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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (96)

Ir al cine

El ritual no ha cambiado tanto. Solo por esa desconexión de hora y media en la que Whatsapp, Twitter, Instagram y Facebook no ocupan el centro de nuestras vidas, todavía merece la pena pagar la entrada

Los cines han estado vacíos durante la reclusión pero vuelven a abrir sus puertas.
Los cines han estado vacíos durante la reclusión pero vuelven a abrir sus puertas.

Ir al cine es un placer que estaba cada vez más en desuso en esta época de las grandes plataformas de pago por contenidos audiovisuales. La pandemia llegó para rematar esta vetusta costumbre. Pero todavía quedamos unos cuantos románticos que adoramos ese momento en que se apagan las luces, se hace el silencio -aunque cada vez menos porque los más jóvenes no saben qué es eso- y se enciende el proyector que nos adentra en un viaje por lugares y personajes hasta entonces inexplorados.

El tamaño de la gran pantalla, la comodidad de la butaca, el sonido que llega por todas partes y la emoción compartida en la sala componen un atmósfera especial que siempre superará ese otro dulce momento de la peli y la manta en el salón, por bueno que sea tu sistema de sonido y grande que sea tu televisor. El cine ha sido, es y será el mejor lugar para ver una película, se pongan como se pongan los modernos de turno, incluso a pesar del molesto ruido de otros que se atiborran de palomitas, Coca-Cola y hasta bocadillos de panceta. 

Como los cines están reabriendo poco a poco sus puertas pero es una incógnita si el público logrará acostumbrarse a las nuevas condiciones de uso, la excursión era obligatoria antes de que expirase el debilitado estado de alarma. Si van a probar la experiencia, les recomiendo que compren la entrada por Internet. Ahora ya siempre viene numerada obligatoriamente -habría que demandar a las salas que no la numeraban- y con un código QR para que todo se haga sin contacto con los trabajadores

Cuando entras te dan un kit que incluye mascarilla, una redecilla para colocar en la parte superior del asiento, unos guantes y unas bolsas de ese gel hidroalcohólico

Cuando entras te dan un kit que incluye mascarilla, una suerte de red -lo llaman "cubrecabezas"- para colocar en la parte superior del asiento, unos guantes de azul quirófano y unas bolsas de ese gel hidroalcohólico que parece haber llegado a nuestras vidas para no marcharse en mucho tiempo. Luego están las butacas precintadas porque no pueden usarse para salvaguardar la célebre distancia de seguridad. Aunque eso no es problema porque en la sala sólo hay cuatro gatos.

La realidad es que por ahora el miedo es más poderoso que la estricta limitación de aforo. Pocos se atreven a dar el paso de volver al cine, pero supongo que es sólo cuestión de tiempo que se animen. Llama la atención que en una sesión de tarde haya tan pocas cabezas encanecidas, porque antes de la reclusión las personas mayores copaban las entradas en este horario. Sus evidentes temores son más que lógicos teniendo en cuenta el panorama. 

Ya antes de la pandemia esto se estaba convirtiendo en algo contracultural, diríase que revolucionario, porque es uno de los pocos sitios donde casi todo el mundo apaga el móvil

Lo mejor de ir al cine hoy es que el ritual no ha cambiado tanto porque su esencia sigue viva. Ya antes de la pandemia esta actividad se estaba convirtiendo en algo contracultural, diríase que revolucionario, porque es uno de los pocos sitios donde casi todo el mundo apaga el móvil. Solo por esa desconexión de hora y media en la que Whatsapp, Twitter, Instagram y Facebook no ocupan el centro de nuestras atribuladas y frenéticas vidas, todavía merece la pena pagar la entrada. Algo que se eleva al cuadrado en el caso de los padres, que rara vez conseguimos colocar al enano para disfrutar de este placer decreciente. 

Lo peor de ir al cine hoy es, hay que admitirlo porque no estamos aquí para vender la moto, ver la película con mascarilla. Es agobiante e incómodo, aunque es cierto que conforme pasan los minutos y te invade y embruja la historia, te acostumbras. Eso sí, la cosa que se complica más si, como es el caso, llevas gafas (por mucho que lo intento, todos esos remedios para desempañar las lentes no me funcionan). Tengo para mí que la mayoría de espectadores acabará aprovechando la oscuridad para quitarse estas máscaras delirantes. 

¿Y la película? Eso esta vez era lo de menos. Lo importante era volver a sentir ese cosquilleo de la sala de cine que milagrosamente sobrevive en estos tiempos que corren. 

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