Los que aprovechan la mañana del domingo y la pasan en El Rastro madrileño puede que hayan visto a un joven de pelo rubio que se sienta cerca de la estatua de Cascorro, que así llamamos en Madrid a la estatua del soldado Eloy Gonzalo. Lo hace frente a una humilde mesita en la que coloca una más humilde aún máquina de escribir. Confieso que más que su figura nada convencional lo que me llamó la atención fue la modesta máquina en la que con una maña desconocida en estos tiempos apretaba sus desvencijadas teclas. Al lado de ese artilugio -es lo que resulta ser una máquina de escribir en estos tiempos- el chico había colocado un cartel con esta lectura: Dame el tema y yo te escribo el poema. El reclamo le debía funcionar porque tenía gente esperando a que terminara los versos que con avidez mecanografiaba. 

En tiempos de diletantes que han llegado a la cosa pública con mucha afición y poco oficio, la añagaza del poeta viene que ni pintada. Primero porque el vate sabe, como saben los políticos con la política, que la poesía no nace de esta manera, por encargo. Y sin embargo, así funciona entre nosotros. Dame la idea y yo te escribo el poema. Dame tu descontento, ofuscación, cabreo o rebote que yo te daré la solución. Tiempo de arribistas, siempre entre el corto plazo y la promesa del milagro. 

Lo curioso es que al igual que al poeta, al que nunca se le agotan los ripios sean del tema que sean, a  nuestros políticos tampoco sus soluciones, aunque las últimas contradigan las anteriores. El poeta no hace mal a nadie, por unas monedas hace feliz a alguien que ha encontrado ahí un apoyo para seguir adelante. El político es otra cosa. Su ensimismamiento en la insistencia y el error sólo le beneficia a él, que sigue adelante en lo suyo y para lo suyo. Pero para que así sea, precisa del concurso del respetable, o sea de usted y de mí. Hasta que no asumamos que, casta o no, son el mal menor, estaremos dándoles una importancia que no merecen ni tienen y, si no, seguirán jugando con nosotros como el poeta de encargo con su entregado público.

Hace tres días, la vicepresidenta primera del Gobierno abría la edición dominical de El País con un titular que, o tenía doble intención para dejar a Carmen Calvo en la indigencia ideológica que gasta, o fue cosa del diario. O sea, se la dejaron colocar motu propio por esas cosillas del Periodismo que ya no hace falta explicar. Así esta nuestro oficio. 

Carmen Calvo lo afirma con esa voz y ese tono que termina siempre dándose a si misma la razón, y a otra cosa mariposa

Para aquellos que aún se toman en serio a estos cómicos de la prosopopeya y sufren con lo que pasa en España, la vicepresidenta tenía el poema. La idea sería: Señora Calvo, ¿tiene el Gobierno algún pensamiento de como hacer política sabiendo que ustedes dependen de un señor que está preso? Y entonces Carmen escribe el poema de esta guisa:  Hay que lograr separar los Presupuestos Generales del Estado y la política catalana. Ya ven cómo lo arregla quien sabe muy bien que lo que dice es absolutamente inverosímil. Lo afirma con esa voz y ese tono que termina siempre dándose a si misma la razón, y a otra cosa mariposa. Habrá algún infeliz que se lo crea y que a estas alturas no sepa que esa aprobación depende única y exclusivamente de los votos de los separatistas catalanes. Usted señora Calvo no puede separar nada que no tenga el visto bueno de esta gente que chupa de la teta sin usar las sutilezas diabólicas del PNV

-España me importa un comino, dijo la diputada de ERC Montse Bassa.  

Con este tema, la vicepresidente compone su poema, uno más, en esta península de baratijas en que se ha convertido la política española. ¿Separar los Presupuestos de la política catalana? ¿Dónde estaban ayer los separatistas mientras el Rey decía que España no puede ser de unos contra otros; que debe ser de todos y para todos. No, no nos tome más el pelo, por favor.  

Idea salvavidas

Y de Calvo a Arrimadas, otra señora que vive en un bucle sin saber aún lo que le pasó el día 10 de noviembre cuando se hundió su partido para siempre. Ella no lo sabe.  No lo quiere saber. Y  así, creyendo que la idea de algunos es que Ciudadanos es una formación con fuste y músculo, anda por ahí componiendo un poema más inverosímil aún que el de Carmen Calvo. Inés Arrimadas tiene a estas alturas el cuajo de decir que no sabe qué paso el 10N, que fueron un cúmulo de cosas. ¡Pero si es tan culpable como Rivera de la estrategia suicida e infantil de Cs! ¿De verdad que alguien que ignora lo que les ha pasado, para hundirse en la insignificancia que les lleva al ridículo, merece la confianza de los ciudadanos? ¿De verdad? 

Pues bien, el poema de encargo que compone es el de animar -ilusionar a la gente, dice-, a que el centro derecha se una en las elecciones de Cataluña, Galicia y País Vasco. Idea salvavidas en la que no picará Pablo Casado, que pacientemente espera que los de Ciudadanos -uno a uno para que el efecto sea mejor y más televisivo-, vayan pidiendo la ficha del PP. ¿Para qué sirve hoy Ciudadanos? Responda señora Arrimadas. ¿Y en qué se diferencia del PP? Responda, por favor. Eso es lo que se preguntan los que un día les votaron. Como diría Lope de Vega, otro poeta, quien lo probó lo sabe. 

Nos entretienen, pero cada vez menos. El hartazgo es cada vez mayor. La mayoría no quiere perder el tiempo. Dejen ya de tomar el pelo y dense una vuelta por Cascorro. Allí, por unas monedas un simpático poeta que escribe por encargo les hará creer que volverán los tiempos de vino y rosas. Le dan el tema y él les hará el poema. El efecto dura poco, pero ayuda a seguir.