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Miquel Giménez

Opinión

La camiseta, la barricada y la rojigualda

Resumen del fin de semana: presentadora de TV3 con camiseta apologética de los violentos, barricadas donde estos se enfrentaban a la policía y manifestación constitucionalista. Es lo que hay

La periodista Cristina Puig y su polémica camiseta
La periodista Cristina Puig y su polémica camiseta

Tres cosas que definen a la perfección el clima insurreccional que vivimos y padecemos en Cataluña, a saber, los atizadores audiovisuales separatistas, los que llenan de violencia nuestras calles y los que se salen a defender la democracia y la libertad. Así son las cosas en esta Cataluña abandonada por un gobierno en funciones más pendiente de la calculadora de los futuros pactos que de proteger a los ciudadanos. Si alguna vez los catalanes constitucionalistas hemos sido abandonados por el gobierno es ahora, por más que Iceta, Ábalos y demás comparsas intenten manipular torticeramente la manifestación de Societat Civil del domingo, poniéndose al frente de una causa en la que no creen.

Vamos a hablar clarito: si por el PSC fuera, no hubiera habido manifestación. Si dependiera de Iceta, los manifestantes estarían amordazados ideológicamente, porque perturban sus pactos con Puigdemont y Torra en más de cuarenta ayuntamientos y en la Diputación de Barcelona. Si fuera los socialistas, siempre cómplices del separatismo donde pueden, como en Badalona, el resto de partidos constitucionales se verían sometidos a un cordón sanitario estaliniano. El PSC se entenderá muy bien con la Esquerra que se jacta de aparecer en fotos junto a Otegui o con los neoconvergentes que auspician a los CDR e insisten en que piensan volver a intentar dar un golpe de estado, pero siente repugnancia a la hora de sentarse con PP, Ciudadanos y no digamos con Vox para llegar a un acuerdo acerca de la insurrección que se produce en tierras catalanas.

Vamos a hablar clarito: si por el PSC fuera, no hubiera habido manifestación

No está en su ADN, no lo conciben, no lo admiten. Prefieren una España rota y subyugada por Otegui y Torra, en la que ellos puedan medrar, que una España democrática en la que todos puedan ser libres e iguales. De ahí su obsesión por destruir y dinamitar desde dentro a Societat Civil, por manipular hasta el último minuto la manifestación, por ningunear a aquellos que han estado defendiendo hace mucho tiempo la dignidad y la convivencia.

Que Iceta haya asistido es del todo irrelevante, porque las hipocresías no tienen asiento alguno en el libro de caja de la democracia. Si tan constitucionalista es, podría haberse sumado a la moción de censura presentada por los naranjas en el Parlament. Si tan partidario del orden y de la libertad se considera, podría decirle a su querido Pedro que interviniese aplicando la ley para garantizar la seguridad de quienes vivimos en perpetuo estado de sitio en nuestras calles cada vez que los amigos de Torra desean organizar un aquelarre de barricadas incendiarias. Si tan español de siente, podría dar ejemplo criticando la inmersión lingüística, la Genestapo que discrimina a los Mossos en función de su adhesión o no al separatismo o rompiendo no tan solo sus acuerdos con el separatismo, sino con una Ada Colau que mantiene una postura idéntica a estos y con la que el PSC gobierna, es un decir, Barcelona. Deben pensar, como Valls, que es el mal menor.

Que Iceta haya asistido es del todo irrelevante. Si tan constitucionalista es, podría haberse sumado a la moción de censura presentada por los naranjas en el Parlament

La camiseta de una presentadora de TV3 en la que aparece un policía con casco antidisturbios y un “revolucionario” de pelambrera incendiada no sería de recibo en ningún medio público de Europa y las barricadas, las agresiones con piedras, cócteles molotov y cojinetes de metal todavía menos, pero lo que sería del todo inadmisible es la cobardía de un partido que se autodenomina de izquierdas y es el cómplice descarado de la extrema derecha más racista y violenta del continente.

Mientras mantengan su despacho oficial, están contentos. Con fingir que se sitúan la lado de las víctimas, han cumplido. Después, al acabar la manifestación, han vuelto junto a lo suyos de verdad, los de la estelada. A fin de cuentas, son estos quienes les proporcionan sus mamandurrias y, ya se sabe, quien paga, manda.

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