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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (51)

Sin citas ni revistas en la peluquería

Mientras los políticos se enfrascan en la enésima batalla de esta crisis, los de la plebe adocenada intentamos ir a cortarnos el pelo. Cuando haya citas de sobra, muchos no se lo podrán permitir

Este lunes algunos tuvieron suerte.
Este lunes algunos tuvieron suerte. Efe

-Buenos días, peluquería XX. ¿Qué desea? 

-Muy buenas, llamaba porque quiero cortarme el pelo. Quería pedir cita porque tengo entendido que solo puede hacerse así. 

-Así es. Tenemos hueco a partir del lunes que viene. 

-¿Pero no abren ya esta semana? 

-Sí, pero la tenemos completa. 

-Ah, vaya, voy a probar en otro sitio. Muchas gracias

-A usted. Que tenga buen día. 

-Igualmente. 

Esta y otras dos conversaciones telefónicas casi calcadas que tuve este lunes, quincuagésimo primer día de confinamiento, me hicieron darme de bruces con dos crudas realidades, una positiva y otra negativa: las peluquerías están repletas de clientela y la incipiente melena de mi hijo seguirá creciendo ad infinitum. Lo primero es lo que aquí nos ocupa. Porque la reapertura de ese negocio es una noticia positiva en mitad de la enésima batalla política de esta crisis. Mientras ellos discuten sobre prolongar el estado de alarma, los de la plebe adocenada vamos a la peluquería. O lo intentamos.  

En la actual y esperemos que fugaz vida repartida en franjas y fases, previa a la "nueva normalidad" -no me cansaré de entrecomillar semejante expresión para no hacerla mía-, tenemos que ir a los medios para salir de la confusión y saber qué podemos hacer cada día. Sin embargo, todos teníamos claro que este lunes, en la fase cero, se abría la veda de las peluquerías. Ya decíamos aquí un mes atrás que la gente normal, donde estamos encuadrados todos esos que no formamos parte de la casta política, necesitábamos como el comer que nos cortasen el pelo.

La necesidad de arreglarse el cabello era tan perentoria para tantas personas que este lunes pasó, al menos en mi barrio, lo que tenía que pasar: colapso de la petición y la concesión de citas. Alud de clientes llamando

La necesidad de arreglarse el cabello era tan perentoria para tantas personas que este lunes pasó, al menos en mi barrio, lo que tenía que pasar: colapso de la petición y la concesión de citas. Alud de clientes llamando. Así se desprendía de esos teléfonos que no paraban de comunicar cuando servidor lo intentaba. Será una tontería, pero si hay tanta gente telefoneando a la peluquería y quien allí trabaja tiene que atender tanta llamada, ¿quién carajo corta el pelo? Imagino que, llegado el hartazgo del personal, la solución fue descolgar. 

Como no hubo suerte por teléfono, aproveché el paseo con el niño para asomarme a dos peluquerías. En la puerta de una de ellas pude ver cómo un peluquero luchaba contra el pelo indomable de su cliente. Asistir a algo tan insulso fue, en cambio, un chute de esperanza. Fíjense adónde hemos llegado para sentir algo así. En el otro establecimiento un letrero informaba que sus puertas abrirían el martes porque "estamos preparando el local". Lógico, porque la orden del BOE que regula la apertura de peluquerías y centros de belleza incluye un estricto protocolo de seguridad para evitar contagios. Por supuesto, mascarillas y distancias obligatorias. También uso de mamparas y preferencia para los clientes mayores de 65 años. 

Una peluquería sin una revista es lo más parecido a un pan sin sal. Menos mal que nos quedará la otra bella costumbre de las peluquerías: darle a la sin hueso desenfrenadamente con quien nos atienda

Hay que asumir, teniendo en cuenta todo eso, que tal vez en toda la semana no haya citas y tengamos que esperar al próximo lunes, inicio de la fase uno -este lenguaje sigue siendo grotesco, pero toca aceptarlo-, cuando está previsto que las peluquerías abran al público pero con un aforo limitado al 30%. Ahí llegará otro obstáculo que se antoja complicado: no habrá revistas. Así se especificaba en el citado protocolo gubernamental. Una peluquería sin una revista es lo más parecido a un pan sin sal. Menos mal que nos quedará la otra bella costumbre de las peluquerías: darle a la sin hueso desenfrenadamente con quien nos atienda.    

No pude comprobarlo este lunes pero lo más probable es que nos suban el precio por cortarnos el pelo. Porque el sector está pidiendo al Gobierno que rebaje el IVA del 21 al 10% y parece que no va a ser así. La salvación estará en que los clientes paguemos más, al menos en las peluquerías que no formen parte de una gran cadena. Las previsiones económicas derivadas de la crisis apuntan a que puede cerrar el 42% de las micropymes de este sector. Las pérdidas ya estimadas son de 1.280 millones de euros

Esa debacle de los peluqueros es solo una más dentro del desastre económico que se avecina. A evitarlo debieran dedicarse nuestros estimados representantes pero parece que prefieren ir a lo suyo, que es el politiqueo. Una vez más las tácticas de vuelo corto y las añagazas de unos y otros, sus intereses partidistas y no los de la gente confinada, agravarán la ya de por sí gravísima ruina que nos espera. En unos meses las peluquerías estarán abiertas y habrá citas de sobra, pero lo difícil para muchos será poder pagarse el corte. Yo, viendo cómo está el periodismo, me he comprado una máquina para cortarme en casa. 

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