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Rubén Arranz

El dardo de Arranz

“O nosotros o el caos”: el Gobierno al fin se quita la careta

Pocos reclamos mayores existen para convencer a las mentes simples que el de presentar la realidad como una dualidad dividida en lo correcto o lo incorrecto

Ábalos
Ábalos Europa Press

Recurrió Pedro Sánchez en el debate sobre la moción de censura a Mariano Rajoy a una frase que reverberó en la tribuna del Congreso de los Diputados: “O nosotros o el caos”. La afirmación podría servir para ilustrar los fundamentos del maniqueísmo, que enraíza en la religión persa que surgió con el propósito de invalidar a todas las demás. Es decir, para presentar algo tan irreal como la 'respuesta definitiva' a todas las dudas y la solución a todos los problemas espirituales. Pocos reclamos mayores existen para convencer a las mentes simples que el de presentar la realidad como una dualidad dividida en lo correcto o lo incorrecto. Pues claro, ante la duda, elegirán siempre lo primero. Faltaría más.

El caso es que esa misma frase, “o nosotros o el caos” fue plasmada hace cuatro décadas por la publicación de humor Hermano lobo y en ella aparecía un político en la tribuna que trasladaba a la concurrencia, boinas en ristre, el citado dilema. La respuesta era la contraria a la que esperaba: “El caos, el caos, el caos”. A lo que el orador añadía: “Es igual, el caos también somos nosotros”. Podrían apreciarse similitudes entre este razonamiento y los del Despotismo Ilustrado. Sin embargo, la Ilustración no puede disociarse de las 'luces' y no parece que esto sobre en quienes hoy se proclaman como la única alternativa al caos.

Se ha transmitido desde el Gobierno en las últimas horas que no hay alternativa al estado de alarma, ante las dudas que han surgido en el Partido Popular sobre la opción de apoyar su prórroga, pues lo contrario podría conducir al “caos sanitario y económico”. Una vez más, se ha presentado la situación como un todo o nada. Como un conflicto entre responsables e insensatos. Desde luego, la actitud choca con la de un Gobierno que ha alardeado de su capacidad de dialogar para buscar pactos de Estado para superar la crisis, pero que, a la mínima disensión, se pone a la defensiva y atribuye a la oposición un papel desestabilizador.

El año del caos

Ciertamente, será 2020 recordado como el año en el que más se aproximó a ese concepto de 'caos' el mundo globalizado. Todo es consecuencia de la expansión de un virus desde China que ha colapsado durante varias semanas los sistemas sanitarios y ha interrumpido la actividad y las relaciones comerciales. Ahora bien, todavía está por ver si la reacción de los distintos países ha sido mesurada y racional; o si, por el contrario, se ha asemejado a la 'tormenta de citoquinas' que se desencadena como reacción inmunitaria ante el coronavirus. Que trata de proteger al cuerpo del microbio, pero que, realmente, agrava la salud del portador. A veces, hasta terminar con ella.

Las medidas adoptadas para atajar el coronavirus buscaron frenar su expansión, pero es evidente que han generado una tempestad económica que amenaza con extenderse durante varios años. Es evidente que el Partido Popular busca rédito político en el debate que ha impulsado sobre la necesidad de extender el estado de alarma. Ahora bien, también está claro que cuestionar la vigencia de este plan de acción parece necesario tras siete semanas sumidos en la duermevela económica, pues cada día que transcurre al ralentí, aumenta el tamaño del agujero que se generará en las cuentas públicas, en el balance de las empresas y en el bolsillo de los ciudadanos.

Cada día que transcurre al ralentí, aumenta el tamaño del agujero que se generará en las cuentas públicas, en el balance de las empresas y en el bolsillo de los ciudadanos

Quizá sea importante mantener las restricciones durante unas semanas más, ante el riesgo de desandar el camino ya recorrido. Pero quizá no esté justificado. Plantear una duda razonable no debe implicar necesariamente deslealtad. Puede suceder, de hecho, lo contrario. La deslealtad, en cualquier caso, sería la de abrirse al diálogo, pero cerrarse a las opiniones diferentes. Más bien, se podría definir como incoherencia.

En cualquier caso, no hay nada que predisponga de una mayor manera a las situaciones caóticas que la improvisación. Más incluso que las negligencias y los errores. En ese sentido, convendría recordar que España ha iniciado la 'desescalada' sin excesivos datos sobre la afección que ha generado el virus entre la población. ¿Cuántos cientos de miles de personas se han infectado? ¿Cuántas hay inmunizadas? ¿Cuánto de letal ha sido? ¿Qué influencia ha tenido en el dato global el drama de las residencias de ancianos?

Lo dicho, a veces, el caos también está en nosotros mismos. Convendría recordárselo también a los ministros Illa y Ábalos, que han recurrido a la citada palabra este lunes y que también han sido tendentes a la chapuza y el escapismo. Es decir, a dos actitudes que contravienen el manual del buen líder.

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