Cuando en septiembre del año pasado los consejos de CaixaBank y Bankia acordaron su fusión, ya se sabía que, como ocurre cada vez que sobreviene un movimiento corporativo de estas características, iba a haber despidos. Entonces los analistas (los de Barclays, por ejemplo) estimaban un recorte de unos 5.000 trabajadores aunque han acabado siendo 8.291. Una enormidad, una cifra dramática que sacude con terrible dureza la situación del empleo en nuestro país, ya de por sí espeluznante. Los sindicatos se han aprestado raudos a advertir que no los aceptarán fácilmente pero, a pesar de su presión, lo único que prometió Goirigolzarri (expresidente de Bankia y de la nueva entidad fusionada) en la última Junta de accionistas de Bankia, el 1 de diciembre, es que los despidos no dependerían de la entidad de origen (es decir, que no serían mayoritariamente de Bankia al ser la absorbida), algo que aún está por ver. El objetivo es tener la negociación cerrada a finales del segundo trimestre del año.

Al ser el Estado español accionista de la nueva Caixabank, con un notable 16,11%, la opinión del Gobierno sobre este asunto es importante. Pero no caben demasiadas sorpresas. El Ejecutivo ha expresado su postura en la línea prevista, consistente en respaldar las decisiones de Goirigolzarri. A través de la ministra portavoz, María Jesús Montero, el Gobierno ha señalado que "siempre lamenta que se produzcan despidos" y ha añadido que el ajuste “podría haber sido muy superior si cada entidad hubiese hecho la reestructuración por su lado”. Eso es todo. Sería ingenuo esperar mucho más, pero cuando se exhibe con tanto desparpajo y tan afanosamente la vitola de Ejecutivo 'progresista', quizás haya espíritus ingenuos que hubieran esperado una actitud diferente. Un ERE tan drástico en una entidad participada por el Estado habría sufrido todo tipo de críticas, rechazos y reproches si, por ejemplo, se hubiera consumado con un Gobierno de otro color en la Moncloa.

No resulta novedoso el que, tras una fusión, se reduzca drásticamente el número de empleados y sucursales de la nueva entidad. Pero la afirmación de la ministra puede calificarse de osada, fuera de lugar, por no decir que se encuentra abiertamente desajustada con la realidad. Resulta muy dudoso que, antes de la fusión, la necesidad de cerrar sucursales hubiera sido tan perentoria. Nadie esperaba en absoluto el elevado número de oficinas que finalmente se van a cerrar, 1.534, aún teniendo en cuenta el factor de la duplicidad de despachos en las tres ciudades españolas más pobladas: Madrid, Barcelona y Valencia. En concreto, el ERE planteado por la entidad afecta al 27% de la red e sucursales y el 19% de la plantilla. Cifras espeluznantes para un país que se sitúa en el frontispicio europeo del desempleo. Una noticia que golpea duramente en el ánimo colectivo de la sociedad.

Cadena de despidos

A comienzos de 2008, los empleados del sector bancario en España rondaban los 270.000 y ya antes de la pandemia su número se había reducido a 176.000. Cifra aún más apabullante si tenemos en cuenta que en todos estos años los bancos han contratado a unas 21.000 personas, en su mayoría jóvenes de salarios más discretos que los de los despedidos. Y es más que posible que acabe 2021 con un número cercano a los 150.000. Y es que a los 8.291 de Caixabank (el mayor ERE de la historia de un banco español) hay que sumar los “en torno a 4.000” (los sindicatos esperan reducir la cifra a 3.000) de la unidad española de BBVA, los más de 3.000 que planea recortar el Banco Santander, los 1.500 que se espera cuesten en empleos la fusión entre Unicaja y Liberbank, los mil que aún faltan por salir del programa de reducción de personal del Banco Sabadell, las 750 bajas incentivadas que ha propuesto la dirección de Ibercaja … Y, dado que la tendencia lleva ya 14 años y que más fusiones podrían estar a la vista, no parece que el proceso haya tocado fondo, para perjuicio de la mayoría de clientes, especialmente en la “España vaciada”.

Los motivos de todo cuanto está pasando son diversos. Por un lado, el elevado número de marcas bancarias con el que afrontamos la anterior gran recesión en España condujo a un sinúmero de fusiones; sólo las cajas de ahorros sumaban 45 en 2008, sin tener en cuenta cooperativas de crédito y diversos bancos medianos (como el Banco Pastor, el Banco de Valencia o el más grande de todos: el Banco Popular) que ya no están. El camino hacia la concentración bancaria, acelerada por la crisis financiera, implicó el cierre de muchas sucursales con su correspondiente coste en puestos de trabajo.

Cada vez es más difícil para un banco el generar rentabilidad sobre sus recursos propios (lo que los técnicos denominan ROE) al existir unos márgenes muy estrechos

Eso es sólo una parte de la explicación de esta evolución, ya que hay que sumarle el proceso global por el que supone internet, que también ha colaborado y empujado ese goteo incesante de despidos y cierre de sucursales, además de la aparición de nueva competencia con la banca digital. Por último, está la profunda crisis que vive el sector financiero tradicional debido a los bajos tipos de interés. Cada vez es más difícil para un banco el generar rentabilidad sobre sus recursos propios (lo que los técnicos denominan ROE) al haber unos márgenes muy estrechos. Detrás de estas dificultades está la tendencia bajista de la mayor parte de la banca eurozonera en bolsa, incluso después del potente rebote en sus cotizaciones de los últimos seis meses.

Muchos creen que la banca debería ganar mucho dinero ya que tiene una enorme ayuda del BCE tanto por negocio (con él gana en la intermediación de la deuda, ya que el banco central no puede estatutariamente acudir directamente a las subastas de los Tesoros y compra el papel a los bancos que son los que acuden aunque se quedan al margen) así como por la liquidez que le proporciona. Sin embargo, el exceso de liquidez lo cobra el BCE, con lo que los bancos tampoco ganan dinero con ello salvo si lo invierten o lo prestan, lo que aumenta sus riesgos.

Este es el motivo por el que, para poder mantener beneficios, aplican tantos recortes de gastos y disparan las comisiones (y las pocas entidades que no lo han hecho es porque son bancos online, con pocos empleados y pocas o ninguna sucursal). Es muy común el comentario de “si no pagan intereses por el dinero que reciben y prestan dinero al 5%, cuando conceden créditos deben forrarse”. Y aquí entra el factor morosidad. Basta con que uno de cada diez créditos no devuelva el capital (la morosidad bancaria media era de un 10% en 2016, en 2014 llegó al 13,6% y actualmente está contenida algo artificialmente por debajo del 5%) para que deje de ser un buen negocio. He aquí un ejemplo muy básico (y ficticio ya que siempre hay alguna garantía que minimiza los impagos): si se presta un millón de euros a diez clientes y uno no devuelve el millón, aunque los otros nueve paguen el 5% de nueve millones, se seguirá perdiendo dinero.

Un drama, quizás inevitable, que se suma a un panorama desolador. Un episodio que supera incluso las previsiones y que sitúa al sector bancario en el corazón de un vendaval de zozobra e inquietudes.