Que Cataluña se halla en decadencia es algo que pocas personas se atreven a negar hoy en día. No se trata sólo de la pérdida de pulso económico (crecimiento menor que otras regiones, descenso de la inversión extranjera,  éxodo de empresas), sino del bloqueo y saqueo de las instituciones, de la pobre vida cultural y del clima enrarecido que se ha instalado en la sociedad.

La sociedad catalana no tiene fuerzas para su propia regeneración. No se adivina una salida. Todos los proyectos han fracasado. Ha fracasado el independentismo, carente de suficiente respaldo social, sin legitimidad ni apoyo internacional, con inasumibles costes económicos. Ha fracasado el constitucionalismo, incapaz de articular una mayoría alternativa, defraudado por sus propios líderes y por los gobiernos centrales. Han fracasado los intentos de resucitar a CiU y a un supuesto catalanismo moderado. Ha fracasado, en fin, la operación Illa, que no era más que el intento de recrear el Tripartit con ERC en el papel de “independentismo pragmático”.

La clase política y la clerecía que ha conducido a Cataluña a la penosa situación actual sigue donde estaba. Se ha blindado contra cualquier cambio. Son miles de personas colocadas en las administraciones, empresas y organismos públicos, la Universidad y la escuela, medios de comunicación, sindicatos, colegios profesionales, etc. Aunque a veces se disfrazan de rupturistas, no pondrán nunca en riesgo sus intereses. La casta independentista no quiere costes y sacrificios: se ha acostumbrado a vivir bien a costa de los demás catalanes, ocultando su corrupción e incompetencia detrás de la bandera, culpando a España de todos los males.

Es el triunfo de la política futbolera, de la emocionalidad primaria, de las fidelidades perrunas. Los medios de comunicación públicos y concertados se encargan de suministrar carnaza a la afición

¿Por qué una parte de los catalanes sigue sosteniendo a esa casta con sus votos? ¿No se dan cuenta de la tomadura de pelo, del inmenso fraude? ¡Por supuesto que sí! El electorado que sostiene a esa clase extractiva lo sabe, o por lo menos lo intuye. Sabe que no cumplirán sus promesas, que se aprovechan de ellos, que son unos hijos de puta… Pero ¡son sus hijos de puta! Es el triunfo de la política futbolera, de la emocionalidad primaria, de las fidelidades perrunas. Los medios de comunicación públicos y concertados se encargan de suministrar carnaza a la afición, imitando a la peor prensa deportiva: somos los mejores, la culpa es siempre del árbitro y de las malas artes del rival.

Pero el nacionalismo no es el único problema de Cataluña. Lo es también el arrinconamiento de las ideas liberales. Nadie defiende la libre empresa, el Estado mínimo, los bajos impuestos. La hegemonía del ideario estatista e intervencionista es total. Ni siquiera las organizaciones patronales y las escuelas de negocios defienden las ideas liberales: ¡sus portavoces e intelectuales de referencia son socialdemócratas!

Sectores más privilegiados

Algunos creen que el golpe de la crisis despertará a los catalanes. Se equivocan. La crisis está siendo aprovechada por la casta extractiva, tanto separatista como de izquierda, para ampliar sus dominios, expulsar y arrinconar a la iniciativa privada, generar una sociedad cada más intervenida y dependiente. Los apoyos electorales de esa casta se concentran, precisamente, en los sectores más privilegiados de la sociedad y los que menos sufren la crisis: barrios y comarcas ricas, hogares de rentas altas, funcionarios de alto nivel, etc.

Cataluña sigue siendo, por supuesto, una región rica. Disfrutamos de una envidiable situación geográfica, tenemos un enorme patrimonio cultural y natural, contamos con una larga tradición industrial y una capacidad instalada notable. Todavía son muchos los que con mucho mérito, sobreponiéndose a los obstáculos y al pesimismo reinante, intentan emprender y sacar sus negocios adelante. Pero es inevitable la melancolía por lo que podríamos haber sido, y el miedo a que tanta insensatez acabe hundiéndolo todo.

Borreguismo irresponsable

Un número cada vez mayor de catalanes estamos desconectando de Cataluña. Estamos cansados de esta república bananera del Mediterráneo, su patrioterismo histriónico, su omnipresente simbología, sus grandes latrocinios, sus enemigos de paja, sus diadas de fanatismo y violencia. Estamos decepcionados con muchos de nuestros compatriotas, su borreguismo, su irresponsabilidad y su contumacia en el error, su orgullo mal entendido y esa pulsión suicida que se manifiesta a cada rato.

El catalanismo se había esforzado durante décadas por generar una imagen de Cataluña como una región moderna, abierta, europea, por contraposición a un Madrid burocrático, conservador, cerrado. Esa imagen había tenido éxito no sólo en Cataluña sino en todo el mundo. Pero en los últimos años Cataluña ha asociado su imagen de forma pertinaz a la tensión, al conflicto y a la violencia. Hemos ocupado portadas y generado malas noticias hasta producir hartazgo y aborrecimiento. Mientras tanto, Madrid ha sabido asociar su imagen al valor de la libertad. Se ha convertido en un símbolo, en un ideal, en un modelo que contraponer a la Cataluña de los pujoles, los rufianes y las colaus. ¿Quién nos lo iba a decir a nosotros, orgullosos catalanes, que acabaríamos deseando mudarnos a la capital?