Estamos viviendo la campaña electoral más larga de nuestra democracia. Desde que el presidente Rajoy hubo de dimitir tras una argucia parlamentaria, absolutamente legítima, han pasado cinco meses y lo que te rondaré morena, hasta que al prestidigitador le caiga una bolita o decida que el circo está lleno, que no cabe un alfiler, y que debe dar por acabada la función. Es decir, hasta la segunda parte, las elecciones, que siendo difícil no lo será tanto como el encaje de bolillos cotidiano.

La retirada forzosa de Rajoy les parece a muchos como si hubiera ocurrido hace diez años. Incluso algunos, y no precisamente desde sus filas, han empezado a adobarlo con méritos que nunca tuvo y con talantes inventados ante lo azaroso de los nuevos tiempos. Rajoy era un político previsible, atento a los hechos probados cual registrador de la propiedad que era su oficio y que trasladó a todos los ámbitos de su vida política y personal. O mucho me equivoco o su destino asumirá en una década la fama impostada similar a la que le echaron encima a Adolfo Suárez. Los mismos que se lo pusieron imposible le colmarán de elogios, tanto como para decir en su descargo como hacía Suárez: “me quieren, me alaban, pero no me votan”.

Ni Rajoy ni nosotros mismos éramos conscientes de que con él se cerraba un largo ciclo que abrió Aznar, quien echó pestes de él después de nombrarle su sucesor. Y entramos en Casado y el casadismo, que a los más viejos del lugar nos recuerda a Hernández Mancha que duró tres años en la presidencia del PP a finales de los ochenta. Incluso tiene, como aquel, la obsesión por unir a los barones de su partido, eso que ahora se llama “recuperarlos” y cuyo valor político es igual a cero cuando no contraproducente. Lo único que une a un partido es la victoria y lo que más lo desune es la derrota. Me causa perplejidad verle enunciando jeremiadas pensando que está rearmando a la derecha.

Lo único que une a un partido es la victoria y lo que más lo desune es la derrota

Hay quienes creen que tirarse muchos años de funcionario del partido se traduce en experiencia política. Disfrutar del poder o ambicionarlo genera ambición política pero ocurre como con el arte, para ser un grande, además se necesita talento. Desde que empezó en esto de la ambición Casado, sólo ha tenido éxito en la recuperación de viejas glorias, en la candidez de que sumar de nuevo a Aznar o a Esperanza Aguirre pudiera traerle algo que no fuera satisfacción personal. Ni un solo votante conservador que no lo sea por edad, cuna o intereses, depositaría su voto por un tipo de historia llena de borrones que se dedica a hacer abdominales en vez de flagelarse por los ridículos de su vida, ya fueran con Bush junior o con la esperpéntica doncella de su hija que casó en el Escorial, un lugar dedicado a entierros más que a festejos. Esperanza Aguirre, cuya única gloria comprobada le viene por su parentesco con el poeta Jaime Gil de Biedma, no creo que sume a nadie a menos que le pague… con fondos públicos.

La memoria en política es floja y el periodismo instrumental

El orgullo patriótico se exhibe sólo si no hay cosa de mayor enjundia que ofrecer a los electores. Los Tercios de Flandes no conmueven a nadie ni siquiera cuando los flamencos reaccionarios y xenófobos dicen boberías que jamás sostendrían en sus asentadas sociedades. Eso compete al ministerio de Asuntos Exteriores donde de momento se asienta el único profesional de una pandilla de novatos, al que se nota demasiado su desdén y un dejo de soberbia, ése que gracias al fuego amigo de El País, a finales de los 90, le apeó de las posibilidades de ser candidato a la presidencia del gobierno, en beneficio de Almunia, algo que todos ahora olvidan, porque la memoria en política es floja y el periodismo instrumental.

Hablando a lo llano. Lo inquietante no reside en un tipo ambicioso y torpe que es capaz con las cartas que tiene, no de jugárselo a un envite del que no podrá escaquearse, más pronto que tarde, sino en que haya construido un castillo de naipes que resiste a la fragilidad gracias a sus descolocados compañeros de mesa.

Sánchez ha logrado algo que parecía imposible. Galvanizar el cadáver en el que se había convertido el PSOE y hacerlo a un precio mínimo, sin pagar ni la electricidad. Como todos están en situación de espera, aún sorprendidos por lo fácil que les ha sido liquidar a Rajoy, ahora toca como dicen los chicos de arrabal “pillar cacho”: la distribución del paisaje parlamentario postelectoral. No desdeñemos al adversario, sea éste el que sea, porque la jugada hasta ahora le ha salido bien. No tiene socios, pero hace como si los tuviera. No tiene nada pero escuchándole uno creería que domina el mundo. Sería muy fácil utilizar la parodia y señalar que tras el error de protocolo del otro día en el Palacio Real hay un acto freudiano. Aquello que denominaba el gran Sigmund actos fallidos y que responden a intenciones reales. “Si tengo la oportunidad de ser rey durante unos segundos por qué hacerle ascos”.

Sánchez no le dice que no a nada. Es un lince de las oportunidades. Es verdad que luego el futuro te cobra su precio, pero ¿quién está hoy en política para pensar en un futuro que vaya más allá de las elecciones? ¿Y quién va a convocar las elecciones? El constructor del castillo de naipes que de vez en cuando hace de “gallero”. La gente, fuera de algunos países latinoamericanos, no sabe ya lo que era un gallero; el que se ocupaba de los gallos en las peleas hoy prohibidas. Eran terribles en su crueldad pero no más que los galleros políticos. ¿Se acuerdan de Rajoy refiriéndose a Bárcenas como “ese señor”? Lo que ocurría con las peleas de gallos es que sus efectos visuales, la sangre, las cabezas cortadas, estaban a la vista del público.

Aquí no. Aquí las metáforas se limitan a “castillos de naipes” y las encuestas se encargan a un “científico político”, José Félix Tezanos, al que recuerdo galleando en el guerrismo. Pero vivimos en tiempos de naipes trucados pero sin gallos troceados. Toda nuestra arquitectura política está en manos de un prestidigitador, que hoy dice una cosa y mañana otra, pero hacer, siempre hace lo mismo: prepararse para cuando el castillo se caiga, una decisión que tomará él mismo, consciente de que las cartas se convertirán en bloques de hormigón que sepulten al que no se movió a tiempo o estaba despistado.



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