El mundo independentista anda más revuelto de lo normal. Las habituales desavenencias se hacen más palpables, más visibles, más públicas que antes del 14-F. Estamos ante una competencia feroz para lograr la hegemonía de esa narrativa rupturista con la que nos tiene atrapados a los catalanes, parecería que existe un trasfondo de profundas discrepancias. 

Sin embargo, cabría preguntarse qué ha cambiado en el independentismo desde el desafío separatista de finales de 2017. ¿Acaso ERC ha dejado de lado su programa independentista? ¿Puigdemont ha dejado su papel de héroe de una república inexistente? ¿Las CUP han dejado de proponer su “país” orwelliano? Lo cierto es que no, todo en orden, les sigue uniendo su programa separatista, su profunda hispanofobia (más o menos disimulada) y su insistencia en vivir en su propia distopía mental. Sin embargo, los hechos nos demuestran las profundas diferencias que subyacen en el movimiento separatista, trataré de exponer el qué y el porqué de estas.

Empecemos por el elemento más distópico de la ecuación independentista, las CUP, un caleidoscopio de distintas tendencias anticapitalistas, internacionalistas, nacionalistas, leninistas, anarquistas, etc. que podrían resumirse en una visión nihilista de la realidad y de la política. Estos grupos tienen el objetivo de crear una sociedad utópica en la que hay que borrar cualquier atisbo de lo que pudiera ser España. Son los cachorros de esa burguesía catalana a la que le gusta jugar a la política de salón y, de paso, engendrar movimientos totalitarios como son las CUP. Un dato muy relevante y curioso de la política catalana es que la CUP es al Parlament lo que son los partidos nacionalistas al Congreso: el actor necesario para la gobernabilidad, cuestión que viene condicionando toda la política catalana desde el abrazo de Artur Mas y David Fernández en aquél ya lejano 2014.

Las lecciones que sacó de los hechos de octubre de 2017 han sido más parecidas a situarse como una especie de Ulises que busca retornar a Ítaca que a la de un análisis realista de la situación

¿Y Puigdemont? Pues es un personaje histriónico que, por los vaivenes del destino, por su astucia y cobardía y por los resquicios jurídicos que hacen tambalear el edificio europeo ha logrado situarse en una envidiable posición de comodidad vital y política. Esta sensación de inmunidad junto a una clara tendencia sicológica hacia la “hibris” le hace activar una serie de propuestas sin los condicionamientos de otros actores políticos como es ERC. Las lecciones que sacó de los hechos de octubre de 2017 han sido más parecidas a situarse como una especie de Ulises que busca retornar a Ítaca que a la de un análisis realista de la situación, en su caso, el tensionamiento, la confrontación y la anomia son elementos que juegan a su favor, tanto desde un punto de vista de proyecto político/personal como de posicionamiento táctico frente a su gran competidor: Oriol Junqueras.

Y aquí entramos en el último elemento de esta ecuación. A pesar de que ERC sigue siendo un partido separatista que ha intentado imponer su proyecto político e ideológico mediante lo que fue un golpe de Estado institucional, lo cierto es que han sabido interpretar el escenario surgido tras el fiasco independentista de octubre del 2017. Han visualizado dos cuestiones fundamentales. La primera es que necesitan tiempo para alcanzar sus objetivos, tiempo para “ampliar la base social” con la que reeditar el desafío aprovechando algún momento futuro de debilidad del Estado. Ampliar la base social pasa necesariamente por controlar la Generalitat y continuar así profundizando en el plan de política del gobierno Sánchez (por su necesidad de gobernabilidad) y Sánchez tiene la llave de cuestiones clave para ERC (los indultos, más recursos...) y los republicanos no dejarán perder fácilmente esta posición táctica porque refuerza su posición estratégica (ampliar la base social).

El factor Murcia complica el escenario

Si nos damos cuenta, la gran diferencia entre JxCat y ERC, por las razones que he descrito, son de tiempo, es decir, no es el qué, es el cuándo. A unos les interesa el choque inmediato, otros (más peligrosos) necesitan tiempo para sobrepasar la barrera del 55% de la población (referencia de Montenegro) y tiempo para exprimir al gobierno Sánchez para que sus líderes salgan de la cárcel exonerados y como héroes de la “causa catalana”. Sin embargo, un factor inesperado ha complicado aún más la difícil situación catalana, es el “efecto Murcia”.

Antes de lo ocurrido en Murcia parecería que el actual gobierno tenía en mente alargar al máximo la legislatura, sin embargo y, probablemente, por presión europea, se está viendo empujado a cambiar sus planes y de ahí la patada al tablero de la arena política nacional. Interpreto que Murcia era una primera pieza menor que buscaba tres objetivos como preparación de un adelanto de las elecciones generales. El primero acumular poder territorial, aquél que estuviese al alcance (Murcia, ayuntamiento de Murcia, Comunidad de Madrid, Castilla y León y, probablemente, el ayuntamiento de Madrid). El segundo objetico sería controlar la capacidad de irradiar mensajes incómodos desde Madrid (el territorio con mayor capacidad de comunicación e influencia de nuestro país). Y, tercero, lograr un blanqueamiento “centrista” de la mano de Ciudadanos que lavase la pátina populista de un PSOE que ha pactado con Podemos, ERC o Bildu... Ahora, después del movimiento Ayuso, todo dependerá de lo que ocurra el 4 de mayo en Madrid, aunque la sensación que tengo es que estamos ante una especie de drôle de guerre.

¿Cómo le afecta este reposicionamiento en el escenario político y narrativo nacional al separatismo y a la gobernabilidad en Cataluña? Pues lo estamos viendo. ERC maniobrando con las CUP, Puigdemont jugando al trilerismo, y buscando llegar a alguna especie de negociación agónica que le permita tener un papel preeminente con el que seguir siendo algo (o creyéndose alguien) y una ERC que ve cómo su segunda gran baza estratégica para alcanzar sus objetivos (la capacidad de condicionamiento del gobierno Sánchez) se desvanece en el aire. Lo lamentable es que mientras el separatismo se dedica a jugar al maquiavelismo, Cataluña y los catalanes se hunden económica y socialmente. Espero que al final, en el último momento, haya algún movimiento que anteponga el bienestar de la ciudadanía a las utopías que en verdad solo buscan una cosa: más poder.