Quinientos años después de que Hernán Cortés llegara a lo que hoy es México, un grupo de arqueólogos en el país azteca ha encontrado dos nuevos vestigios de lo que pudieron haber sido las famosas “naves hundidas” del legendario conquistador extremeño. Sí, las mismas con las que le dejó claro a sus hombres que ‘no había vuelta atrás’, que la única salida de allí era cambiar la historia del mundo junto a él.

Escena 1. “Mira, esta es la tumba de Cortés, quien nos trajo las enfermedades y el pelo rizado…” (Le dice una madre a su hija –frente al periodista que escribe estas líneas– en el templo del Hospital de Jesús Nazareno, donde permanecen los restos de Hernán Cortés en la Ciudad de México. Un sitio discreto, tanto que podría pasar desapercibido. El año era 2006).

Se acaba 2019 y, justo cuando parecía que Hernán Cortés había terminado de ser un tema de actualidad (pues este año se conmemoraron los 500 años de su arribo a las costas de lo que hoy es México), han llegado dos noticias que lo devuelven a los focos: el estreno de la serie ‘Hernán’ (de Amazon Prime Video), protagonizada por el camaleónico Óscar Jaenada; y la aparición (después de dos años de búsqueda) de dos anclas (que pueden haber sido parte de las embarcaciones hundidas –o quemadas–) exactamente frente al sitio donde se sabe que fue fundada la Villa Rica de la Vera Cruz.

La importancia de este hallazgo, además de histórica, es política, porque, de alguna manera, pone en entredicho a la línea ‘anti-española’ que ha lucido el actual gobierno mexicano. Sin ir más lejos, en más de una ocasión fueron noticia las disparatadas declaraciones (imprudencias diplomáticas, hablemos claro) de López Obrador en las que rebajó al complejísimo episodio de la Conquista al grado de vil historieta de ‘buenos y malos’, como si se tratase de cualquier serie dominguera de Netflix. Además, arremetió recientemente contra el mismo Cortés culpándolo de haber sido el "primer corrupto en México". Sí, cosas que si uno no lee en los diarios serios, cree que son ficciones del beodo de turno en el bar. 

Escena 2. “Es tu culpa, tú nos robaste el oro” (son palabras de unos chicos universitarios –de una universidad mexicana privada–, hacia una compañera suya: una chica mexicana rubia de origen asturiano –ellos eran rubios también–. Están frente al mural ‘Epopeya del pueblo mexicano’ de Diego Rivera exhibido en el Palacio Nacional de la capital mexicana. Mismo día, mismo 2006).

Y hablando de diarios, después de que Luis María Anson, en una estupenda pieza en El Mundo titulada ‘¿De qué hay que disculparse?’, invitase a no prestar más atención al “despropósito del presidente de México, la nación hermana con la que seguiremos teniendo estrechas relaciones”, realmente intenté seguir su recomendación, pero no, no pude, lo confieso.

Es una buena noticia que Cortés siga siendo de actualidad por hallazgos como estos y no por las barbaridades populistas que López Obrador suele regalar a las páginas de Internacional

Y no he podido porque sucede que el proyecto de estos arqueólogos que buscan los vestigios de las naves de Cortés ha tenido el visto bueno y ha sido subvencionado (parcialmente) por el Instituto Nacional de Antropología e Historia, una dependencia gubernamental “el celoso guardián del pasado en México” (como así lo describió el periodista de El País, Pablo Ferri) que rara vez se adentraba en los episodios más controvertidos del ayer mexicano (especialmente la Conquista y la Colonia, es decir, los siglos más españoles de México). Pero finalmente han sido ellos quienes han decidido hurgar en ese pasado para encontrar más pistas sobre los vínculos históricos que unen a ambos pueblos. Al parecer, el proyecto continúa con la búsqueda de más restos de aquellos barcos. Es una buena noticia que Cortés siga siendo de actualidad por hallazgos como estos, propios de académicos e investigadores, y no por las barbaridades populistas que López Obrador suele regalar a las páginas de Internacional.

Cicatrices abiertas

Sigamos. Por desgracia, el nuevo gobierno de México ha apostado por la vía de la tensión en las relaciones diplomáticas con España. Qué pena. Ojalá el mandatario mexicano se hubiese tomado la ‘molestia’ de leer ‘Los años de la Conquista’, del reconocido historiador Bernardo García Martínez, uno de los capítulos del libro ‘Nueva Historia General de México’ (publicada por el Colegio de México –uno de los centros de investigación histórica más prestigiosos de ese país–, por cierto, fundado por españoles–), y tal vez así hubiese comprendido que Hernán Cortés no fue ese ‘villano’ de la leyenda negra que mantiene a la Historia de México bajo el manto de la controversia. Hubiese comprendido que fue un impulsor del desarrollo en el Nuevo Mundo, y, sobre todo, que ese pasaje histórico es de tal complejidad que no merece ser tratado a la ligera. Ojalá hubiese leído ‘El espejo enterrado’, de Carlos Fuentes (Premio Cervantes en 1987, y premio Príncipe de Asturias a las Letras en 1994), y así sabría que “nuestra herencia cultural” (en ambas orillas) es lo que festejamos de aquel encuentro. 

Escena 3. Están los mismos universitarios en la Plaza de las Tres Culturas en el centro de la Ciudad de México. Están frente a una famosa placa que dice lo siguiente: “Heroicamente defendido por Cuauhtemoc, cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”. Uno de los chicos dice que sus abuelos eran catalanes. Otro, que irá de intercambio seis meses a la Universidad de Salamanca. Otra, que su familia está en Asturias. Otros permanecen en silencio. 

El figura de Cortés, hoy en día, es exhibida frente a un espejo roto. Uno que guarda cicatrices mal cerradas desde hace cinco siglos. Tal vez las arrugas y el tiempo las borren. Pero por ahora parece que esas ancestrales heridas siguen abiertas.