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Miquel Giménez

Opinión

Nomenclátor

¿Sirve de algo cambiar el nombre a las calles?

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Vean a dónde nos lleva jugar con la historia, que es tanto como hacerlo con la porcelana de la bisabuela. A la que te descuidas, la tetera se va al carajo. Cuando Zapatero inventó la denominada Ley de la Memoria Histórica, muchos supimos que el invento acabaría mal. Básicamente, porque se ciscaba en el espíritu de la transición que propugnaba una reconciliación entre las dos Españas. La izquierda falsamente alpargatera, de caviar iraní y Falcon, reclama una superioridad moral en lo que respecta a juzgar al bueno o al malo en el presente o en el pasado. Mal vamos cuando una sociedad con cuarenta años de pleno ejercicio de libertades tiene que venir a ser salvada por una tropa de miríficos políticos que nos dirán que este señor tiene derecho a ostentar una placa en tal o cual glorieta y aquel no, porque no es de los míos.

Mientras la ley se aplicó a gente de derechas, del bando franquista, o incluso a personajes históricos que criaban malvas hacía siglos en 1936, no hubo problema. Lo jodido es cuando les ha dado a probar su medicina a los que la impulsaron. VOX pidió en sede municipal madrileña que se les quitara el nombre de Largo Caballero y Prieto a sus calles, amparándose en dicha ley, y como catedrático es quien de cinco votos tiene tres, se ha procedido a eliminarlos del nomenclátor. Carmena se cepilló cincuenta y dos nombres limpiamente, recordemos.

Los socialistas, poco dispuestos a asumir que Caballero hablaba de superar la república burguesa e instaurar el socialismo por la fuerza de las armas o que Prieto ostentaba el mando de la Motorizada, un grupo de matones a sueldo del PSOE que no tenían que envidiar nada a las SA de Hitler, se han puesto en todos sus estados. El concejal del puño y la rosa Ramón Silva ha dicho que retirar esos nombres es revisionista, incita al odio, que los afectados fueron demócratas, antifascistas y combatieron la sublevación golpista, que los de VOX son criminales ideológicos y sustentadores del nazismo y el fascismo en el ayuntamiento. Cuánta ignorancia, cuánta mendacidad, cuanta idiocia.

Hemos avanzado muy poco cuando se trata de aceptar que los muertos son de todos

Los dos líderes no fueron demócratas puesto que en aquellos años – y en éstos, por lo que vemos – el socialismo aspiraba a la dictadura del proletariado, diferenciándose del comunismo tanto como la Coca Cola de la Pepsi. Cuestión de marcas. Responsables de muertes, torturas, robos y saqueos, lo son. Las checas, las sentencias de muerte arbitrarias, el SIM, los Tribunales Populares o Paracuellos están ahí y, por cierto, no he visto a ningún político promover una ruta de la represión republicana en Madrid, Barcelona o Valencia, un itinerario histórico que diga “Aquí había una checa en la que murieron asesinadas tantas personas y fueron torturadas otras tantas durante la guerra civil”. Tampoco que a los chiquillos se los lleve a Paracuellos del Jarama – o al Valle de los Caídos – para decirles que eso no debe volver a suceder. Es terrible que se presente la historia como una película de buenos y malos porque, miren, en todas las guerras el ser humano desciende a los más negros abismos del alma, pero cuando se trata de una contienda civil el horror se multiplica infinitamente.

Hablar del robo del oro del Banco de España es blasfemia, pero hacerlo de la ayuda nazi a Franco es de una probidad notable; decir que la Legión Cóndor eran asesinos sobre alas es laudatorio, pero no lo es hablar de la delincuencia que se alistó en las Brigadas Internacionales, empezando por su comandante André Marty, que cada mañana fusilaba sí o sí. Lo desesperante es que todo eso es verdad y debería explicarse como un enorme fracaso de nuestro pueblo. Hemos avanzado muy poco cuando se trata de aceptar que los muertos son de todos. Pero vivimos en un país gobernado por gente que pacta con Bildu mientras se pasa el día estigmatizando con el epíteto de fascista.

Ignoro si ha servido de algo cambiarle el nombre a la antigua calle de Belchite, igual que ahora a la de Prieto. Pero me pregunto, ¿y si dejáramos al Nomenclátor en paz? ¿Y si debajo de cada nombre añadiésemos una placa redactada imparcialmente explicando quién fue este o el otro? ¡Pero qué digo, imparcialmente! Imposible en nuestro país. Lo malo es que hasta que nos abstengamos de emplear la memoria histórica como arma arrojadiza, España no avanzará. A lo mejor, se trata de eso.

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