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Jose Alejandro Vara

La crónica de José A. Vara

El club de los ministros muertos

Apenas llevan un mes y alguno de los ministros de Sánchez ya huele a churrasco. Un gabinete enmarañado y desprolijo. Un artefacto que chirría

El secretario de Organización del PSOE y ministro de Transportes, José Luis Ábalos.
El secretario de Organización del PSOE y ministro de Transportes, José Luis Ábalos. Jesús Prieto / Europa Press

Los ministros de Pedro Sánchez se agrupan en tres categorías: los intocables (por ahora), los decorativos y los quemados. En este último pabellón no sólo reposa Ábalos. Hay unos cuantos que también allí reposan, aunque quizás ni ellos lo saben.

Advertía Sánchez antes de echarse al monte, que no admitía emparejarse con Podemos porque no puede haber "un gobierno dentro de otro gobierno". Tenía razón. Y mucha. "Los morados van a su aire, de nada saben, no pegan ni chapa, pasean en los coches oficiales, engrosan las listas de asesores, corretean por los despachos y dependencias pero apenas miran un informe, un documento, un dossier", señala un veterano funcionario socialista, adscrito ahora a un ministerio podemita. Los llaman 'los zánganos'. Ninguna sorpresa. Ya se sabía. El problema para Sánchez es que, además de no mostrarse laboriosos, los ministros de Podemos se la pasan enredando. Lejos de colaborar, se afanan en la zancadilla, en la pequeña conspiración de cuarto de estar, en el cuchicheo zascandil. Son "diletantes, muy atravesados y con mala leche". Desconfían de los socialistas y apenas colaboran en la nave común de la izquierda. De momento, quienes se llevan las bofetadas son los ministros del PSOE, la gente de confianza de Sánchez que se ha estrenado con muy mal pie. Alguno está ya amortizado, en espera de que llegue el momento de su defenestración.

El pabellón de los quemados

JOSÉ LUIS ÁBALOS. Le tocó bailar con la más fea. Nada habría ocurrido de no haberlo desvelado Vozpópuli. El ministro salió abrasado de su extraña noche en Barajas. Sánchez, escasamente dotado para el afecto o los sentimientos, ya lo tiene descontado. Si no es ahora será después de las catalanas. Ábalos, todopoderoso en el partido y en el Gobierno, ha perdido ya su auctoritas interna y su potestas externa. Ahora arrastra los pies, reniega de todo y maldice a la famosa Delcy, la amiga de Zapatero. Ha perdido su eterno pulso con Carmen Calvo. Está en el top del pabellón de los quemados.

NADIA CALVIÑO. La muñequita linda del Gobierno, la coartada divina frente a Bruselas, la princesita de la ortodoxia, ha librado su primera batalla y, de momento, ha salido viva. Pero tocada. Sánchez mantiene la 'tasa Google', ese impuesto delirante a las tecnológicas, pero lo aplicará más adelante. Eso dice. Calviño, con escasos apoyos en el Gabinete, también se las ha tenido con el declinante Ábalos y el tope a los alquileres. Calviño busca ya hueco en Bruselas. En este Gobierno abstruso no encuentra su sitio.

LUIS PLANAS. Es la rechifla de la revuelta del pimentón, de la ira de los tractores. Planas, supuesto ministro de Agricultura, no pinta nada. Va a remolque de los acontecimientos. Pablo Iglesias, en insólita jugada, le arrebató el protagonismo y le destrozó la estrategia: "Apretad, apretad", animó al campesinado. Yolanda Díaz, la titular de Trabajo, de la familia podemita, se ha hecho con las riendas. A Planas le han cedido el papel de figurante sin derecho a frase, de mera comparsa en la revuelta de los tractores. Humillado y silenciado. 

ARANCHA GONZÁLEZ LAYA. Apenas se ha estrenado y ya está chamuscadaAterrizó en el Palacio de Santa Cruz casi al tiempo que lo hacía Delcy en Barajas. La titular de Exteriores, con experiencia en los organismos internacionales de comercio, se dio de bruces con una realidad que le resultaba ajena y le venía grande. Su papel en todo el embrollo venezolano ha oscilado entre la inoperancia y el ridículo. Huye de los periodistas y se aferra al escapismo. 'No comment' es su frase favorita. Además de castellano, habla inglés, alemán, francés e italiano pero se explica mal en todos los idiomas. 

JOSÉ LUIS ESCRIVÁ. ¿Realmente existe? Algunos de sus compañeros de gabinete apenas le ponen cara. El titular de la Seguridad Social no estuvo presente en el acto de cesión del control de la Seguridad Social al gobierno vasco. Carolina Darias, ministra de Política Territorial, se encargó de representar a Moncloa en esa escena de la rendición y entrega de la caja única. Si el titular de la Seguridad Social no aparece en ese acto, ¿a qué se decida entonces? se preguntan en el Gobierno. No es un ministro quemado, sino tan sólo evaporado. Quizás próximamente aparezca en carne mortal y se pueda constatar su existencia.

ALBERTO GARZÓN. Ha entregado su única arma propagandística sin apenas presentar resistencia. Raro, raro. El ministerio de Consumo tan sólo tenía dos batallas por librar: el juego y la comida basura. La campaña contra el juego acaba de ofrendársela a Codere, la patronal del sector. Seguirán los anuncios de apuestas en los medios. "Sería imprudente prohibirlos", ha dicho el ministro, entre una lluvia de burlas y memes. ¿Y qué hará con la comida basura? ¿Poner un McDonalds en Moncloa? Garzón es un ministro a extinguir.

El pelotón de los ocultos

Hay un grupo de ministros cuya actividad se desconoce y su presencia se camufla. Unos, porque no son nadie. Otros, porque prefieren pasar inadvertidos.

PEDRO DUQUE. es la quintaesencia del ministro que nunca estuvo allí. Tras sus sonoros patinazos y sus estruendosos ridículos en la anterior etapa, Duque, aliviado ya de la responsabilidad de Universidades y reducido a titular de Ciencia, no envía señales de vida. No aparece en medios, no figura en las agendas y evita todo protagonismo. Duque es un ministro en la sombra.

MARGARITA ROBLES. La ministra de Defensa está pero no está. Inquieta, hiperactiva, apenas ha aparecido este mes en los medios, salvo en algún acto formal y sobrio. Robles mueve hilos, agita en la trastienda, lleva el CNI. Tiene toda la información de todos y sobre todo, como en su día amenazaba Rubalcaba. Incluido lo que ocurrió en Barajas. Es fiel a Sánchez pero no sintoniza con al menos la mitad de sus compañeros de gabinete. No se sabe si está de salida o, sencillamente, aguarda tiempos mejores. 

JOSÉ MANUEL RODRÍGUEZ URIBES. Dicen en Moncloa que el exdelegado del Gobierno en Madrid aún recorre los pasillos de su ministerio, Cultura, por ver si encuentra su despacho. No da que hablar y sonríe. Así los quiere Sánchez.

Los intocables del Consejo

MARÍA JESÚS MONTERO. Jovial, dicharachera, verborreica, navega con desparpajo por el piélago de mentiras con el que envuelve a los periodistas en sus sesiones de los martes tras el Consejo de Ministros. Su discurso apenas coincide con la verdad. Es la norma de la casa. Tras la severa adustez de Celáa, Montero ha inundado de distendidas gracietas las comparecencias ante la prensa. Empezó bien, pero ya ha sucumbido a la tentación de lanzar mítines políticos y partidistas desde la sede del Gobierno. En su faceta como titular de Hacienda tiene la misión imposible de cuadrar unas cuentas disparatadas. Eso sí, está empeñada en cargarse la pulcra fiscalidad de Madrid. 

FERNANDO GRANDE MARLASKA. No mueve una ceja por no dar que hablar. Siempre orientado hacia el poder. Sumiso de espíritu y recatado de expresión, el heroico juez del 'caso Faisán', se ha convertido en el peón insustituible de Pedro Sánchez. Se inventó él la falsedad del 'espacio Schengen' como gran excusa en el embrollo de Delcy. Jaleó a los violentos contra Cs en la parada del Orgullo Gay. Cruzó los brazos frente a los incendiarios de Torra y sus muchachos. Su especialidad es el mutismo y mirar para otro lado. No quiere líos. Ahora está en uno, con la política inmigratoria, a instancias del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos. Rajoy tenía razón. Vallas más altas y devolución en caliente. Iglesias no quiere. Sánchez contemporiza. Marlaska, seguramente, pisará el freno para evitar la polémica. 

El exotismo descontrolado

El espécimen más peculiar, incómodo, embarullado y difuso del equipo de Gobierno, la presencia más estruendosa, es Irene Montero, la'Mariquilla Terremoto'del nuevo equipo. Se le inventó un departamento a la medida, el de Igualdad, sin apenas contenido y ajustado de presupuesto. "Total para lo que hacen", comentan en Moncloa. La pareja del vicepresidente Iglesias llena su agenda con paseos con su bebé por corredores y salones, chácharas con 'influencers' (así les dicen), sesiones de té con ardorosas feministas, celebración de su cumpleaños en horas laborables y todo ello recogido por un afanoso videocámara que cuelga sin reposo tan insípidas escenas y las hace luego circular por las redes. Sin ápice de sonrojo, la ministra Instagram existe tan sólo para la cámara, como los albóndigas de un reality.

Ante tanto vacío ministerial, también dedica algo de su tiempo a enredar.Por ejemplo, Juan Carlos Campo, titular de Justicia, ha tenido que merendarse el proyecto de la Ley del sexo pergeñado por el equipo de Irene. Una chapuza colosal que requería de una remodelación absoluta. "Esto no puede ir al BOE", comentaban los expertos. Iglesias pegó un puñetazo en la mesa y el proyecto ha salido adelante. "Cuidado con Irene", comentan en Moncloa. "Todo cuanto hace tiene peligro". El fanatismo, dejó dicho Hannah Arendt, es la antesala del odio. En eso andan por los despachos de Igualdad.

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