se generalizó y elevó a norma su incompatibilidad radical con todo lo demás que hubiera en la calzada: empezando por los niños y los peatones -naturalmente- pero siguiendo por los vehículos de tracción animal, las bicicletas, los tranvías y, a veces, hasta los demás coches.

Aquella nueva y magnífica tecnología obligó a los responsables públicos a ordenar el tráfico y la hasta entonces difusa separación entre vehículos y personas devino en frontera infranqueable, en abismo entre dos mundos incompatibles: el de los modernos y rápidos automóviles y el de todo lo demás. Incluso los primeros semáforos, que permitían a los viandantes atravesar los ríos de vehículos eran vistos con disgusto y fastidio por los conductores.

Cuando el coche era el dios de la ciudad

En medio siglo el coche se convirtió en el dios de la ciudad, al que se le debía todo el espacio que precisara y más. Nunca le han faltado al automóvil privado voces que protestaran contra las peatonalizaciones, contra los carriles bus, contra las motos, contra las bicis, contra los contenedores de basura y contra las plazas reservadas o reguladas. Todo era poco para el soberano de la calle que modeló nuestra vida en otros muchos sentidos, también llevándonos a vivir a la periferia y obligándonos a utilizarlo diariamente para acudir, todos a la vez, al centro de la ciudad.

Hasta que ha irrumpido de nuevo la tecnología, la de ahora, trayendo toda una familia de cachivaches eléctricos para moverse por la ciudad que desafían esa frontera entre peatón y vehículo que hasta ahora creíamos infranqueable. Molestos en la acera y molestos también en la calzada, los patineteseléctricos, los segways, las bicis, las ruedas esas asombrosas que cargan con un viajero erguido, todo un mundo de chismes imposibles de encajar en esa división radical que nos trajo el coche, que creímos definitiva y que no lo era.

La historia se repite

Es curioso ver cómo la  historia se repite y que la tecnología obliga de nuevo a revisar las normas de uso del espacio urbano, pero que esta vez no podrá ser ya para establecer las fronteras duras que precisó el automóvil sino para manejarse con vehículos que no lo son del todo, puesto que en un gesto se pueden transforman en simple equipaje y que también son capaces de esperar a su dueño, o a su usuario, sin ocupar en la calle nada ni parecido al enorme espacio de un coche.

Lo indiscutible es que la tecnología no se detendrá, como tampoco lo hizo la del automóvil en su momento y que será preciso, como entonces, regular y establecer normativas urbanas nuevas. Acostumbrados como estamos a que la división entre acera y calzada sea radical, nos va a costar adaptarnos a cambios que volverán desdibujar las fronteras con vehículos que no son juguetes y que pueden usar tanto calzadas como aceras. Por eso mismo, requerirán reglas y normativas pero también nuevos aprendizajes de uso, además de mucho sentido común y cortesía cívica por parte de sus usuarios. Heredar la agresividad que trajo el coche y convertirse en la nueva amenaza para los peatones no es una opción. Sí lo será recuperar el civismo para compartir el espacio: a ratos la calzada, a ratos la acera o el carril especial con respeto, cortesía y sentido común.

Mientras tanto el coche se tendrá que resignar a perder la exclusividad del que hasta ahora ha sido su espacio propio y único para compartirlo con todo ese universo de cosas que se mueven a su alrededor. Un siglo después puede que volvamos a ver fotografías urbanas que nos recuerden aquellas en blanco y negro de las ciudades de nuestros bisabuelos.

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