Primero fue el drama, ahora toca la comedia. Empezó con una sublevación institucional jaleada en las calles. Hubo atropello, violencia y una intención inequívoca de hacerse con el poder y, para empezar, un intento de ocupaciones de los centros que amenazaban con mantenerse fieles a sus responsabilidades como garantes de la ley y la Constitución. Me importa una higa lo que consideren nuestros nada afamados jurisconsultos. Yo lo viví. Empezaba el otoño de 2017.

Primero habían allanado el terreno; llevaban años preparándolo. Tuvieron miedo de las consecuencias, y los jefes, en un ejercicio de incompetencia y torpeza, no supieron que iniciar una revuelta es más fácil que saber darle un sentido. Ahí se quedaron, pero las mesnadas “indepes” estaba ya dándole gusto a la intención y siguieron hasta que miraron alrededor y no había más que destrozos. Fue una asonada, que se decía en el siglo XIX, pero parecía una fiesta.

Fiesta para unos, castigo para los demás. Algo se había conseguido: dividir en dos bloques la sociedad catalana, los facciosos que se sublevaron y los perplejos que hubieron de sufrirlo. Desde entonces gobiernan los facciosos y como en toda lucha de banderías quienes mandan se hacen con el botín. Aún siguen administrándolo y pelean por que nadie se lo arrebate. Quien pretenda ver en el actual conflicto entre Junts (ex Convergencia) y Esquerra Republicana algo de mayor enjundia, está desperdiciando su talento. O bien tiene intereses en el reparto, caso del PSC con Miquel Iceta a la cabeza.

Aquí entra el presidente Sánchez, que se enteró de que existía un territorio con problemas el día que le llamó el nunca suficientemente despreciado Mariano Rajoy para dar su consentimiento a la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Y le dijo que sí y era tal su desconocimiento de lo que se ventilaba que la única condición que puso fue rechazar que se aplicara el tal artículo en los medios de comunicación dependientes de la Generalidad. Es decir, que siguiera la pelea, pero con armas de intoxicación masiva.

Hoy el PSC es la única fuerza impotente del constitucionalismo, por más que a la noche reniegue de lo que dice durante la mañana. No es que no existan demócratas y constitucionalistas en Cataluña, pero no tienen quien les represente y menos aún quien les defienda

Quizá alguien le susurró que de ahí podía obtener beneficios; la mano blandita de Miquel Iceta seguro que no era ajena al recurso. Hicieron un pan como unas hostias y por eso recibieron lo que se habían trabajado. Hoy el PSC es la única fuerza impotente del constitucionalismo, por más que a la noche reniegue de lo que dice durante la mañana. No es que no existan demócratas y constitucionalistas en Cataluña, pero no tienen quien les represente y menos aún quien les defienda. Ciudadanos soportó la vileza facciosa hasta que se cansó y marchó a Madrid en busca de mejor y mayor fortuna, y ahí perdió hasta la vida jugándosela a la ruleta rusa. Fue el final del período dramático.

Y empezó la comedia que nos trajo hasta el Gran Guiñol. Desde hace años, muchos, hay un decreto pendiente de ser llevado al BOE y que por el falso pudor de no delatar su condición de trileros no osan consumar. Sería muy breve y explícito. “A partir de la fecha queda prohibida la utilización de vídeos y declaraciones políticas anteriores al día de hoy”. Esa amnistía total para el recuerdo nos evitaría enfermedades mentales ligadas a la coherencia, la manipulación y la valoración, en toneladas de mentiras, pensadas para engañar a la ciudadanía. Sería un modo de atajar la otra pandemia que nos castiga: la perseverancia en el engaño.

No podía haber indultos porque los penados eran renuentes a la corrección de sus inclinaciones y amenazaban con reincidir. Habrá indultos. No puede existir una mesa de la Generalidad y de España para tratar asuntos de competencia del Estado porque sería dar preponderancia a una comunidad autónoma sobre el resto, amén de que mostraría la resistencia de una y la fragilidad de la otra. Habrá mesa. No deberían participar los delincuentes políticos porque implica la amnistía “de facto”. Irán quienes decidan los dos partidos facciosos que forman gobierno en Cataluña. Si le parece bien a Oriol Junqueras que cada vez tiene más claro que su papel puede emular al del inefable “español del año”, Jordi Pujol, le tendremos de cuerpo presente en la misma mesa que el Estado. ¿Acaso no advirtió el ministro Ábalos que estábamos ante un Mandela montserratino? Asumía el papel de gerifalte del apartheid. Nadie en su sano juicio y sin subvención piensa en la idea de un referéndum en Cataluña. Pero como de momento queda lejos el 2023, fecha de caducidad de la idea, los actuales participantes del Gran Guiñol ya sugieren que podría haber otro referéndum, aún por concretar. Hay que irse preparando para asumirlo.

No puede existir una mesa de la Generalidad y de España para tratar asuntos de competencia del Estado porque sería dar preponderancia a una comunidad autónoma sobre el resto, amén de que mostraría la resistencia de una y la fragilidad de la otra

Las bases para que culmine el festejo están echadas. El gobierno de Cataluña, fileteado entre el fugado de la justicia, Puigdemont, y el principal actor de la asonada, Oriol Junqueras, han puesto en la mesa las raciones para que coman los suyos. El reo Jordi Sánchez, delegado de Puigdemont en la trena cinco estrellas, se ha esforzado para que el controlador de los dineros sea Jaume Giró, un viejo conocido en la medicina homeopática -dosis adecuadas- de las subvenciones. Ya le pagaba al tal Jordi Sánchez por mediación de La Caixa y durante varios años a su tapadera, por buen nombre Observatorio de Derechos Humanos de la Universidad Pompeu Fabra. Ahora en su condición de consejero de Economía, administrará en Publicidad Institucional un mínimo de 32,5 millones -cómputo de 2018-. La homeopatía da para mucho.

Primero fue llamar “venganza” a la Constitución restablecida. Ahora que uno debe abandonar cualquier idea de venganza, que por cierto nunca tuvo, y que entramos en el enjundioso palabro de la Magnanimidad, concepto siempre reversible, abordemos, pues, lo que puede ser mañana. Estamos contemplando el Gran Guiñol metidos en un fangal que a nosotros nos llega a la cintura y a ellos les cubre hasta las cejas. Consolémonos porque lo que sí tiene de fascinante este proceso es lo imaginativo de las palabras y lo miserable de las razones. Dure lo que dure se nos hará eterno y cualquier opción diferente roza lo impensable y amenaza con ser “empeorable”.

El presidente del Gran Guiñol cada vez tiene mayores dificultades para lidiar con la fragilidad de sus bases. Unidas Podemos pueden poco y a duras penas se mantienen unidas, deslizándose hacia la inanidad. El PNV advierte de que romperá la caja única de la Seguridad Social. Con Bildu los viajes son peligrosos; tienen la vieja experiencia de los finales abruptos. No es extraño que el Gran Muñidor se dedique a recorrer el mundo ahora que la casa se resquebraja.