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Luis Algorri

Opinión

El día de la vergüenza

Es probable que millones de seguidores de Trump hayan palidecido al ver las terribles imágenes del Capitolio 

El día de la vergüenza
El día de la vergüenza Europa Press

Dentro de muchos años, seguramente durante generaciones enteras, los niños norteamericanos estudiarán en las escuelas lo que estamos viviendo en estos días, lo que hemos vivido en estos últimos años. Singularmente el asalto al Capitolio ocurrido el día 6 de enero. Y sus profesores se lo enseñarán, no me cabe duda, con tono apesadumbrado, avergonzado quizá. Les dirán que durante cierto tiempo los estadounidenses, que son una gran nación, perdieron la conciencia de serlo y se volvieron locos por segunda vez en su ya larga historia. Es algo que ya sucedió a mediados del siglo XIX durante la guerra civil (1861–1865), y se enfrentaron sañudamente unos contra otros. Les dirán también que el causante de aquella vergüenza fue un malnacido que pretendía destruir la democracia. Y añadirán: esto es lo que pasa, niños, cuando dejamos que crezca la extrema derecha, cuando no hacemos nada para impedirlo. Porque ya decía el pensador irlandés Edmund Burke, en el siglo XVIII, que “lo único que necesita el mal para triunfar es que los buenos no hagan nada”.

Hemos visto, pegados a las cadenas de televisión de habla inglesa (CNN, BBC, incluso la Fox) escenas que parecían sacadas de una película de ciencia ficción, de una distopía imaginada por Roland Emmerich o por los hermanos Hughes. Hemos visto algo inimaginable: cómo el presidente de Estados Unidos azuzaba a una nutrida recua de iluminados, de engañados, de salvapatrias, para que asaltasen el Capitolio, la sede de la democracia estadounidense. Hemos visto a esa gente romper a estacazos las ventanas del edificio y colarse dentro. Les hemos visto pasear, con sus gorras rojas y su aspecto patibulario (muchos llevaban uniformes paramilitares, como los camisas pardas, los camisas negras los camisas azules), por los pasillos y los salones; por la Gran Rotonda, donde están las estatuas de Washington y Luther King y Andrew Jackson y Thomas Jefferson; el lugar en que se celebraron los funerales de Lincoln, Thaddeus Stevens, Kennedy, Eisenhower, Reagan y Johnson. Y llevaban banderas confederadas, religiosas, armas. Esto es lo que pasa cuando se deja crecer a la extrema derecha, que ahora se llama, cariñosamente, “populismo”.

¡Trump ganó las elecciones!

Hemos visto a un cenutrio con cara de haber bebido demasiado tumbarse en el sillón de Nancy Pelosi y poner las botazas sobre la mesa de su despacho, satisfecho y sonriente, con la mirada perdida. Hemos visto a un descerebrado sentarse en el sitio del presidente de la Cámara de Representantes y gritar: “¡Trump ganó las elecciones!”. Y yo recordé inmediatamente a otro descerebrado, este de aquí, en una escena muy parecida, en la que gritaba: “¡Quieto todo el mundo!”. Los congresistas norteamericanos se tiraron al suelo y se escondieron detrás de las sillas. Como nuestros diputados aquel 23-F. Y yo, al verlo, me dije: no aprendemos. Esto es lo que pasa cuando se deja crecer a la extrema derecha.

A estas horas, hay cuatro muertos. Uno de ellos es una mujer, una de las fieras que asaltaron el Capitolio enardecidas ¡por el presidente!, que fue abatida dentro del edificio. Quizá alguno de ustedes recuerde otra ocasión en que hubo disparos en la sede del poder legislativo estadounidense. Fue en 1954, cuando unos portorriqueños se liaron a tiros pidiendo libertad para su país. La ocasión anterior fue a principios del siglo XIX. Nunca más, hasta donde yo sé, se había producido semejante violencia, semejante vulneración de la democracia y de sus símbolos. Esto es lo que pasa cuando se deja crecer a la extrema derecha.

Hemos visto a un completo miserable, Donald Trump, que se coló en la presidencia por los agujeros de la democracia, mentir, mentir, mentir mil veces, comportarse como un traidor a esa democracia y a su país; empeñarse en repetir que le habían robado las elecciones cuando eso era falso, como ha sido cien veces constatado y demostrado por jueces, instituciones y funcionarios públicos de todos los partidos. Pero era más importante su orgullo infantil y mentecato de “ganador” que la nación, la democracia y la realidad, y así ha logrado convencer a millones de personas de su patraña. Esto es lo que pasa cuando se deja crecer a la extrema derecha.

Cruz es un desatinado que pretende cabalgar un dragón, creyendo que puede dominarlo y que el dragón le hará caso. Pero el dragón es indomesticable

Hemos visto a políticos desvergonzados, como el senador republicano por Texas Ted Cruz (y no es el único), bailarle el agua al loco hasta el último minuto, porque espera presentarse él a la presidencia dentro de cuatro años a lomos de la numerosísima barbarie incivilizada y fanatizada que ha creado y alentado ese mismo loco. Cruz es lo que, en términos sencillos, se llama un canalla que se propone pescar en el río revuelto. Y un desatinado que pretende cabalgar un dragón, creyendo que puede dominarlo y que el dragón le hará caso. Pero el dragón es indomesticable. Eso es lo que pasa cuando se deja crecer a la extrema derecha.

Y hemos visto a numerosos medios de comunicación, empezando por la cadena Fox, primero crear, después alentar y jalear, y por último utilizar al majadero de Trump para multiplicar sus beneficios y controlar el poder, aunque fuese al precio de partir al país en dos. Parte de los asaltantes del Capitolio eran miembros de esas pequeñas pero numerosas y peligrosísimas “milicias” armadas y grupos neofascistas que han sido mimados y enloquecidos por el propio presidente y por esos medios de comunicación. Eso es lo que pasa cuando se deja crecer a la extrema derecha.

Respeto a las instituciones

Hemos visto, en fin, cómo el llamado “populismo” (que es la extrema derecha: un fenómeno que no es nuevo, como bien saben los alemanes, los italianos, los japoneses y también los españoles) arrasaba con todo y demostraba su ningún respeto por las instituciones, por la democracia y sobre todo por los demás ciudadanos. Esa es una enfermedad que afecta a muchísima gente. Esto escribe mi amigo Óscar Sainz de la Maza: “Yo he conocido a gente que decía, con memes fabricados en las covachuelas de la política española, que la victoria de Rajoy en 2015 era un fraude. Y en 2019, que la victoria de Sánchez era un fraude. Todo ello bien teledirigido mediante bots y perfiles falsos [en las redes sociales]. La tentación de hacerlo siempre está ahí. No nos gusta perder y negarse a respetar las reglas del juego es una forma de no hacerlo. De no perder nunca”. Esto es lo que pasa, en fin, cuando se deja crecer a la extrema derecha. Y cuando se imitan actitudes y comportamientos propios de la extrema derecha, aunque se esté en otro sitio.

¿Para qué ha servido todo esto? ¿Ha tenido alguna utilidad este nefasto día de la vergüenza en Washington? Yo quiero creer que sí. El asalto al Capitolio, el golpe de Estado instigado por el propio presidente, que no dudó en sacrificar a la nación y a la democracia en el altar de su ego infantil y de su personalidad enfermiza (lo mismo que Hitler; lo mismo que Mussolini, cuyos gestos imita) ha ido demasiado lejos y puede que haya supuesto un aldabonazo decisivo. Después de esto, es probable que Trump acabe en la cárcel. Es probable que millones de sus seguidores hayan palidecido al ver las terribles imágenes del Capitolio y estén ahora despertando de un sueño atroz. Se dirán: pero, ¿cómo hemos podido llegar a esto?

Cómplices y jaleadores

Y ese despertar puede alcanzar (ojalá sea así) a muchos países más. Ahora sí es posible una reacción de las instituciones y de los políticos, pero sobre todo de la gente, contra los cómplices, los palmeros, los jaleadores, los bailabotes y los comparsas de Donald Trump. Es muchos países en los que todavíala extrema derecha no ha llegado tan lejos. También en el nuestro. Recuerden ustedes quién ha mostrado repetidas veces su admiración por Trump, el mentiroso y golpista y traidor Trump, en la tribuna de oradores de nuestro Congreso de los Diputados.

Dentro de muchos años, y durante generaciones, los profesores enseñarán a los niños estadounidenses las imágenes del Capitolio el día 6 de enero de 2021. Si yo fuese uno de esos profesores, haría con los chicos lo que me gustaría hacer ahora mismo con los políticos españoles, que son los que más a mano tengo. Decirles: niños, abrid vuestro cuaderno y copiad cien veces esta frase, para que no la olvidéis nunca:

Esto es lo que pasa cuando se deja crecer a la extrema derecha.

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