El presente se ha convertido en un peligroso cóctel explosivo. Se transmitió durante meses que el avance de la campaña de vacunación mejoraría la situación del país a todos los niveles, pero esos mensajes han sido sustituidos durante las últimas semanas por otros más pesimistas. El porqué es muy sencillo de explicar: el Gobierno ha optado por abrir el país en verano para evitar la ruina y eso ha incrementado los contactos sociales y, claro, los contagios. Ante esta situación, se puede hacer pedagogía -y explicar las diferencias entre 2020 y 2021- o culpar a la irresponsabilidad colectiva del empeoramiento de los datos. Sobra decir que se ha optado por lo segundo.

Así lo han hecho unos cuantos dirigentes políticos, pero también varios medios de comunicación, que hace un año dejaron de priorizar el dato de muertes sobre el de contagiados, pero que actualmente se niegan a anteponer la de hospitalizados al resto. Parece ser que no vende lo mismo subrayar que la vacunación de la población de riesgo ha reducido drásticamente las muertes que dibujar gráficas ascendentes sobre PCRs positivas que, en la mayoría de los casos, no generan más síntomas en los ciudadanos que una simple gripe. De ahí que haya cundido la sensación de que el país no está mucho mejor que el año pasado. Y no es cierto.

En este contexto,  la Cadena SER planteaba una pregunta lamentable hace unas horas en su web: “¿Deberían pagar por su ingreso en la UCI los negacionistas de la covid?”. Póngase en otro contexto esta frase para entender mejor su gravedad: “¿Habría que aislar del resto de la sociedad a los niños que no están vacunados contra el sarampión por la negativa de sus padres?”. O, mejor: “¿Se debería crear un impuesto a los asmáticos que no se pongan la vacuna de la gripe?”. No puede valer cualquier ocurrencia. No se puede fiscalizar cada reacción humana, salvo que se persiga el caos.

Jugar con el miedo

“El miedo está siempre dispuesto a ver las cosas peores de lo que son”. Esto genera la famosa ‘neurosis fóbica’, es decir, una reacción excesiva hacia las potenciales amenazas, como lo es un virus. Este patógeno puede matar y matar, claro está, pero tiene menos posibilidades de hacerlo ahora que cuando el 50% de la población no tenía la pauta completa de vacunación y, por tanto, no estaba inmunizada.

Parece que los dirigentes y los medios de comunicación quisieran enterrar los avances que se han logrado durante este tiempo y eso no es casual. Cuando el poder ve peligrar su posición por una causa que no está enteramente bajo su control, conspira contra otros. Es un mecanismo de defensa habitual, pero ruin. Como el hecho de que, con la sensibilidad de la sociedad a flor de piel y en plena campaña de vacunación, se trate de amedrentar con artículos periodísticos a quienes no quieren inyectarse el suero de las farmacéuticas.

Cuando el poder ve peligrar su posición por una causa que no está enteramente bajo su control, conspira contra otros. Es un mecanismo de defensa ruin

Sobra decir que la actitud de quienes se niegan a inyectarse el suero es cerril y los argumentos de algunos panfletos y tuiteros, propios de quienes escuchan voces del Más Allá. Pero no hacen nada ilegal. Y tampoco parece la mejor idea plantear la posibilidad de discriminarlos del resto de los pacientes de los hospitales. Es comprensible el sentimiento de impotencia y cansancio de quienes llevan varios meses en primera línea de fuego, en los hospitales. Pero la irracionalidad de unos no puede ser combatida a golpe de dislate

Conste que no es la primera vez que se recurre a atemorizar o señalar a la población con fines políticos. Cuando el Ejecutivo quiso imponer la segunda dosis de Pfizer para quienes habían recibido la de Astrazeneca, empleó el miedo de forma obscena y transmitió a sus medios aliados todo tipo de informaciones sesgadas sobre los efectos secundarios de este suero. Y basta con recurrir a cualquier declaración de ese personaje –ahora defenestrado- llamado Fernando Simón para cerciorarse de que hay quien no ha parado, durante año y medio, de amedrentar y mentir.

Algunos de quienes hoy la emprenden contra los jóvenes o contra quienes no se vacunan negaban al principio de la pandemia la utilidad de la mascarilla y comparaban la covid-19 con un resfriado. No se dan cuenta, pues su soberbia les ciega, pero son elementos más peligrosos que el más imprudente y borracho de los participantes en un botellón. Hacen un daño al país difícil de reparar.

Crean listas de buenos y malos ciudadanos y ellos son los peores.